En 1943 el joven Robert Antelme era —junto con su esposa Marguerite Duras y su amigo François Miterrand— la cabeza pensante de la cada vez más fortalecida resistencia francesa. Envalentonados moralmente al tener la certeza de que los alemanes no podrían ganar una guerra en dos frentes, la Resistencia, no la que lideraba desde el exilio el general De Gaulle sino la que sostenía la inteligencia francesa contra la atrocidad nazi, aumentaban los ataques a la Gestapo y a altos miembros de la S.S. Sin embargo, por un error, en una redada, Antelme es capturado.
Para Duras y Miterrand estaba claro que difícilmente volverían a ver con vida a su amigo. Al caer el Tercer Reich se abrieron las puertas de los campos de exterminio, las montañas de cadáveres evocaban cuadros como los que pintó Dierics Bouts “el viejo”. Miterrand, quien sería después uno de los más grandes presidentes de Francia, entró a uno de esos campos. Había cráteres rellenos de cuerpos, una retroexcavadora los amontonaba y luego los incineraba. Eran tantos que no había tiempo ni siquiera para pensar en enterrarlos. El aire olía a carne quemada. De entre una pila de muertos vio que algo se movía. Ya había escuchado el festín que se propinaban las ratas con toda esa carne. Sin embargo, se acercó y vio que una mano se movía. La fue sacando lentamente con miedo de que esa montaña putrefacta cediera. A pesar de que su piel estaba forrada en sus huesos pudo reconocer a Robert Antelme.
Dicen que no se calló un instante, que era impresionante ver cómo un cadáver podía hablar con tanta energía. “En el camino al hospital no preguntó por Marguerite ni nos hizo ningún tipo de preguntas. Lo único que quería era contar todas esas imágenes que pasaban por sus ojos”. No importaba la fiebre, la deshidratación, todo ese horror del que salía. Él lo único que quería era contar.
Después de una recuperación de un año, Robert Antelme quiso escribir todo lo que le había pasado, es así que en 1947 publica La especie humana. Anti-literatura pura, algo que roza con la filosofía que nos deja desolados. Para Antelme lo que pasó no es producto de la política, es casi que un problema biológico, podemos ser muy buenos pero también muy perversos: “El S.S. no es diferente de nosotros —escribe en sus encendidas páginas Antelme—, la inocencia personal, por muy profunda que se le suponga, nada vale al lado de esa solidaridad forzosa con la especie portadora de mal, de muerte, de fuego. No hay humanismo en eso. Nuestro hermano S.S podría decir la inhumanidad que hay en el hombre”.
Hoy vemos con rabia cómo el horror se sigue repitiendo, se eterniza, forma parte de la especie humana.
El dolor de Antelme, como el de tantos otros, ha sido totalmente en vano. Pertenecemos a una especie carroñera, infame, diabólica. Lo que queda vivo es su testimonio: Robert Antelme no fue testigo del horror que perpetraron los nazis, sino de la maldad que puede contener la especie humana.



