Benito, el conejo malo vs Donald Trump.

Benito, hijo de Benito, le decían Tito, trabajando desde chamaquito. Guiando camiones como el Pai y el abuelo, aunque su sueño siempre fue ser ingeniero.

Hace poco más de una semana, del 23 al 25 de enero Medellín coreó a grito herido esa frase para darle la bienvenida a Bad Bunny, el conejo malo, Benito de Puerto Rico. La canción que coreaba era muy paradójica porque literalmente es un manifiesto contra la gentrificación, pero también un homenaje a los puertorriqueños que saben que se siente ser una isla sin derechos bajo la tutela de los Estados Unidos. Sin saberlo Medellín, una ciudad conservadora que le ha votado a las derechas desde hace varios años, le coreaba al personaje latino más explícitamente progresista de hoy, mientras el cantante ondeaba orgulloso la bandera negra de Puerto Rico, que reivindica el derecho de la isla a por fin tener al menos autonomía fiscal.

Yo, que he sido fan de Bad Bunny desde que sentí que me representaba con su éxito “Yo perreo sola”, que he pasado de escucharlo a escondidas a corear en masa sus canciones más explícitas y a llorar escuchando Lo que le pasó a Hawai, observaba a Medellín vitorearlo. Medellín, que puede ser una enorme y cosmopolita contradicción. Baby, dime si te gusta Medellín, la moto’ lo carro’ el perreo, el bling bling. Hoy, tal vez la capital más mentada del género urbano muestra todo al mismo tiempo: la libertad absoluta en la rumba, el alma barrial, las ganas de ascenso y el conservadurismo político. También, tristemente una oleada de gentrificación que sus ciudadanos no han acabado de advertir.

“Ojalá que los míos nunca se muden”, cantó  Bad Bunny a una audiencia que, en realidad, ya ha tenido que mudarse de los mejores barrios. De una u otra forma, un dejo de nostalgia cómplice flotó en el aire, aunque no se dijera abiertamente. Es muy probable que la gente tan orgullosa de su ciudad —tan verde, tan buena, tan chévere— ya esté viéndose forzada a desplazarse hacia la periferia. Siempre con la cabeza en alto, siempre considerando cada situación como una oportunidad, siempre anhelando aquello que el dinero a borbotones de los años noventa prometió: una ilusión de ascenso.

Uno se pregunta qué une a Benito, hijo de Benito, el Conejo Malo que se atrevió a afirmar que es más ciudadano americano que el propio Donald Trump, con Medellín. Rechazó las disqueras y se refugió en una residencia en Puerto Rico. Supo combinar como nadie la calle, el perreo intenso, la sangre, el sudor, el barrio, el brillo y esa necesidad del latino de salir del foso, con la política, la resistencia y la reivindicación. Benito puso a que Donald Trump, por medio de inteligencia artificial, pidiera disculpas a la comunidad latina en pleno 4 de julio. Aquí, durante el estallido social, J Balvin publicó una foto de Gandhi rezando. Puerto Rico hizo que la salsa volviera a sonar como número uno en el mundo —otra vez—, con esa melancolía nuestra que mueve caderas con cadencia violenta y nos reconecta con nosotros mismos. Nuestras estrellas del género urbano —no todas, por supuesto— sienten temor de incomodar al poder.

Sin embargo, más que profundas diferencias políticas, creo que son tiempos distintos. Momentos de las sociedades diferentes. Finalmente hay un Puerto Rico que ya recorrió el camino que Medellín está empezando. Y aprendió. En cierta forma lo que hoy es Bad Bunny también nació de una porción de fracaso. El camino del artista siempre debe ser escarpado; si no lo es, se convierte en propaganda. Debe existir alguna tensión, algún punto de inflexión. El Bad Bunny de hoy aprendió de aquel que quiso ser lo que nunca estuvo destinado a ser, acompañando a las Kardashian, llevándoles las maletas y apagando su propio brillo. Sacó de la manga un trap que sonaba a más de lo mismo, dejó atrás los destellos de sus inicios y giró el rostro hacia el barrio, rindiéndose y aceptando el mundo tal como es. Medellín hoy representa justamente ese momento: cuando uno es joven y piensa que nada malo le va a pasar, a pesar de sus propias decisiones. Se acepta lo que se es, se calla ante lo incómodo, se esconde lo doloroso debajo del tapete. La vida ocurre en el barrio, aunque se muestra el glamour. Nos vemos en Perro Negro, lidiamos con la resaca, nos desbaratamos, perreamos, fumamos, bebemos. Es la esencia de lo más adolescente de nuestra América Latina.

Pero, como cantó Héctor Lavoe, nada dura para siempre. El Conejo Malo ya lo ha vivido, y Puerto Rico también. Su último disco, el que pondrá a bailar a los latinos en el Super Bowl —el evento deportivo más importante de los Estados Unidos—, encarna ese espíritu que ha alcanzado la madurez. Ya no basta solo el perreo, las motos, los carros ni el bling bling. Sin confrontar de forma explícita, su más reciente álbum nos enfrenta a una realidad cotidiana que pocos políticos latinos han sabido interpretar hasta ahora. Habla de uno mismo en un 31 de diciembre, sentado en una silla Rimax, bebiendo y llorando por un desamor. Habla del corrupto de siempre que expulsa a la gente de sus casas, de la vacuidad del triunfo cuando se pierde la isla, el barrio, el río, la casa. Habla de esos intangibles tan valiosos para nosotros, los latinos. En esencia, nos reconecta. Es el hermano mayor de Puerto Rico que le cuenta a Medellín el final de la película desde lo más básico, lo más visceral, desde aquello que verdaderamente nos une.

¿Quién no ha tenido un tío, un abuelo, un conocido, una madre, un amigo o una amiga que se fueron y dejaron media alma en casa? ¿Quién no ha sido criado por tribus, por abuelos, por redes extensas, incluso por vecinos? ¿Quién no ha pedido, con las doce uvas de diciembre, ganarse la lotería? ¿Quién no ha soñado con comprarle una casa a la mamá? ¿Quién no siente que el salario no alcanza, que vive corriendo, que solo quiere desconectarse después del trabajo? ¿Quién no ha vivido unas fiestas discutiendo a muerte por política en familia, llena de identidades, de dolores, de alegrías, de trabajo y de sueños? ¿Quién no se ha cansado de jalar el carro? ¿Quién no se identifica con lo duro del día a día?

Eso es precisamente lo que, con mucho empeño, logró Bad Bunny en su gira. Es lo que hizo el 4 de julio en el video de “Nueva York”, lo que repitió en los premios Grammy, donde obtuvo un galardón que solo otro genio iberoamericano, Carlos Santana, había conseguido: Mejor Álbum del Año. Además, se llevó una ovación con solo dos palabras sencillas: ICE Out. Su participación en el Super Bowl transformó ese evento en el más político del año. Benito, hijo de Benito, terminó convirtiéndose en una estrella mundial, un latino irreverente, embajador del perreo intenso; político sin proponérselo, mecenas de Puerto Rico, millonario sin salir del barrio. Seguramente, después de este álbum, más de uno —incluso en Medellín— va a corear:

Calle Sol, Calle Luna, estoy en la noche oscura
Yo no canto reggae, pero soy cultura
De Borinquen, PR, Archipiélago Perfecto
En el mundo entero, ya conocen mi dialecto, mi jerga
A mí me importa un bicho lo que a ti te vale verga
Aquí, mataron gente por sacar la bandera
Por eso es que ahora yo la llevo donde quiera, cabrón, ¿qué fue? (Ja)

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Laura Bonilla