Pocos días después de que un desconocido asesinara a Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, en plena carrera Séptima, y que Bogotá estallara, una de las primeras obras que se empezó a realizar fue la de la edificación donde queda el Teatro Libre de Chapinero. Sus formas circulares, su espacio pequeño, pero perfectamente distribuido, era impresionante en esos años por su modernismo. Aún sigue sorprendiendo. Allí, desde hace más de dos años, Robinson Díaz y La Tropa, el grupo que formó junto a su esposa Adriana Arango, el actor presenta cada sábado una obra maestra del terror, El exorcista, la adaptación de la novela William Peter Blatty que, contra todo pronóstico – y acaso leyes de la física- funciona estupendamente como pieza teatral. Da miedo, emociona, estremece. Después de los aplausos, me acerqué al camerino para hablar con él. Le hablo de la reacción del público. Es lo que más le interesa “Pensar que hay directores de cine colombiano que no les interesa conectar con el público, ellos son los que nos permiten trabajar”. Intento corregirlo, le hablo de la importancia de una cinematografía, de películas que nos hagan reflexionar sobre nuestra colombianidad. Robinson, a sus 60 años, ha vivido lo suficiente como para no rozar en la claridad que da el cinismo. “Eso, en el fondo, es humo. Un premio en un festival es humo. La verdadera colombianidad está en cosas como La pena máxima, La gente de la Universal”.
Hay frases de esta última película, estrenada en 1993, que siguen diciéndose en la calle, que se recuerdan todo el tiempo. A Felipe Aljure con el tiempo se le fue agriando el genio, pero dejó esa obra maestra absoluta. Y luego, siete años después, ad portas de una Copa América, Dago García escribió un guion que, en su primera lectura, sus actores sabían que sería un éxito porque no paraban de reír. La película la realizó alguien con pretensiones artísticas desmesuradas, Jorge Echeverry, a quien le molestaba que la película fuera tan graciosa. Como me dijo alguien que trabajó en ese rodaje: “Pena Máxima fue grande a pesar de su director”.
No existe un colombiano que no sepa quién es Robinson Díaz. Personajes suyos como el Cabo, el del Cartel de los Sapos, se transformaron en franquicias y él ahí sigue haciéndolo en México. Le digo que si no le da miedo encasillarse. Suelta una carcajada “Hermano, a mí lo que me da miedo es quedarme como María Eugenia Dávila”. Le cuento que la misma pregunta se la hice a Luis Eduardo Motoa, el famoso Carlos Alberto de Padres e Hijos, que si no le hizo daño ese personaje a su carrera. Díaz me mira con sorna “Sos un guevón, ese papel le dio pa jubilarse. Lo peor que nos puede pasar a nosotros es quedarnos sin trabajo”.
Hubo una época en la que, a este envigadeño, hijo de un padre que nunca se varó, que los ponía a él y a sus hermanos a vender paletas dentro del Atanasio Girardot, el teléfono no le sonó más. En Colombia, como en todas partes del mundo, es un defecto envejecer. El camino que les tocó a él y a su esposa fue hacer una empresa teatral, no depender de nadie. Entonces montaron La Tropa, en donde pueden hacer desde una obra de terror como El Exorcista, hasta una comedia como Más que amigos, ambos están en el Teatro Libre. Mientras habla conmigo, Robinson sigue recibiendo en su camerino a admiradores, a actores que lo siguen, a gente que solo tiene palabras de agradecimiento para lo que acabamos de ver. Dos años y medio de continuo éxito. Me confesó que hace poco supo que hay un muchacho que ha visto la obra trece veces: “Creo que al pelado va a tocar hacerle un exorcismo”.
Robinson estudió en el INEM de Medellín y allí empezó a hacer teatro. Mucho Moliere y Carlos José Reyes. Luego se vino a Bogotá en donde fue descubierto por la mítica montajista Elsa Vásquez, quien a su vez se lo recomendó al guionista Mauricio Navas Talero, después de haberlo visto en un papel pequeño pero poderoso en la novela OKTV. A Navas Talero le gustó tanto que de una le dio un papel protagónico para una novela ambiciosa que escribía. “Mauricio me dijo que, si tenía fondos para esperar seis meses, lo hiciera. Hermano, yo ya orinaba por entre un pitillo, pero acepté, porque cuando leímos los guiones con Adriana no podíamos soltarlo”. Era La Mujer del presidente. Robinson tenía 33 años en 1996 y, desde ese momento, vino la gloria, protagonizando además otra película infaltable en nuestra cinematografía, Bolívar soy yo. Quedó aterrado cuando le solté un dato: uno de los muchachos del staff era David Murcia Guzmán.
Era un sábado en la noche y el saludo se alargó más de la cuenta. El bar del Teatro Libre tiene cierto parecido con el del Hotel Overlook, donde Jack Nicholson habla con sus fantasmas en El Resplandor. Allí le pido que nos tomemos un agua -en realidad él se pide un agua, yo una ginebra- le pregunto que cuál es la clave para estar bien a los sesenta años actuando en un país donde a los actores no les va bien. Me dice que es sencillo, pero a la vez complicado: “En época de vacas gordas ahorrar el 80 % y gastar en rumbas el 20 %”. Hace poco tuvo un descalabro con su esposa que no tuvo nada que ver con gastar la plata rumbeando, pusieron de su bolsillo para la producción de una película. Es el único consejo que le da a un joven que aspire a llegar al cine, a la televisión, a las tablas “Si tienen una idea, jodan hasta que alguien se las financie, pero no pongan plata de su propio bolsillo”.



