Una nueva noticia inesperada cayó sobre Buenaventura. El pasado 14 de febrero se conoció públicamente que el Papa Léon XIV eligió a Rubén Darío Jaramillo Montoya como nuevo obispo de Montería, en el municipio de Córdoba, luego de nueve años dirigiendo la Diocesis de Buenaventura. La decisión, anunciada oficialmente por la Iglesia católica, marca el cierre de un periodo que coincidió con momentos determinantes para el distrito, desde el escenario posterior al Paro Cívico de 2017 (año en que fue nombrado obispo por el papa Francisco) hasta la instalación del espacio sociojurídico en el marco de la política de Paz Total. Su traslado, aunque responde a la dinámica interna de la Iglesia, ocurre en un momento políticamente sensible para Buenaventura y abre interrogantes sobre el impacto que tendrá su salida en el proceso de paz urbana.
En Buenaventura, la iglesia no ha sido únicamente una institución religiosa, su presencia histórica en medio del conflicto ha generado impactos. En un contexto marcado por el abandono estatal, la exclusión histórica y la violencia armada, la Diócesis de Buenaventura ha desempeñado durante décadas un rol social, humanitario y político de facto.
En los años más críticos del conflicto urbano, especialmente entre 2000 y 2015 cuando las disputas entre estructuras armadas derivaron en desapariciones, desplazamientos intraurbanos y prácticas de terror como las mal llamadas “casas de pique”, la Iglesia en ese entonces encabezada por Monseñor Hector Epalza Quintero, fue uno de los pocos actores que pudo mantener su presencia en barrios afectados, acompañó víctimas e hizo denuncias públicas en momentos en que el miedo silenciaba a muchas instituciones.
Durante el Paro Cívico de 2017, la Iglesia jugó un papel de mediación y facilitación del diálogo en momentos de alta tensión. No lideró políticamente la movilización, pero ayudó a conciliar escenarios de interlocución. Esa capacidad de actuar como puente no nació en 2017: es el resultado de una presencia histórica sostenida. Bien es sabido que Iglesia ejerce poder, y en Buenaventura, la Iglesia ha sido percibida no solo como autoridad espiritual, sino como actor social con legitimidad comunitaria. Esa trayectoria explica por qué sus liderazgos tienen incidencia real en escenarios de crisis.
El rol de monseñor Rubén Darío en el espacio sociojurídico.
La llegada de monseñor Rubén Darío Jaramillo a Buenaventura coincidió con el período posterior a la firma del Acuerdo de Paz con las FARC y con la reconfiguración de las disputas armadas urbanas en Buenaventura. Su liderazgo se desarrolló en medio de treguas frágiles, rupturas violentas y un proceso de paz urbana que ha oscilado entre avances simbólicos y persistentes carencias estructurales.
Ahora bien, en el marco del espacio sociojurídico, que fue instalado en julio de 2023 como parte de la política de Paz Total, la Iglesia católica no ha sido formalmente parte de la delegación, pero sí ha desempeñado un papel determinante de acompañamiento. Fue monseñor Ruben Dario Jaramillo quien logró los primeros acercamientos exploratorios con voceros de las estructuras criminales Shottas y Espartanos en Buenaventura. Y el rol del obispo fue clave en varios sentidos: aportó legitimidad en un territorio donde la institucionalidad estatal carga con una desconfianza histórica profunda; su voz pública ayudó a sostener llamados a la protección de la vida en momentos de tensión y crisis; y, al mismo tiempo, fue casi siempre un actor puente entre delegaciones, Gobierno y comunidades. Su narrativa insistió de manera constante en la centralidad de las víctimas, en la necesidad de mantener el dialogo y evitar escaladas violentas.
Qué implica su salida para el proceso de paz urbana
En Buenaventura, el conflicto está profundamente atravesado por violencias simbólicas y estructurales que se han intensificado en los últimos años y que han agudizado las desconfianzas entre comunidades, Estado y actores institucionales. En ese escenario complejo, la figura de monseñor Rubén Darío Jaramillo ha sido clave. En torno a su liderazgo eclesial se construyeron niveles de confianza que permitieron mantener abiertos canales de diálogo, incluso con actores armados. Construir confianza en un territorio como Buenaventura es un proceso lento, frágil y acumulativo; incluso para un poder tan grande como el que ostenta la iglesia católica. Por eso, la salida de Monseñor podría tener implicaciones relevantes.
Por un lado, el anuncio de su traslado ya ha generado en distintos sectores sentimientos de incertidumbre y preocupación, no solo por los procesos sociales que acompañaba, sino porque su figura se había convertido en un referente de estabilidad dentro del diálogo sociojurídico. Por otro lado, si el nuevo liderazgo eclesial no asume un rol activo frente a la paz urbana, podría debilitarse uno de los puentes de interlocución entre comunidad e institucionalidad, así como entre delegación y voceros de las estructuras, en un contexto donde la confianza entre las partes sigue siendo limitada.
Existe además una preocupación adicional: el conocimiento acumulado sobre el espacio sociojurídico ha estado altamente concentrado en la figura de Monseñor Ruben Darío. Aunque la diócesis conoce y lidera múltiples procesos sociales en el territorio, el involucramiento directo en los acercamientos iniciales y en la dinámica del espacio sociojurídico ha sido, en gran medida de Monseñor Ruben Dario. Es decir, no hay quien conozca aun dentro de la misma iglesia, las bondades y vicisitudes del proceso.
Sin embargo, su salida no implica necesariamente el fin de la paz urbana en Buenaventura. Por el contrario, representa un desafío. Si la sostenibilidad del proceso depende en exceso de figuras individuales, quedará en evidencia su fragilidad institucional. La transición no es solo un relevo en el liderazgo clerical, es una prueba de madurez para un proceso que lleva cerca de dos años y medio y que necesita consolidarse más allá de liderazgos carismáticos.
Monseñor asumirá oficialmente su nuevo cargo en Montería el próximo 19 de marzo. Hasta el momento no se ha anunciado de manera definitiva quién lo reemplazará en la Diócesis de Buenaventura. Según declaraciones del propio obispo, quedará encargado temporalmente un sacerdote, acompañado por el arzobispo de Cali, mientras la se designa a su sucesor. Sin embargo, aún no se conocen detalles sobre el perfil o la línea pastoral que tendrá el nuevo liderazgo.



