¿Qué es la nación colombiana?, o mejor, ¿qué construye a la nación colombiana? Responder esta pregunta aquí daría para un trabajo inabarcable que sume en su interior todas las discusiones, desde 1819 hasta hoy, sobre cómo nos concebimos como nación dentro del mundo. De hecho, el mismo concepto de “nación” es algo que también ya está en disputa. Se supone que las naciones son comunicades humanas que comparten criterios de identidad colectiva (una lengua, una cultura, una historia en común, un territorio, voluntad de organizarse de forma colectiva y tradiciones propias) que se identifican como grupos diferenciados de otras comunidades con otros criterios de identificación colectiva.
La teoría política clásica indica que la modernidad llegó cuando las naciones comenzaron a organizarse alrededor de estructuras políticas y territoriales con gobierno, territorios delimitados y soberanía (los Estados) y reflejaron estas estructuras con esta identidad compartida. No obstante, esta identificación sólo se dio en Europa, entre los siglos XVIII y XIX, y omitió toda una serie de procesos políticos diferenciados que se estaban dando en otras partes del mundo.
De hecho, la forma como los Estados-nación se han consolidado en América Latina, tras los procesos de independencia de las antiguas colonias españolas de la metrópoli ha sido, en la mayoría de los casos, problemático, por lo que, antes que la emergencia de un discurso nacionalista que articulara en su interior todas las características posibles para construir mitos fundacionales y comunidades imaginadas, los Estados latinoamericanos tuvieron que confrontarse con que la realidad de muchas comunidades a nivel territorial era tan diferenciada de sí, pero al mismo tiempo compartían tantas características en común, que no había forma de construir un único discurso nacional.
A pesar de que se compartía la misma lengua, el mismo acervo cultural y un origen histórico en concreto frente al pasado (con la colonización hispánica), las diferencias regionales llevaron a fuertes choques que, incluso, llegaron al punto de estallar en fuertes guerras civiles y en agrias disputas entre la centralización (fundamental en la construcción de los Estados-nación modernos en Europa) y la autonomía administrativa (que fue la base del discurso federalista en toda la región latinoamericana).
Aunque la mayoría de los países de la región logró estabilizarse y articular un proyecto de Estado al cierre del siglo XIX e inicios del XX, había quedado, de antemano, presente que las lógicas de identidad colectiva giraban más sobre los procesos locales a nivel territorial que en una gran idea de nación compartida. En Colombia, durante los años 30 y 40, luego de la guerra con el Perú, se intentó construir un ideario nacional que aminorara las grandes diferencias regionales, alimentadas por el rápido crecimiento industrial de las ciudades del interior andino y de la costa caribe frente a los territorios del Pacífico, la Amazonía y la Orinoquía, que seguían rezagados e inexplorados. Los grupos armados de los años 60 y 70 intentaron articularse a un discurso nacionalista para tratar de integrar un proceso revolucionario de gran escala, como lo hizo el M-19. Los gobiernos del Frente Nacional también alimentaron el discurso nacional para atajar la identificación partidaria que se había dado durante los años 30 y 40 y que había desembocado en la violencia política de los años 50.
Luego, durante los años 90, se moderó el discurso nacionalista por el de la autonomía limitada, bajo el concepto de descentralización administrativa y reconocimiento regional, junto con el pluralismo cultural dentro de la Constitución de 1991, para luego volver a tratar de recomponer, de nuevo, un discurso nacionalista alrededor de la identidad política conservadora, como lo hizo el gobierno de Álvaro Uribe Vélez con el discurso de “Colombia es pasión” y el de la Seguridad Democrática, que generó una frontera entre “patriotas” y “terroristas” que alimentó el conflicto armado durante los primeros años del siglo XXI. De allí, luego de la firma del Acuerdo de Paz de 2016, surgió la pegunta de ¿quién cabe dentro de la nación tras el conflicto?, lo que implicaba cuestionarse sobre los procesos de reconciliación tras el estigma impuesto por el uribismo en años anteriores.
Ahora, en 2026, ganó un proyecto político que ha puesto sobre su discurso un discurso nacionalista agresivo (quizás, mucho más que el de Uribe en 2002), que también basa su mito fundacional en un ideario conservador, securitario y que antagoniza, de nuevo, con el contradictor político como figura a excluir del pacto político que conforma a la nación y la identifica con el Estado y a la que contrasta como un adversario y elemento destructor de “la nación”. Pero, volvemos a lo mismo, ¿qué es la nación colombiana?
—La dificultad por encontrar “la nación” colombiana
La dificultad de responder esa pregunta está, precisamente, en la fragmentación en la que Colombia como proyecto de Estado y de nación ha estado desde el principio de su historia. Fragmentación que se manifiesta, por ejemplo, en la debilidad por la integración territorial y la disparidad geográfica que tiene el país. No existe continuidad geográfica en tanto el país está atravesado por tres cordilleras, un territorio selvático en el sur y el occidente, litorales costeros y una planicie distante y lejana del centro andino, donde se establecieron los principales poderes políticos y económicos desde hace siglos. Esto llevó a que surgiera mayor conexión con la región y las zonas urbanas más cercanas que con el centro político en Bogotá. Con ello, también se dio la fragmentación del Estado por imponer su presencia en muchos territorios, así como la disputa con otros grupos y actores tanto por la provisión de bienes y servicios, como por el monopolio del uso de la fuerza. En parte, una de las explicaciones de por qué es tan difícil resolver el conflicto armado se encuentra en este argumento.
