Unos días después de su derrota en las urnas visité en su casa a Iván Cepeda. Lo primero que me llamó la atención fue que, a pocos metros de su apartamento, está la sede principal de Abelardo de la Espriella. Le hice el comentario a Cepeda, le pregunté si le molestaba y me dijo con un gesto de tranquilidad: “Eso no fue premeditado, fue una coincidencia”. Recordé las imágenes durante su campaña presidencial en las que Cepeda se veía completamente acorralado en su edificio, empujado por un grupo de abelardistas encabezados por el pastor de internet Oswaldo Ortiz: “Esto era acá, en la entrada”, me señala Cepeda. En la conversación que tuvimos este lunes festivo, Iván hizo un comentario: “Debes ir mañana a la rueda de prensa, ahí daré un anuncio trascendental”.
Al otro día, Iván Cepeda hizo el llamado a la desobediencia civil. Inmediatamente, los medios lo señalaron de insurrecto. Uno de los puntos que tocó el líder de la oposición es el de no acatar las órdenes de Abelardo por su doble nacionalidad. Eso fue lo que más se destacó en los medios de comunicación. Por la calumnia que rondó toda la campaña presidencial de Cepeda tildándolo de ser “heredero de las FARC”, sus enemigos de siempre, simplemente lo dejaron como un conspirador, como alguien que se iba a levantar en armas solo porque Abelardo tiene nacionalidad norteamericana. En uno de los apartes de la declaración Cepeda dijo: “Ante cualquier conflicto entre la soberanía constitucional de nuestro país y la soberanía constitucional estadounidense, De la Espriella tendría que tomar partido por esta última”.
El llamado a la desobediencia civil no se da solo por esto. Cepeda hizo públicas las preocupaciones que tenemos tantos colombianos. Nos preocupa la anunciada persecución a los opositores políticos del nuevo presidente, el llamado a extraditar a Estados Unidos -sin pruebas- al presidente Gustavo Petro y el desprecio a la libertad de prensa y de opinión. Esto queda completamente expuesto después de la detención de Beto Coral y, lo más complicado, es que Abelardo quiere volver a encender la guerra en el país.
El llamado a la desobediencia civil está inspirado en el pensamiento de Henry David Thoreau, luego de desarrollarlo en un artículo en donde expresaba el derecho a la objeción de consciencia. Thoreau no quería que el dinero que daba para sus impuestos se fuera para la guerra que, en ese momento, 1846-1848, Estados Unidos sostenía con México y, además, era su manera de presionar que se terminara en su país la esclavitud.
Thoreau, un idealista que renunció a lo que llaman algunos, con prepotencia, civilización, creó una especie de república independiente llamada Walden, en donde vivió en estricta soledad. Su pensamiento influyó en Ghandi, quien lideró a cientos de millones de personas en la India del yugo inglés después de imponer el llamado, siempre pacífico, a la desobediencia civil. Martin Luther King, un hombre de Dios, y también de leyes, intentó acabar con el racismo resistiendo a punta de “desobediencia civil”. Sin embargo, he visto que los medios decidieron volver a crucificar a Cepeda y redujeron su llamado a una especie de delito, como si estuviera invocando a las armas.
Mientras tanto, un analista político como León Valencia hace un llamado a un “gabinete en la sombra” y lo explica de esta manera: “Dado el resultado electoral tan ajustado, con esa mínima diferencia, quizás sería necesario, que Iván Cepeda conforme un gabinete en la sombra -cosa que alguna vez hicieron los ingleses- para hacer un seguimiento ministerio por ministerio al gabinete de Abelardo de la Espriella”.
Vi a Iván Cepeda después de la tormenta. Está listo, física y mentalmente, para liderar la oposición a un gobierno que llegó a la Casa de Nariño prometiendo destripar la diferencia.



