Fue en el Fondo de Cultura Económica tres días antes de las elecciones presidenciales. Un recinto cerrado y académico. María José se subía en tarima y estaba al lado de dos escritores: León Valencia y Federico Díaz Granados, hablando sobre el perfil que escribió el primero de los nombrados. Tenía una chaqueta negra con vivos ojos verdes y el pelo esponjoso y tirado para la izquierda, que alguien pudo calificar como punketa. En el último año ha sido la jefe de debate de Iván Cepeda y ha demostrado lo que pocos pudieron reconocer en medio de su machismo, María José tiene un discurso coherente, que entusiasma y emociona. Hace unos días, durante la cumbre progresista que se realizó en el Hotel Tequendama, hablé con ella y vi la indignación que cundía porque se dio cuenta de que Carlos Fernando Lucio, alguien que alguna vez fue un subalterno de su padre en el M-19, le estaba soplando frases claves del comandante Pizarro a Abelardo de la Espriella, y este las repetía como un loro en sus discursos. En medio de la indignación pude ver su fulgor, el mismo que tuvo Carlos. Entonces recordé lo que alguna vez me contó.
El 7 de agosto del 2002 María José Pizarro le puso la banda presidencial a un exmiembro del grupo guerrillero del que su papá fue comandante: el M-19. No pudo contener las lágrimas, la emoción que le partía la voz, que le enrojecía los ojos. Petro nunca fue cercano a su padre, pero nadie duda de su labor en la organización, ayudando a levantar, por ejemplo, barrios en Zipaquirá o fortaleciendo el sector político de la guerrilla que mejor prensa ha tenido en el país.
María José tenía 12 años el 26 de abril de 1990, cuando en un avión de Avianca que cubría la ruta Bogotá-Barranquilla un sicario le descargó una subametralladora a su padre. Pizarro tenía puesto el sombrero blanco que se volvió un símbolo, el mismo que Vicky Dávila prometió destruir si llegaba a ser presidente en el 2026. El asesino fue reducido y ultimado en el avión, todo delante de los pasajeros. El hombre, contratado por los hermanos Fidel y Carlos Castaño, jefes de los paramilitares, quienes lograron filtrar hasta el tuétano el hueso del DAS, alcanzó a ir al baño, echarse agua en el pelo, tomar aire y salir con la subametralladora en la mano. Había cinco escoltas y ninguno se dio cuenta.
En ese momento, María José estaba en el colegio cuando fueron a buscarla en el salón. Recuerda que, en el camino hacia la rectoría, la profesora estaba inusualmente callada. Cuando llegaron a la oficina estaban la rectora, su mamá y una tía. La mamá estaba llorando. A María José se le partió el corazón. Sabía que a su papá lo habían matado. Después se enteró de los detalles. Pizarro, el comandante, había quedado vivo, el avión se devolvió a Bogotá, lo alcanzaron a llevar a la clínica Santa Rosa de la Caja Nacional de Previsión Social y allí murió. Era el tercero de los candidatos presidenciales asesinados en un lapso de ocho meses. El primero que cayó fue Luis Carlos Galán, el segundo Bernardo Jaramillo Ossa y el tercero Pizarro.
María José tenía fe de que su vida por fin iba a ser normal cuando a finales de 1989 vio a su padre envolver su pistola en una bandera de Colombia y jurarle la paz al gobierno de Barco. La extrema derecha asentaba sus ejércitos, tenían tanto poder que amenazaban todos los días y a Pizarro, ya sin armas, le llegaban sufragios, le hacían llamadas a la casa. Sus hijas tenían que dormir rodeadas de guardaespaldas y María José, quien vio a su papá tan poco en su niñez -tuvo que huir con su mamá al Ecuador, luego, refugiadas en cualquier casa en Bogotá, esperaban una señal para verse en una reunión fugaz en algún hueco que encontraran en Mesitas del Colegio o en algún lugar cerca de la capital-.
Pizarro creía en la paz. Les dijo a sus otros compañeros del M-19 que, si lo mataban, ellos siguieran creyendo en el proceso. La democracia era la única vía. Si no era él, tal vez algún otro lo podría hacer, en un futuro. Con todos los problemas que tiene la democracia en un país dominado por las élites, era más fácil llegar al Palacio de Nariño por esa vía y no por otra. María José recuerda con angustia cómo le suplicaban que se pusiera siempre el chaleco anti-balas pero su papá se encogía de hombros y decían que no importaba: “A mí me van a disparar en la cabeza” decía con sequedad. Con la frialdad y certeza del que conoce su destino.
Cuando lo mataron, Pizarro había calado en el electorado colombiano. Su sombrero y su figura vendían. Le empezaban a decir “el comandante papito” e incluso algunas señoras encopetadas de Bogotá lo veían como un sex symbol. ¿Quién sabe? Igual no lo iban a dejar ganar.
Su victoria demoraría treinta años. En 2002 Gustavo Petro, miembro del M-19, conseguía 11 millones de votos y se proclamaba presidente de la república, el primer exmiembro de una guerrilla en hacerlo. La que le puso la bandera de Colombia fue la hija de Pizarro. ¿Alguien duda de su victoria a 35 años de su muerte?



