Agua, residuos y olvido: los efectos del frente frio en el caribe colombiano

La Costa Caribe Colombiana abrazó el inicio del segundo mes del año con un fenómeno natural que aun hace sentir sus efectos colaterales sobre el territorio. Atlántico, Bolívar, Sucre, Magdalena y Córdoba, especialmente esta última, se estremecieron con las fuertes ráfagas de viento y la incesante lluvia que desdibujó un panorama inclemente y devastador.

Un frente frío es un fenómeno meteorológico bastante interesante que ocurre cuando una masa de aire frío avanza y se encuentra con una masa de aire más cálido, formando una zona de transición entre ambas. Estos frentes se producen como parte de la dinámica natural de la atmósfera, en donde distintas características empiezan a cambiar: temperatura, humedad y presión, creando escenarios, como muchos llamaron, apocalíptico.

El fenómeno pasó y dejó sus marcas en el territorio, en municipios como Santa Marta, Magdalena, el mar no solo hizo ondear banderas rojas, sino que, bajo 24 horas de fuertes lluvias, expulsó todo aquello que no le pertenecía, dejando toneladas de basuras en la orilla: bolsas, cartones, electrodomésticos; pero ¿esto acaso es producido por el mar? En definitiva, más allá de afrontar la furia natural, el verdadero peligro sigue en tierra

En su sabiduría, la naturaleza devolviendo basura a las playas no es solo una imagen impactante, es un mensaje claro; durante años, residuos arrojados a ríos, arroyos y costas fueron invisibilizados bajo la lógica de que “el agua se los lleva”, sin embargo, el frente frío rompió esa ilusión y evidenció que la contaminación no desaparece: se acumula, regresa y golpea. Esta crisis interpela la conciencia colectiva y obliga a reconocer que las acciones cotidianas también tienen responsabilidad en la magnitud del daño ambiental.

Una vez se disiparon las densas nubes, se desplego una estela de graves afectaciones socioambientales que evidencian la magnitud del evento: en departamentos como Córdoba, las lluvias, que parecían perpetuas, inundaron hasta el 80 % del territorio, con más de 120.000 personas damnificadas, miles de familias afectadas y extensas áreas productivas bajo el agua. Las precipitaciones provocaron desbordamientos de ríos, destrucción de viviendas —al menos 9.000 casas—, pérdidas de cultivos y afectaciones directas a la seguridad alimentaria regional. El impacto también alcanzó la fauna doméstica y productiva dejando no solo daños materiales y humanitarios, sino una alteración significativa de los sistemas ecológicos y sociales del Caribe.


El desastre que siguió al paso del frente frío no puede leerse únicamente como un evento natural, sino como un espejo de las decisiones políticas acumuladas en el tiempo. La fragilidad de la infraestructura, la ocupación de zonas de alto riesgo y la respuesta tardía ante la emergencia evidencian una gestión pública que reacciona cuando el daño ya está hecho. La crisis revela una deuda histórica del Estado con el Caribe, donde la planificación territorial y la adaptación climática siguen siendo promesas de campaña

Detrás de cada inundación repetida y cada comunidad aislada reaparece una pregunta incómoda: ¿dónde están los recursos destinados a la prevención? La reiteración de desastres en los mismos territorios sugiere que no se trata solo de falta de presupuesto, sino de su mala planificación. Obras inconclusas, sistemas de drenaje que colapsan una y otra vez alimentando la percepción de que la corrupción no solo roba dinero público, sino que profundiza la vulnerabilidad y convierte los fenómenos naturales en tragedias evitables.

Más que una tragedia puntual, el paso del frente frío deja una advertencia sobre el futuro. La prevención no puede seguir siendo el eslabón débil de la política pública ni un tema secundario frente a la urgencia. Invertir en ordenamiento territorial, educación ambiental, adaptación climática y fortalecimiento comunitario es la única vía para romper el patrón de pérdida recurrente. De lo contrario, cada nuevo evento climático seguirá encontrando territorios expuestos, instituciones desbordadas y comunidades pagando el costo más alto.

 

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Lizeth Serrato Contreras

Antropóloga con énfasis en investigación social y método etnográfico, específicamente en la aplicación de técnicas de recolección de información. Diplomado en Patrimonio Cultural y distinción honorífica Cum Laude de la Universidad del Magdalena. Experiencia en la formulación de investigaciones de carácter social y medioambiental. Conocimientos en el área de Transición Energética y experiencia en el trabajo de campo con Comunidades Energéticas.