No existe en la cinematografía colombiana una película sobre narcos más potente que Sumas y restas. Durante años se especuló en Medellín sobre el proyecto que haría Víctor Gaviria sobre el Cartel. Esto nunca fue cierto. Gaviria, como su guionista Carlos Henao, eran grandes admiradores de Martin Scorsese y de todo el cine de gánsters. Y querían hacer una película de género. No lo pudieron hacer, la verdad. El cine de Gaviria escapa a cualquier género. Sumas y restas es simplemente una película de su autor, inclasificable y tan realista que es muy oscura. Espesa y oscura. La caída a los infiernos de un joven arquitecto por cuenta de la amistad de un capo emergente la retrata Víctor de manera descarnada y directa, como un puñetazo en el estómago.
Cuando salió Sumas y restas, por allá en el 2005, se encontró con críticas moderadas. La gente esperaba más cuentos de jóvenes de comuna y no esperaban una exploración a la clase alta de Medellín, como si Víctor estuviera obligado a seguir un patrón y no sus propios instintos. La película se pudo hacer gracias a los estímulos culturales que empezaron justo por esa época y que reemplazaron la burocracia de Focine. Estos estímulos hoy están en peligro debido a las políticas de austeridad del nuevo gobierno, aunque uno no puede dejar de rascarse la cabeza y preguntarse ¿Qué son cinco mil millones de pesos en el presupuesto nacional?
Víctor es mucho más que un cineasta, es un gestor cultural y, desde hace 26 años, se dedica, paralelo a su oficio como realizador, a hacer festivales de cine. Este fin de semana justamente estuvo presentando en Jardín una nueva versión de su festival que tuvo como tema central a los líderes sociales. Lamentablemente para él, su labor como cineasta está en pausa a pesar de las decenas de proyectos que ha podido esbozar. Desde La mujer del animal no estrena un largometraje. Víctor, a pesar de haber sido el único cineasta colombiano en meter a dos de sus películas en la selección oficial de Cannes, debe hacer fila para conseguir estímulos estatales. Bueno, ahora el pulgar, en gesto neroniano, está abajo para los realizadores. Así que ya no hay fila ni nada, solo desolación.
En medio de las malas noticias aparece una buena: la decisión de Netflix de lanzar en la plataforma películas tan importantes como Sumas y restas —de verdad, si quieren saber qué es una gran película de mafiosos colombiana están obligadísimos a verla— y La vendedora de rosas, uno de los filmes más desgarradores y ferozmente filmados en la historia de este continente. Hay que regresar siempre a Víctor Gaviria. Sus largometrajes son cuatro apenas, pero en sus mediometrajes —Los músicos es una obra maestra absoluta— y algunos proyectos para Teleantioquia, como Simón el mago, no solo está la mirada de uno de los grandes artistas de nuestro tiempo, sino que está viva una región tan compleja, tan inabarcable como es Antioquia, con sus ángeles y también con sus demonios. Si tienen la posibilidad de regresar a Víctor desde Netflix, háganle. Necesitan descubrir la realidad colombiana a partir de su mirada.