Pero también la fragmentación política hace complicado responder la pregunta sobre la nación, porque la identidad política se volvió, en cierto sentido, sustituta de la identidad nacional. Ya fuese en términos ideológicos (con la división bipartidista liberal/conservadora) o en términos de lealtades a una estructura política bajo lógicas clientelares, la capacidad de estas estructuras políticas por resolver el acceso a bienes y servicios permitió que esta identidad prevaleciera por encima de una comunidad imaginada unificada. En parte, también la identidad política explica por qué existen fuertes diferencias entre el voto presidencial a nivel nacional, guiado precisamente por posturas ideológicas y el voto subnacional, impulsado por lealtades políticas y lógicas de transacción burocrática.
Además, porque el reconocimiento multicultural que hace la Constitución de 1991 sobre la nación como algo plural impide que exista cualquier proceso homogeneizante que anule precisamente esa pluralidad. Es decir, construir una identidad colectiva choca directamente con otras identidades que han subsistido en el país de manera particular (como la autonomía étnica de indígenas, afro y población rrom) y que están protegidas por el Estado y la constitución, que las considera parte integral de un modelo de nación multicultural.
—“Frankenstein, o el viejo basilisco”
Entonces, ¿por qué el nacionalismo detrás de Abelardo De La Espriella es un “Frankenstein”? Porque, en últimas, toma diferentes elementos simbólicos para construir una idea de nación excluyente, radical y performativo que no resuelve en su interior los principales obstáculos que tiene la construcción de un discurso nacionalista en Colombia, sino que los fuerza para generar una identidad colectiva común que inherentemente pretende ser excluyente con un enemigo al que han identificado como el “neocomunismo”.
Quienes defienden este discurso podrían argumentar que su radicalidad no es gratuita, sino la continuación de un clivaje que ya existía desde el propio Acuerdo de Paz de 2016, entre quienes lo vieron como una capitulación frente a las FARC y quienes lo defendieron como el cierre necesario del conflicto. Bajo esta lectura, el “neocomunismo” no sería tanto una amenaza importada artificialmente como la etiqueta con la que se nombra el temor de amplios sectores del electorado ante lo que perciben como una reconfiguración institucional profunda (en la justicia, la fuerza pública, el modelo económico) adelantada durante el gobierno de Petro. Desde esa perspectiva, el nacionalismo de De La Espriella le daría forma discursiva a una polarización que la sociedad colombiana ya arrastraba, y su cercanía con Washington se leería no como delegación de soberanía, sino como “alineamiento pragmático” frente a lo que sus seguidores consideran una amenaza geopolítica compartida con Estados Unidos.
De hecho, el discurso nacionalista de Abelardo De La Espriella no responde en sí a los criterios propios de territorio, cultura e historia, sino a elementos artificiales importados de otros discursos con los que busca moldear y construir un ideal de país, idílico, que en la mayoría de los casos no se ajusta con la realidad. La apelación, por decir un ejemplo, a la moral cristiana y a la constitución de la familia como centro discursivo de un nuevo conservadurismo moral muestra bien cómo De La Espriella aspira a movilizar las bases religiosas para identificar a Colombia como un país confesional, al estilo de lo que intentó Miguel Antonio Caro en el siglo XIX con el proceso de la “regeneración”. Es por ello por lo que no es gratuito que suela terminar sus alocuciones diciendo “viva Cristo Rey” y “Dios bendiga a Colombia”.
Del mismo modo, también es un discurso nacionalista que, particularmente, termina siendo delegatario de parte de su soberanía a la agenda diplomática exterior de Estados Unidos, quien sigue en la recomposición de su esfera de influencia hemisférica en América Latina. Es decir, el nacionalismo de De La Espriella no se proyecta como un proyecto excluyente en la esfera internacional, sino de manera interna, donde ubica a sus enemigos, los nombra y los enuncia en su relato. Particular frente a los nacionalismos tradicionales donde el discurso proteccionista era fundamental para marcar una diferencia frente a una amenaza que estaba en el exterior. En Colombia, en su caso, era la Unión Soviética en el siglo XX. En el discurso de De La Espriella, la amenaza no está clara entre el discurso “woke”, el multilateralismo liberal, o incluso China como potencia rival emergente de Estados Unidos.
Quizás allí esté la clave para comprender por qué este nacionalismo es un “Frankenstein” o una colcha de retazos. Además de que ensambla piezas discursivas entre sí, tampoco logra cobrar una identidad estable una vez que el mecanismo está ensamblado. De hecho, es probable que los actores que se sienten representados dentro del discurso nacionalista de De La Espriella sientan poco a poco fricciones entre ellos, en parte porque ese ensamblaje es frágil y no reconoce que entre discursos existen fuertes diferencias marcadas, y que se están manifestando entre los grupos políticos que ya acompañan a este gobierno.
La reticencia de un sector de los libertarianos por reconocer a Rodrigo Lara o a Miguel Gómez como ministros de Interior y de Hacienda muestra bien el choque entre el discurso de los “nunca” (calco amargo de la retórica “anticasta” de Javier Milei en la Argentina) y la urgencia de De La Espriella por poner operadores políticos en carteras importantes para negociar con el Congreso. Así es posible que suceda, más allá de que la amalgama que une a la criatura a la que De La Espriella espera dotarle de vida cuando llegue a la presidencia el próximo 7 de agosto sea apenas el antipetrismo. Pegante que no basta para generar esa identidad colectiva con la que aspira gobernar y construir un nuevo discurso nacional, tan fragmentado y artificial como los que lo han precedido.



