Bandada: Lenguajes políticos y propuestas de paz desde el sur

Popayán, ciudad atravesada por una fuerte tradición académica y por las tensiones propias de un territorio históricamente marcado por el conflicto social y político del suroccidente colombiano, ha sido también un espacio fértil para la emergencia de iniciativas críticas y colectivas. En este contexto se gestan Bandada al Sur y la revista Distópica, como apuestas que dialogan con el territorio desde la palabra, la escucha y la experimentación intelectual, abriendo grietas frente a las formas hegemónicas de producción del conocimiento y habilitando otros modos de pensar lo político, lo cultural y lo cotidiano desde el Cauca.

Bandada al sur no surge como un proyecto diseñado explícitamente para la construcción de paz, ni como una iniciativa inscrita de manera directa en los lenguajes institucionales del posconflicto o la reconciliación. Su configuración es, más bien, el resultado de una experiencia colectiva que se fue dando en el tiempo, a partir de encuentros, búsquedas compartidas y preguntas insistentes sobre lo político, el territorio y las formas en que nos narramos como sociedad. Esta experiencia comienza a tomar forma hace aproximadamente tres o cuatro años, cuando un grupo de personas, en su mayoría formadas en ciencia política, venía trabajando de manera conjunta en distintos espacios académicos y editoriales, impulsadas por una incomodidad común frente a los límites del pensamiento político tradicional y por el deseo de explorar otros lenguajes posibles.

Antes de nombrarse Bandada al sur, ya existía un recorrido compartido: un semillero de investigación, la creación de la revista Distópica y una serie de conversaciones sostenidas sobre el sentido de la disciplina, la relación entre política y vida cotidiana, y las formas en que el conocimiento se produce y se valida. Desde esta trayectoria previa, Bandada al sur no aparece como un punto de partida fundacional, sino como una condensación de experiencias, afectos y aprendizajes acumulados. La imagen de una bandada de aves de distintas especies volando juntas funcionó desde el inicio como una metáfora orientadora: no se trataba de construir un colectivo homogéneo, sino un espacio donde las trayectorias individuales pudieran encontrarse sin perder su singularidad, avanzando juntas sin anular la diferencia.

Esta forma de origen permite comprender por qué la paz aparece en Bandada al sur no como un objetivo explícitamente formulado, sino como una consecuencia posible de las prácticas que allí se fueron configurando. En un país como Colombia, atravesado por un trauma colectivo prolongado, la experiencia de crear espacios de palabra, escucha y reflexión compartida se convierte, en sí misma, en una manera de disputar los modos en que hemos aprendido a relacionarnos desde el miedo, la tristeza o la desconfianza. Pensar la paz desde Bandada al sur implica, entonces, situarla en lo cotidiano, en las formas de encuentro y en la posibilidad de sostener conversaciones complejas sin recurrir a la eliminación simbólica del otro.

Una de las experiencias centrales que da forma a Bandada al sur es la necesidad de pensar lo político más allá de sus expresiones electorales, partidistas o institucionales. Esta inquietud no surge de una negación de la política formal, sino del reconocimiento de sus límites para dar cuenta de la complejidad de la vida social y de los conflictos que atraviesan el territorio. Desde esta perspectiva, lo político comienza a entenderse también como algo que ocurre en los afectos, en las memorias, en los silencios y en los lenguajes que utilizamos para nombrar el mundo. Colombia aparece aquí como un país marcado por una tristeza estructural, producto de violencias históricas, exclusiones persistentes y conflictos no resueltos, lo que hace urgente la exploración de otros registros de comprensión.

En este proceso, el laboratorio Indisciplinar los estudios políticos, coordinado por Daniel Felipe Ordóñez Sierra, se convierte en un espacio clave de experimentación intelectual y colectiva. Allí se pusieron en tensión los marcos tradicionales de la ciencia política, incorporando perspectivas críticas, contemporáneas y posestructurales, sin perder el anclaje territorial. Para quienes participaron, este laboratorio no solo significó un espacio de formación alternativa, sino también un lugar de resonancia intelectual y afectiva, donde fue posible acercarse a lecturas, conceptos y sensibilidades que habían permanecido ajenas a la formación académica de pregrado. La experiencia de indisciplinar el pensamiento no se limitó al plano intelectual, sino que impactó dimensiones personales e íntimas, transformando la manera de habitar lo político y lo colectivo.

