Esta es la razón por la que habrían matado a Rafael Orozco

Rafael Orozco se levantaba todos los días al mediodía. No era solo la parranda, era el trabajo. Le gustaba a él y a sus músicos grabar hasta muy profunda la madrugada. Pero ese 11 de junio de 1992 todo parecía distinto, hasta el rumor del viento. Ese día, a las seis de la mañana, él despertó una a una a sus tres hijas: Loraine, Kelly y Wendy. Ellas estudiaban en el mejor colegio de Barranquilla, como les correspondía a las hijas del cantante más popular de Colombia. Ese día Rafael parecía apagado. Su esposa pensó que era el cansancio: tres días antes había llegado de una gira extenuante por Venezuela en donde era el Rey, era Elvis. Soy de Cúcuta y allí salía, a comienzos de los noventa, un canal llamado Venevisión. Tenía un programa estrella: Sábado Sensacional, a donde fue todo el mundo, hasta el mismísimo Michael Jackson cuando era pequeño, junto con sus hermanos. Lo presentaba alguien llamado Amador Bendallán. Y era emocionante, como colombiano, ver el trato que recibía el Binomio de oro. Creo que con temas como Cha-cun-cha todos dejamos por un momento el rock y nos volvimos vallenateros por moda. Así que Rafa y el Binomio eran estelares.

Su esposa recuerda todo como si hubiera pasado ayer. Ese día Rafael Orozco no desayunó, se tomó un jugo de naranja, leyó la sección de deportes hasta que la secó y luego recibió la acostumbrada llamada familiar de todos los días, hecha por sus parientes en Becerril, su tierra. El último de sus hermanos que habló con él fue Misael, todavía lo recuerda.

Kelly, su hija mayor, ese día, quería hacer una fiesta porque estaban a punto de salir de vacaciones de final de año. Rafa, como todo papá alcahueta, dijo que sí. Al atardecer lo llamó su compadre, Israel Ochoa, necesitaban hablar de un concierto que tendrían en Cúcuta.

Clara, su esposa, bailó en la casa por última vez esas baladas que tanto les gustaban. Sobre las ocho de la noche mandaron a llamarlo a él a la puerta de la casa. Los Orozco vivían en la calle 96ª con 49, en el Barrio Villa Santos. Los que querían verlo, dijo su empleada doméstica, eran unos muchachos que pertenecían al Binomio de Oro. Rafa fue a ver qué pasaba. Su esposa Clara escuchó los tiros desde la sala. Cuando llegó, el amor de su vida estaba todo ensangrentado. Había recibido nueve tiros.

Veinte años después de que lo mataran, los sicarios hablaron con la Revista Semana. Ese día, el hombre que apretó el arma contra Rafael le dijo a Semana que al cantante no lo habían matado por un lío de faldas, sino porque pertenecía al cartel de la Costa. En la entrevista, el sicario dijo lo siguiente: “Era uno de los mejores lavadores de dólares, pues utilizaba sus presentaciones en el exterior para meter verdes a la lata al país”. El hombre agrega que, en cada salida del país, llenaba sus 12 acordeones de dólares que entraban al país “sin ningún misterio”. Orozco quería que le subieran el porcentaje de ganancia, sus jefes no quisieron. Un día se perdieron los doce acordeones. Entonces fueron por él. El sicario cuenta que, días antes del asesinato, fueron a hablar con él, y le dijeron, que arreglara ese problema rápido porque estaban pidiendo 130 millones por él.

Los que respondían por esa misión estaban capitaneados por un hombre llamado el Mono Del Vecchio. Apreciaban a Rafa. Cuando llegaron a la casa, a matarlo, le ofrecieron una última oportunidad, pero Rafa se puso altanero. Así que el Mono se bajó de la camioneta y le pegó nueve pepazos.

Empezaría una leyenda que hoy no termina. Esta es apenas una de las versiones que hay sobre su muerte, pero podría ser la que más se acerque a la realidad.

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