Desde la raíz del Pacífico, jóvenes tejen paz y comunidad 

Mural realizado por niños y niñas de villa esperanza – Bucheli Fuente: Pares

En el suroccidente colombiano, donde el mar abraza a la selva y la vida resiste entre los ecos de un conflicto no resuelto, surge una historia distinta, tejida con hilos de esperanza. Tumaco, tradicionalmente conocido por los altos índices de violencia, narcotráfico y abandono estatal, se convierte ahora en escenario de una transformación liderada por quienes durante décadas fueron considerados víctimas pasivas: sus jóvenes. 

Lejos de ser solo una cifra en los informes de violencia o desplazamiento, la juventud tumaqueña alza la voz y asume el reto de construir alternativas de vida digna. Lo hace con decisión, desde su experiencia, desde el dolor, pero también desde la creatividad y el amor por su territorio. La iniciativa “Jóvenes Inspiradores de Paz: Fortalecimiento del Liderazgo Juvenil y la Cultura y el Deporte para la Transformación Social y Comunitaria en Tumaco” es testimonio de esta apuesta por la vida. 

Esta propuesta, concebida y ejecutada por jóvenes de Tumaco, nace en respuesta a una realidad alarmante: el reclutamiento forzado, el consumo problemático de sustancias psicoactivas y la falta de oportunidades educativas, laborales y recreativas. A esto se suma la presencia persistente de grupos armados ilegales y redes de narcotráfico que ven en la juventud un blanco fácil. 

Frente a este panorama, la respuesta no fue la resignación, sino la organización. Los jóvenes decidieron actuar. Se propusieron construir un centro de formación cultural y deportiva, no solo como un espacio físico, sino como una plataforma viva de formación, encuentro, creación colectiva y resistencia pacífica. Allí, la educación para la paz se combina con el arte, el deporte y el liderazgo juvenil, creando un entorno seguro donde la juventud puede crecer, expresarse y liderar. 

A diferencia de muchas intervenciones que llegan desde fuera, este proyecto surge desde el territorio, con una comprensión profunda de los contextos locales. No es una respuesta improvisada ni ajena; es una construcción comunitaria impulsada por jóvenes que conocen de cerca las heridas del conflicto, pero también las posibilidades de sanación. 

El núcleo del proyecto fue un proceso formativo integral que, a través de talleres, encuentros pedagógicos y ejercicios de reflexión colectiva, fortaleció las capacidades individuales y colectivas de los participantes. Temas como liderazgo juvenil, ciudadanía activa, comunicación para el cambio social y derechos humanos se abordaron con una metodología participativa y transformadora. El resultado: jóvenes más seguros de sí mismos, con herramientas para la acción social y con una visión clara de su rol como agentes de cambio.

Joven integrante de la Escuela “Impulsando Talentos” Fuente: Pares

Una de las apuestas más significativas fue la creación de una escuela de fútbol comunitaria: “Impulsando Talentos”, concebida como estrategia de prevención y uso positivo del tiempo libre. En un contexto donde el ocio puede derivar en riesgo, ofrecer espacios recreativos seguros se convierte en una acción política y de protección. La escuela no solo promueve la actividad física, también fomenta valores como la disciplina, el respeto, la solidaridad y el trabajo en equipo. 

Partido de futbol entre jóvenes de Las Baras y Bucheli Fuente: Pares

En el marco de esta escuela, se organizó un cuadrangular comunitario que reunió a jóvenes de la comunidad de Robles y la vereda de Bucheli. Aunque comparten territorio, las precarias condiciones de movilidad y la fragmentación territorial habían limitado sus vínculos. El encuentro deportivo se convirtió en un ejercicio de integración, en el que el balón fue excusa para derribar muros invisibles y sembrar lazos de confianza entre jóvenes de distintas zonas de Tumaco. 

Además del deporte, el proyecto apostó por el arte y la cultura como lenguajes de transformación. La danza, la música y los espacios lúdicos permitieron a los jóvenes explorar su identidad, resignificar su historia y sanar emocionalmente. Estos escenarios también se convirtieron en lugares de encuentro intergeneracional e intercultural, donde el orgullo por las raíces afrocolombianas se fortaleció y se proyectó como motor de cambio. 

Pero quizás el mayor logro del proyecto ha sido la cohesión juvenil alcanzada. En un territorio profundamente fragmentado, los jóvenes participantes lograron articularse, compartir experiencias, establecer redes de apoyo y construir una visión común: la paz como camino posible y necesario. El proyecto fue el punto de partida para tejer una red juvenil que hoy se reconoce como actor clave en los procesos comunitarios de Tumaco. 

Esta iniciativa demuestra que cuando se les brinda la oportunidad, los jóvenes no solo participan: lideran, proponen, transforman. Han dejado claro que no quieren repetir las historias de violencia de sus mayores, que están dispuestos a imaginar un futuro diferente y a trabajarlo con sus propias manos. 

Tumaco, con todos sus desafíos, nos recuerda una verdad que a veces el país olvida: la paz no se decreta desde los escritorios, se construye en los territorios, con las manos, la voz y el corazón de quienes han vivido sus consecuencias. Y si esa construcción la lideran los jóvenes, las posibilidades de un mañana más justo, equitativo y humano se multiplican. 

 

El proyecto “Jóvenes Inspiradores de Paz” fue auspiciado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) en el marco de las Escuelas de Liderazgo Juvenil en San Andrés de Tumaco, Nariño, que adelantó la Línea de Jóvenes en Riesgo y Participación Juvenil de la Fundación Paz y Reconciliación (PARES). 

 

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Jessica Perlaza