La lucha del padre Javier Giraldo para que el crimen de Elsa Alvarado y Mario Calderón no quede impune

Este es un martes frío de mayo de 2026. Con cierta tristeza se espera un mundial insípido que estará en cualquier momento inaugurado, se vienen unas elecciones en donde la polarización parece ser el único camino y las noticias vienen siendo, a la larga, un loop eterno que acosa y aburre. Veo la publicación que hizo el Centro Nacional de Memoria Histórica sobre Elsa Alvarado y Mario Calderón y recordé un texto que publiqué hace unos años en un medio de circulación nacional. Quiero recordarlo a partir de estos apuntes porque es una verdad que sigue y que pesa como un yunque.

Para los católicos tradicionales, un padre como el jesuita Javier Giraldo es mirado con recelo. Poco importa que se haya licenciado en filosofía y tenga una maestría en teología en la Universidad Javeriana con especialización en la Universidad de París, ni que su formación académica y su vocación por la defensa de los derechos humanos haya pesado a la hora de fundar, en 1988, junto a otros jesuitas, el CINEP – Centro de educación popular-.

Este rol de estar del lado de gente vulnerable y golpeada, y de defender con vehemencia sus derechos, no ha sido fácil para el inquebrantable padre Javier Giraldo. Es mucho lo que ha visto y las luchas que ha dado para que los atropellos no queden en la impunidad, como el asesinato de Mario Calderón y Elsa Alvarado, y el padre de ella quien estaba de visita en su apartamento cuando llegaron a matarlos. Su mamá quedó herida.

El 19 de mayo de 1997, cuatro hombres vestidos de negro se bajaron de un Renault 9. Iban fuertemente armados. Eran las ocho de la mañana. Amordazaron al celador del edificio del Barrio Chapinero, buscaron el piso 5 y entraron de una patada al apartamento donde vivían Elsa Alvarado y Mario Calderón.

Ese año iba a ser de gozo para Giraldo. Lo habían llamado por esos días de los Estados Unidos para decirle que recibiría el premio John Humphrey a la Libertad, un reconocimiento que grandes defensores de derechos humanos habían obtenido. A él no le gustaban los premios pero en ese momento, por la radicalización que se vivía en el país, era importante que, desde afuera, vieran que la labor de Giraldo no tenía que ver con la insurgencia como pretendían hacer creer sus contradictores. Elsa y Mario fueron sus amigos más íntimos, por eso, cuando se enteró por la radio que los habían matado en su apartamento, al frente de su pequeño hijo.

Giraldo había sido el más fiel compañero de Mario desde mucho antes de que él decidiera salirse de la orden jesuita para irse a pelear por los más necesitados, los más amenazados dentro de su país. Estuvo con él en Francia, cuando en 1980, ambos sufriendo las afugias del exilio, hicieron una protesta frente a la Embajada de Colombia en París y la policía gala terminó reseñándolos. La razón de esa protesta era irse, como el Quijote contra los molinos, a gritarle al mundo que el gobierno del entonces presidente Julio César Turbay Ayala se había atribuido poderes de dictador feroz con su estatuto de seguridad. Estuvo con él en un templo de París aguantando hambre en una huelga que también tenía como objeto de rechazo a Turbay y sus políticas de extrema derecha.

Javier Giraldo y Mario Calderón fueron de los primeros que se interesaron por los problemas de la ecología en un país en donde multinacionales explotaban sin importar los daños ambientales sus recursos naturales. Esta consciencia nació en ambos en París. Allí, de la mano de un grupo de ecólogos anarquistas, surgieron las ideas para crear el proyecto Sumapaz que, al final, terminaría matando a Mario.

Con el gobierno de Belisario Betancur se le abrieron las puertas a Giraldo y a su compañero de tantas lides.  Ambos se fueron a trabajar a Tierralta, Córdoba. Giraldo tenía una capilla y Mario Calderón se metía hasta el cuello en la defensa de los campesinos acosados por las Autodefensas. La inteligencia militar lo fichó porque acostumbraba pedirle a Giraldo el jeep de la parroquia para ir a recoger los heridos y los cadáveres que aparecían en las laderas de los caminos. Un día amaneció asesinado uno de los amigos más cercanos a Giraldo, el también jesuita Sergio Restrepo.

