En 1982 Pablo Escobar vivía su momento de gloria. Tenía 32 años, acababa de conocer a Virginia Vallejo, diva absoluta de la televisión colombiana; su hacienda, Nápoles, se perdía en extensión por todo el Magdalena Medio. Su fortuna crecía hasta el punto de que la revista Forbes ya lo mencionaba, pero ahí no paraban las dichas: empezaba a tener éxito en la política. Para Escobar el narcotráfico no era un fin, sino un medio que le daría su bien más preciado: el poder total y absoluto. Quería ser presidente de la república. Estaba en camino de serlo ya que para ese año había sido elegido representante a la Cámara por el Partido Liberal. Sin embargo, la acuciosa reportera del diario El Espectador, María Jimena Duzán, le dijo a su jefe, Guillermo Cano, que ella recordaba haber visto la foto de ese tipo cuando cayó preso en Ecuador. Buscaron y buscaron en el archivo, hasta que la encontraron. De ahí es esa foto en la que se ve a Escobar sonriente y desafiante, la maldad encriptada en una sonrisa.
Desde entonces, Escobar nunca le perdonó al Espectador ni a sus periodistas la osadía de sacarlo de la vida pública. Sí, igual él continuó siendo un “ciudadano de bien” hasta que ordenó el asesinato de ministro de Justicia Rodrigo Lara. La venganza de Escobar sobre el periódico se tradujo en el asesinato de su director, don Guillermo Cano, y la destrucción de su edificio, producto de un carro bomba. María Jimena Duzán duró un tiempo exiliada, incluso estaba en Cuba cuando se enteró del asesinato de su maestro y, con el tiempo, se convirtió en un referente histórico del periodismo en Colombia. Su labor ayudó a que Pablo Escobar no siguiera escalando en el poder.
Otro caso fundamental que evidencia cómo el periodismo sirve para proteger a la democracia fue la investigación dirigida por Mauricio Vargas, joven director de la revista Semana, quien en 1994 tenía 33 años, junto con Jorge Lesmes y Edgar Téllez. Coordinados por Felipe López, entonces dueño y presidente de la revista, pudieron hacer una investigación que fue incontrastable para el gobierno Samper y que está consignada en el libro El presidente que se iba a caer, escrito a seis manos. En él se muestra cómo fue la larga investigación para dar con la certeza de que durante la campaña presidencial el candidato liberal habría recibido -siempre a sus espaldas, al menos según él- cinco mil millones de pesos que fueron determinantes para imponerse en una apretada elección sostenida contra Andrés Pastrana.
En el libro se ve el nivel de exigencia que tenía un medio con la seriedad y compromiso de la revista Semana en los años noventa. La investigación sirvió para que dos fichas claves de Samper durante su campaña se cayeran, una fue su tesorero, el extraño Santiago Medina y el otro fue el ministro de defensa, Fernando Botero Zea, hijo de dos altos personajes de la cultura y las artes colombianas, Gloria Zea y el pintor Fernando Botero.
Por intermedio del periodista Alberto Giraldo, lograron conectar con los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela y ahí hicieron la negociación. Ernesto Samper nunca se cayó, es más, cuando la Comisión de Acusaciones salvó al presidente, lo que hizo Felipe López en Semana fue despedir a su director.
Quedó consignado en su libro un testimonio de alto valor no solo sobre una época, sino sobre el trabajo periodístico, siempre intenso y sumamente riguroso, algo que paulatinamente ha dejado de existir.



