Mientras a Petro no lo dejaban entrar al Club Campestre en Medellín, a Popeye lo paraban hasta en el Tesoro para tomarse fotos

Sí, no era una exageración decir que Medellín había quedado altamente golpeada moralmente después de los años en los que Pablo Escobar fue amo y señor. El cambio de valores fue evidente. Además, existía una identificación arraigada con las políticas de derecha de las que Álvaro Uribe era el catalizador. Por eso, para el presidente fue muy importante llenar la Alpujarra el año pasado.

La sociedad antioqueña, y en especial la de Medellín, es altamente cerrada. Esto ha sido así durante todo el siglo XX. El racismo y la exclusión social fueron una constante. Esto se vio en un hecho muy particular, el día que a Petro le negaron la entrada al Club Campestre de Medellín. Ocurrió durante la campaña presidencial de 2018. Estaba en plena segunda vuelta y la disputa era cerrada contra el candidato del Centro Democrático Iván Duque. El 6 de junio de ese año uno de los socios del Club Campestre lo invitó a un almuerzo con otros empresarios. Petro, en medio de lo apretado de su agenda, llegó a Medellín desde temprano y pocas horas antes de la cita se encontró con un comunicado en redes sociales: esta había sido cancelada. El comunicado decía: “Una vez se conocidos por la junta directiva los detalles del evento, se procedió a entrar en contacto con el socio, con quien se analizaron las circunstancias y los factores de conveniencia de la reunión, dando como resultado que él mismo desistiera del almuerzo, en aras de conservar la tranquilidad y evitar alguna alteración del orden de cualquier índole, interna o externa”.

Las razones pudieron haber sido de seguridad, pero Petro tiene su esquema y en ese momento aún no tenía la popularidad que hoy lo acompaña. Evidentemente, a ese club la idea de que un hombre que perteneció al M-19, a pesar de que hizo la paz le parecía un agravio contra los miembros del club campestre. Recuerdo que el diario El Colombiano ese día buscó intensamente a la encargada del Club Campestre en ese momento, Diana Carolina Gómez, pero no levantó el teléfono.

Lo paradójico es que, por esa época, John Jairo Velásquez Vásquez, autoproclamado como el sicario más temido de Pablo Escobar, acababa de salir de la cárcel y se vendía como un influencer, cuando aún no era común esa palabra. Una vez fue a visitar el centro comercial El Tesoro, uno de los más prestigiosos de Medellin y una masa de admiradores casi lo cubre, como le pasaba a Paul McCartney en la Inglaterra de los años sesenta. Era un beatle. Hay un episodio harto lamentable que es oportuno recordar. La veneración por un sicario que probablemente mató a más de cien personas llegó a tal punto que Mariana Pajón, la más grande de nuestras deportistas olímpicas, le pidió una foto y la subió a sus redes.

Petro no volvió a hacer mención de este tema. Así eran las ciudades uribistas hace unos años. En Cúcuta atentaron contra su vida, en Medellín simplemente le cerraron las puertas del club más prestigioso de la ciudad.

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