Sí, ya sé qué van a decir. Que dónde está el concurso, que, con qué criterio, que el arte es relativo, que esto es puro clickbait. Pero es verdad y no sé cómo más decirlo. Desde que Gabriel García Márquez publicó, en 1967, Cien años de soledad, los críticos se derritieron. Incluso los que no eran críticos, descendieron a ese nivel para poder hablar de esa novela. Así lo hizo Mario Vargas Llosa, quien escribió una tesis llamada Historia de un deicidio para explicar cómo García Márquez mató a Dios para ponerse él en su lugar y volver a crear el mundo a partir de una familia, y de un pueblo. Cuando le dieron el Premio Nobel de Literatura, todos sabían quién era García Márquez. La Academia no tenía que explicar, como ahora sucede con tantos Lazlos nosequé, a los que les dan la medalla, cuáles eran los méritos del galardonado. Cien años era el Quijote y ya, zanjada la discusión.
Después del Boom -así se llamó ese movimiento del que Cortázar, Vargas Llosa, Donoso, Gabo y un largo etcétera encabezaban-, la literatura latinoamericana vivió épocas difíciles. Es que todos buscaban ser el nuevo Gabo. Pero llegó Roberto Bolaños y mandó a parar.
Bolaños es un caso desquiciante. A diferencia de Gabo -por quien demostró no tener demasiada admiración- no vivió las mieles del triunfo literario en vida. Para sobrevivir, tuvo que ser hasta celador en Barcelona. Se murió a los cincuenta años. Eso sí, jamás renunció a escribir.
Hay que reconocer que el facho de Jaime Baily no necesariamente tiene buen criterio político, pero ha escrito novelas interesantes, como Los Genios, en donde le tira barro u otra sustancia espesa a García Márquez y Vargas Llosa. Pero, su gran aporte a la literatura fue el descubrimiento y apoyo que le brindó a Bolaños. Fue él quien se lo recomendó al gran editor Jorge Herralde, creador de Anagrama. Primero fueron sus cuentos, algunos disruptivos, donde aparentemente la narración no va a ningún lado, luego sus críticas, atrevidas, siguiendo una prerrogativa, cada gusto es una aberración.
Pero la explosión llegó con Los detectives salvajes, una obra que va creciendo a medida que va comiendo años. Si se necesita exorcizar el demonio de Gabo, con esta historia, original, rompedora, quedó claro que había vida después del boom.
Justo cuando terminó su obra maestra indiscutible, 2666, la enfermedad se lo llevó. ¿Quién puede decir cuál es la trama de esta narración furiosa? Es probable que sean tres libros unidos, el de cuatro admiradores de la obra de un escritor llamado Benno von Archimbodil, el segundo es el de una serie de asesinatos de mujeres ocurridos en Santa Teresa, México, y el tercero es la historia de un muchacho alemán que formó parte del ejército nazi, que peleó la Segunda Guerra Mundial, desertó del ejército y se puso a escribir hasta convertirse, nada más y nada menos, que en Archimboldi. Pero, intentar hacer una sinopsis de 2666 en unas cuantas páginas es absurdo. Sus 1.200 páginas ha sido un impedimento para acceder a ella, pero, también, esa dificultad, la ha convertido en una obra de culto.
Bolaños murió sin saber qué lugar ocuparía en la historia de la literatura latinoamericana. Su obra está más viva que nunca, recubierta en libros como “La historia de la literatura nazi en América Latina” o “Putas asesinas”, Bolaños es un joven eterno, gracias a su muerte temprana. Es un corazón que sigue latiendo.