Desde la experiencia de Isabel Timaná, integrante del colectivo y apoyo editorial de Distópica, Bandada al sur se vivió, ante todo, como un espacio de libertad de pensamiento y de construcción colectiva con amigos. Esa colectividad permitió no solo ampliar horizontes teóricos, sino también generar espacios propios de aprendizaje donde el pensamiento crítico se entrelazó con la vida personal. En su caso, la participación en Indisciplinar los estudios políticos incluyendo los módulos de visualidades e imagen que ella misma facilitó abrió caminos de exploración que derivaron incluso en procesos de autodescubrimiento, como su acercamiento a la fotografía, entendida no solo como una técnica, sino como una forma de mirar y de narrar el territorio.

La palabra y la escucha ocupan un lugar central en esta experiencia compartida. Bandada al sur se fue construyendo, en gran medida, a través de conversaciones, reuniones habladas y encuentros donde las ideas circulaban antes de convertirse en proyectos concretos. Las propuestas no surgían como imposiciones, sino como apuestas colectivas que se escuchaban, se discutían y se acompañaban. Esta dinámica hizo posible que iniciativas como Indisciplinar los estudios políticos fueran apropiadas por el grupo, no solo como un proyecto académico, sino como una experiencia común sostenida en la confianza, el diálogo y la disposición a crear juntos.

Más que momentos aislados, quienes han hecho parte de Bandada al sur suelen evocar un recuerdo general construido a partir de la experiencia de sentarse a dialogar, pensar y hacer con otros. Se trata de un espacio no obligatorio, en el que la participación nace de la convicción y de la emoción de involucrarse en algo que se siente propio. Compartir, viajar, conocer personas y territorios, establecer vínculos y pensar en colectivo forman parte de una memoria afectiva que remite a la posibilidad: la posibilidad de abrir otras visiones, de movilizarse hacia lugares no imaginados y de habitar procesos de transformación personal y colectiva.

Como todo espacio colectivo, Bandada al sur no ha estado exenta de tensiones y conflictos. Cada persona ha vivido la experiencia de manera distinta, según sus formas de afrontar el desacuerdo: algunas de manera frontal, otras desde el silencio o la evasión. Sin embargo, uno de los aprendizajes más significativos que emerge de esta experiencia es la importancia de visibilizar el conflicto en lugar de silenciarlo. Habitar las tensiones, asumirlas y nombrarlas aparece como una condición necesaria para evitar su acumulación y eventual estallido, especialmente cuando median vínculos de amistad que podrían verse dañados de forma irreparable.

Desde esta perspectiva, el conflicto no se concibe como una falla del colectivo, sino como una dimensión inherente a la vida en común. La experiencia de Bandada al sur enseña que evitar el conflicto no lo disuelve, sino que produce nuevas formas de tensión. En cambio, asumirlo de manera abierta permite transformarlo y sostener relaciones políticas y afectivas más honestas. Esta forma de habitar el desacuerdo se acerca a una comprensión agonística de la política, en la que el otro no es un enemigo a eliminar, sino un adversario con quien se comparte un espacio común.

Es precisamente en estas prácticas cotidianas donde Bandada al sur aporta a la construcción de paz. No desde grandes discursos ni desde la romantización del territorio en conflicto, sino desde la creación de posibilidades de diálogo, de pensamiento situado y de expansión de perspectivas. La paz aparece aquí como una experiencia cotidiana, frágil e inacabada, que se construye al habilitar espacios donde es posible hablar, escuchar y pensar juntos desde el territorio, reconociendo su complejidad y sus heridas sin reducirlo a una narrativa única.

Bandada al sur puede leerse, así, como una experiencia de paz en la medida en que permite ensayar otras formas de estar juntos, de narrar el país y de proyectar futuros que no estén completamente capturados por la violencia o el desencanto. No se trata de una propuesta cerrada ni de un modelo replicable, sino de una aproximación inicial que busca abrir preguntas más que ofrecer respuestas definitivas. En esa apertura, en la palabra compartida y en la disposición a escuchar al otro, se teje una forma de paz que no se decreta, sino que se construye en lo cotidiano, desde el sur y desde la experiencia.

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