Nada es frívolo y menos una serie de televisión. Desde 2024, cuando se lanzó la primera temporada, la adaptación emprendida por la productora Dynamo de Cien años de soledad rebasó todas las expectativas creativas. Todas. Además, la gente la vio en masa. Se construyó un pueblo en Alvarado, Tolima, donde se recrea a cabalidad a Macondo. Todo lo que ustedes ven en la pantalla fue hecho con esmero por artesanos de todas partes de la geografía nacional. La música, dirigida por el creador del grupo Puerto Candelaria, recrea la atmósfera precisa para una creación visual que se creía imposible.
Cerca de dos años después de ese estreno, Netflix sacó siete de los ocho últimos capítulos y acá aparecen otros personajes que nutrieron la saga de los Buendía. Los más importantes son los gemelos Aureliano y José Arcadio Segundo, además de Fernando del Carpio, la bogotana de abolengo dilatado capaz de firmar con siete apellidos linajudos un documento.
En esta nueva entrega nos cuentan, en el sexto capítulo, la masacre de las bananeras.
El actor que interpreta a Aureliano Segundo es Julián Román. Él es el capataz de la plantación dirigida por mister Brown, un gringo que quedó impactado al saborear alguna mañana plateada de Macondo un banano. Desde entonces, las ansias de billete y poder hacen que traslade una buena parte de su fábrica a Macondo. Al principio, el único que resiste ese progreso es el coronel Aureliano Buendía. Con todas sus guerras a cuestas, sabe que no habrá nada bueno detrás de una invasión comercial estadounidense. Nadie le hace caso y cuando se dan cuenta que lo único que quieren los estadounidenses es chuparse las riquezas y el capital humano para luego irse ya es muy tarde.
Se forman sindicatos, se exige una jornada de ocho horas, un día de descanso semanal. Nada de este pliego de peticiones es escuchado. Se procede a la presión. La violencia escala y, en diciembre de 1928, citan a tres mil trabajadores al frente de la fábrica de banano para atender sus reclamos. Todo es una trampa. Después de un ultimátum en donde el ejército le da a la muchedumbre cinco minutos para dispersarse, se abre fuego. Relatos de la época dicen que es verdad que, como sucede en el libro, se escuchó una voz entre la gente gritando: “Les regalamos su último maldito minuto”.
Solo en periódicos como El Espectador se habló de los muertos. Al principio, la United Fruit Company reconoció tres personas asesinadas. El Espectador habló de 1.200 muertos y, mucho tiempo después, se reconoció, por parte de los gringos, el asesinato de más de dos mil. Lo que llama la atención es que fue Gabo, desde la literatura, quien hizo mundial la denuncia. José Arcadio Segundo -magistralmente interpretado por Julián Román- repite todo el tiempo como si estuviera enajenado “Fueron tres mil, no se me puede olvidar”. En Cien años de soledad está la memoria viva del país y resulta realmente bello, y también asustador, cómo, con el paso de los años, el Realismo Mágico resulta cada vez menos ficción y más realidad histórica. Todo lo que pasa acá no solo es pintoresco y bello, también es profundamente cruel.