En la mañana posterior al doloroso funeral, los dos amigos, Mario Calderón y el jesuita Javier Giraldo, se sentaron a analizar lo que había sucedido y no les costó muchas tasas de café para entender que los paramilitares que empezaban a controlar Córdoba, se habían equivocado: a quien buscaban era a Mario Calderón. En días previos se había enzarzado en discusiones de duro cilindraje con militares que habían criticado su idea de hacer en el templo un mural recordando la tortura y humillación que sufrió antes de morir por dos balazos en la cabeza Bernardo Betancur, quien había colgado la sotana para asumir las luchas populares.

El padre Giraldo se mantuvo firme en sus labores y cada vez que podía —y se lo permitía su intensa agenda en el CINEP—, impulsaba publicaciones tan determinantes como Noche y Niebla, la revista cuyo nombre correspondía a la ley que había expedido el Tercer Reich buscando la eliminación total de los judíos: una metáfora con la que buscaban comparar el continuo hostigamiento de civiles que empezaban a armarse y que luego se convertirían en ejércitos de paramilitares, acaparaban tierras, descompensaban campesinos y aniquilaban líderes sociales y ambientales.

Mario Calderón tomó distancia de su opción religiosa y terminó casándose con la investigadora Elsa Alvarado, a quien conoció precisamente en el CINEP, por intermedio del padre Giraldo. Juntos asumieron la causa ambiental y se comprometieron  con la defensa del páramo de Sumapaz, la gran despensa de agua de Bogotá. Allí tenían una finquita, allí pasaron su última puente de descanso. Recién habían regresado a su apartamento en Chapinero cuando truncaron sus sueños las balas asesinas.

Fue en aquella finca donde Mario Calderón sintió la amenaza cerca. Una vez llegaron a Bogotá llamó a Giraldo al CINEP a compartir lo sucedido en Sumapaz. A pocos metros de su parcela en Sumapaz, estaba apostado un retén del ejército que no solo les hizo la requisa de rigor, sino que les preguntaron por su dirección, sus teléfonos personales. Era todo muy extraño. La pareja había estado considerando irse del país. El propio Giraldo les recomendó cambiar de residencia, pero no tuvieron tiempo de reaccionar. Todo fue rápido y terrorífico.

Justo ese día se habían quedado en su apartamento en Chapinero los padres de Elsa, Carlos Alvarado Pantoja y Elvira Chacón. Los asesinos, tras  tirar la puerta, ya en el interior del apartamento hicieron poner de rodillas a los cuatro. Y fueron disparándoles. Por algo parecido a un milagro, doña Elvira, una mujer que tenía en ese momento 72 años, se salvó. Y el bebé, en el último minuto, fue empujado en el clóset y por eso se salvó.

Pasado el impacto inmediato y el dolor, el padre Giraldo tomó el crimen como causa propia para no permitir que quedara impune. Quería explicaciones. Habló directamente con el comandante de la Policía Rosso José Serrano. Empezaron las dilaciones. Aseguraron que todo se sabría con prontitud, que tenían los registros de los celulares que ordenaron el asesinato, que lo había ordenado un paramilitar llamado Gaitán Mahecha. Todo fue mentira y Giraldo lo sabe. Nunca se supo quién dio la orden. Aunque quedó claro que la operación estaba orquestada por las crecientes y cada vez más descontroladas organizaciones paramilitares que actuaban en muchos casos con complicidad de las autoridades, como podría haber ocurrido con la Policía de Chapinero.

Han pasado 29 años y solo se ha condenado a un autor material del vil asesinato. Todo son rumores que apuntan a algo tan etéreo como puede ser eso que llaman la extrema derecha.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.