Recordamos al terrorífico Fidel Castaño porque el pasado 14 de enero se cumplieron 36 años de la masacre de Pueblo Bello, municipio de Turbo, en Antioquia. A comienzos de 1990, la muerte de miembros de la UP y el Frente Popular a manos de la extrema derecha colombiana era paisaje. Ya había ocurrido la masacre de 56 personas en otro municipio de Antioquia, Segovia, por haber cometido el pecado de escoger como alcalde a un miembro de la UP. En Pueblo Bello, Fidel Castaño buscó una excusa: el robo de 42 cabezas de ganado a hacendados de la región. Entonces, por cada vaca mató a un campesino. Los sacó de sus casas, los llevó al campo, los torturó y después los asesinó. La acción la comandó él y la ejecutaron sus hombres, conocidos como los Tangueros, en referencia a la finca donde se entrenaban: Las Tangas. Hasta el momento, 31 cuerpos siguen sin aparecer. Había varios menores de edad y varios miembros del Frente Popular se contaban entre las víctimas. Como todo asesinato en masa ordenado por los paras, este tenía un tinte eminentemente político y apuntaba, sobre todo, a menoscabar las fuerzas populares que asustaban tanto a la extrema derecha.
Fidel Castaño había sido sanguinario toda su vida. En su pueblo, Amalfi, era conocido por su ambición sin límites. A los 18 años se fue de la casa y regresó dos años después, embilletado. Se había ido a trabajar a unas minas en Venezuela y de esa aventura contaban lo peor. Tenía tanto ego que creía que podía ser la mismísima ley en su pueblo. Odiaba a las mujeres, por eso amenazó a más de una, por infiel, por ser grosera con sus papás, por desafiar cualquiera de las formas de patriarcado, con matarlas o echarles ácido en la cara. Aunque usó el asesinato de su padre para abrazar las banderas de la contrainsurgencia, no hay una prueba determinante de que las FARC estuvieran detrás de lo que sucedió. A su padre lo secuestraron y luego de pagar el rescate lo asesinaron. Hay varias incongruencias en ese relato. Lo único cierto es que, como revela en su libro Guerras Recicladas María Teresa Ronderos, Fidel Castaño ya era un bandido desde antes de que su padre fuera asesinado.
Se asoció con Pablo Escobar cuando ya había formado grupos de autodefensas con la ayuda de militares israelíes, como Yair Klein. En esa época ya se había hecho coleccionista de arte. Iba a grandes subastas europeas. En un libro de entrevistas con el director de cine Billy Wilder, a quien también le interesaba el arte, afirmaba en 1992 que el precio del arte bajaba, para todos los artistas, menos para Fernando Botero, y en esa entrevista dejaba entrever que había gente que venía desde Colombia a las subastas a subir el precio de la obra del pintor paisa. Con eso no queremos decir nada más que Fidel Castaño, con su interés por la obra de este artista, pudo haber dado millonadas de más por sus cuadros.
Era un sibarita que sabía de vinos y de decoración. Tenía entre sus amigas a María Víctoria Henao, la esposa de Pablo Escobar, a quien le ayudó a decorar, por ejemplo, el edificio Mónaco. En publicaciones recientes se ha afirmado que el resquemor entre ambos bandos tendría su origen en la molestia que le generaba a Escobar la cercanía del creador de los paras en Colombia con su esposa.
El anticomunismo exacerbado de Castaño, que lo llevó a ejecutar, entre otros, a Carlos Pizarro, y desacuerdos con plata, terminaron alejando a Fidel del Cartel de Medellín.
Creó, junto con el Cartel de Cali, los PEPES, perseguidos por Pablo Escobar, grupo que contó con ayuda directa del Bloque de Búsqueda y fundó los cimientos del nuevo paramilitarismo. Terminaron derrotando a Escobar, pero la alegría le duró poco a Fidel. Un mes después de que su máximo enemigo cayera sobre el tejado de una casa en Medellín, un francotirador le rompió el pecho cerca a una de sus fincas en Córdoba. Sobre esta muerte se ha dicho de todo. Una de las teorías es que sus hermanos lo habían mandado a matar porque Fidel quería dejar de traquetear. Hay otra teoría más loca y es que Fidel fingió su muerte, y ahora vive plácidamente en Israel. Su cuerpo jamás fue encontrado.
Campesinos como los de Pueblo Bello tuvieron que sufrir a este demonio, uno de los más espantosos que ha dado la encarnizada guerra colombiana.



