Un anciano malvado

Cuando tenía 14 años, salí una vez con otros compañeros de mi curso escolar, a ver una pelea concertada entre dos compañeros que venían amenazándose todo el año. De modo que ese día, muy cerca a la escuela y después de la última hora de clases, los dos amigos se fueron a golpes en medio de la bulla aupadora de varios escolares. Cuento esto, porque, acabada la riña, estando todavía en el suelo uno de los contrincantes y cuando el aparente ganador —a quien llamábamos el Caleño— apenas se retiraba; se le acercó un señor bastante adulto, y ofreciéndole un enorme cuchillo filoso, le dijo con tono de mando: “Mátalo”.

Por fortuna, el Caleño, cuya conducta en el colegio era desafiante y temeraria, lo miró con sus grandes ojos de joven negro y, enseguida, con la voz baja y temblorosa por causa del combate, le respondió decidido: “Yo no soy malvado!”. Aquel extraño, repito que cercano o ya en la tercera edad, me desconcertó, pues tenía por cierto que los ancianos eran buenas personas y, en aquel momento, vi que no era así.

No obstante, luego comprendí que, si bien los ancianos se tornan buenas personas por causa de su larga experiencia de vida y por la madurez de conciencia, hay a los que no les ocurre eso. De hecho, es una realidad clínica que los adultos mayores suelen ser malhumorados debido a los denominados “factores de riesgo crucial”, como la depresión y la ansiedad; pero es cierto, que esos malestares del malgenio senil, no implican conductas criminales, ni son los que las ocasionan. Pese a ello, existen ancianos como el genocida Netanyahu, que a sus 76 años ha ordenado sin el mínimo respeto por la humanidad, muertes masivas de indefensos palestinos.

De igual forma, el presidente Donald Trump, a sus 79 años de edad, ha descontado la sensibilidad y las buenas maneras en sus funciones de gobernante; porque, siendo frío y patán con los países económica y militarmente débiles, ve al mundo arredrársele y ve cómo se le arrodillan los políticos y los gobernantes cuyo único interés es el propio bienestar.

Sin embargo, no he escrito esta nota para criticar a Netanyahu (de quien, eso creo, no hay una sola persona ignorante de sus diabólicas atrocidades); ni mucho menos para despotricar del presidente Trump, que en los primeros días de febrero se reunirá con nuestro benévolo presidente, y de cuya reunión —si el presidente Petro se cuida con extrema y exagerada escrupulosidad— tengo la confianza y la intuición de que surtirá beneficios para ambas naciones. No, no he escrito esta nota para denunciar la traza de esos dos representantes del poder de las armas, sino para referirme al expresidente Álvaro Uribe Vélez —también en la tercera edad— y a quien una parte considerable de los colombianos considera un ser siniestro, en razón a las macabras historias en las cuales se le ha involucrado.

Ahora, si tenemos en cuenta que, para inculpar a alguien de un delito, la flagrancia tiene más peso que los indicios y que las llamadas pruebas materiales; y luego de haber escuchado al expresidente Uribe dando órdenes inequívocas para que sus seguidores le hagan daño a una chica, por el solo hecho de ser opositora y más inteligente que su candidata a la presidencia, nos queda bien claro su nivel de maldad.

En efecto, al expresidente se le ve y escucha en un video, pidiéndole a su encargada de las llamadas “bodegas uribistas” —y al oído de todos los colombianos, pues su micrófono estaba abierto—, que hicieran llorar a esa joven influencer. Algo considerablemente grave en un país donde, aun siendo gente buena la mayoría de sus pobladores, sin dudas es igualmente una sociedad cargada de intolerantes y feminicidas.

De la maldad del expresidente Uribe, y en calidad de supuestos fundados, conocemos lo suficiente por versiones de difícil contradicción, como entre otros: haber hecho tomar su propio vómito a uno de sus hijos (historia contada por la víctima filial); haber atacado sexualmente a una de sus asistentes (no porque ella lo hubiera testimoniado con sus palabras, sino porque no pudo ocultarlo con su silencio y gestos de angustia dicientes); o haber dicho con la frialdad propia de un insensible y con la intención de justificar dichos crímenes, que los 6.400 jóvenes asesinados en el caso de los falsos positivos, no estaban recogiendo café.

Que alguien de su edad, ya pasado los 70 años, sea capaz de ordenar a sus huestes que hagan llorar a una chica que le incomoda por sus ideas progresistas, me suscita esta interrogante: ¿cómo es posible que alguien a la edad del expresidente Uribe —cuando debería estar tranquilo junto a su familia— ande por ahí con su insania, haciendo maldades de cruel inhumanidad?

Desafortunadamente, esa es la realidad: existen los ancianos malvados que nunca cambian, como no lo hacen —eso dicen psiquiatras y psicólogos— los asesinos en serie y los violadores. Se trata de una especie de humanos incompletos, o mejor, carentes de la llamada “neurona espejo”, gracias a la cual podemos visualizar en los otros las semejanzas, y comprender el trasunto moral de esta sentencia del pensamiento popular: “No hagas a los demás lo que no te gustaría que hicieran contigo”.

Para terminar, es necesario aclarar que estas líneas no fueron escritas para hacer llorar al expresidente Uribe, sino para invitarlo a reflexionar.

 

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Guillermo Linero