Antes de Francisco Maturana, Colombia no existía. Sí, habíamos ido a un mundial, el del 62, llegado a una final de América, en el 75, pero no existía un estilo, una forma de sentir el fútbol, una identidad. Ahora creen que es verso eso de la identidad, pero es lo primero que se debe tener en un fútbol de selecciones. Por eso es por lo que frases de Pacho pasaron a la posteridad de este deporte: “se vive como se juega”, dice Pacho, y él identificó la picardía del delantero vallecaucano, la imaginación del samario, la disciplina del paisa, la potencia del chocoano. Toda Colombia cabe en un equipo.
Pacho es hijo directo de Zubeldía, el técnico argentino creador de la línea, una manera de defender revolucionaria que consistía en dejar en fuera de lugar al rival, haciendo que los defensores, en una exigente coreografía, dieran un paso a la vez. Eso lo logró primero con el Caldas, equipo con el que debutó como técnico, y luego con el Nacional, el primer equipo colombiano que quedó campeón de una Copa Libertadores.
Los hermanos Rodríguez Orejuela se gastaron una tonelada de plata trayendo a los mejores futbolistas del continente para levantar una Libertadores. Llegaron a tres finales: 85, 86 y 87, no pudieron. Nacional necesitó solo una oportunidad en 1989 y con un equipo de puros criollos logró lo que era impensado. La base de ese equipo era la selección. En ese momento Pacho era técnico del verde y también de Colombia, algo que es impensado hoy en día. La columna vertebral del equipo era la misma de la selección, Higuita, Andrés, Perea, Chonto y Leonel. A veces iba adelante Albeiro Usuriaga. De hecho, con un gol suyo contra Israel fuimos al mundial después de 28 años.
A Pacho siempre le dijeron que era un rosquero. Lo de la “rosca paisa” empezó a decirse en esa época. El único error de convocatoria que realizó, la única injusticia, fue no llevar al Palomo al mundial. De resto, siempre convocó a los que debía. En el mundial deslumbró usando un arquero líbero como René. Realizó un partido perfecto desde lo táctico contra Alemania. Esa era una de las mejores selecciones que se han visto en un mundial. Venía de aplastar a Yugoslavia y a Emiratos Árabes. En el túnel, antes de entrar al partido, cuenta la “Gambeta” Estrada que hacían sonar sus guayos como si fueran caballos. Los panzer alistaban sus cañones. Colombia fue alegre, ordenada, trabajadora, durante 90 minutos la táctica de Pacho Maturana fue una metáfora de lo que somos los colombianos. Pero un gol, en el último minuto, de Littbaski sepultó esos sueños. Acostumbrados a reponernos de los peores golpes, Valderrama le puso un pase al vacío a Rincón y el Coloso se la pasó por entre las piernas a Ilgner, el arquero alemán. Se hacía justicia.
Cuando Maturana se enteró de que Camerún sería el rival en octavos se agarró la cabeza. Hubiera preferido Italia. “Colombia es grande entre los grandes” dijo Pacho. Como tendemos a las victorias anticipadas subestimamos al rival y perdimos contra Roger Milla y su combo.
Luego Pacho estuvo a punto de irse a Madrid, pero a último minuto lo bajaron del bus. Regresó a la selección y obtuvo el 5-0, esa maravilla en el Monumental. Luego vino el fracaso en USA y, en 2001, en una Copa América rara, Pacho nos dio el único trofeo que tenemos.
Ahora la gente no lo quiere, les parece un farsante, un versero. Un vende-humo. En el mundo no entienden de este odio. En el mundo, Pacho es un gurú, respetado por Guardiola, por todos los grandes. Pero esa tendencia que tenemos a destruir nuestros ídolos es solo una fase más de nuestra autodestrucción. A Pacho hay que hacerle todos los homenajes posibles en vida. Su voz nos va a hacer mucha falta cuando no esté.



