La masacre de estudiantes  de la Universidad Nacional que sepultó en la historia al dictador Rojas Pinilla

Es noviembre 20 en Bogotá y este artículo se publicará en plena temporada decembrina. Cuando se escriben estas líneas aún vive María Eugenia Rojas de Moreno. Ella, con sus 93 años a cuestas, fue la que se encargó de llevar a cuestas el legado de su padre, el general Rojas Pinilla. A través de un programa social del que muchos de los que pasaron los 70 años tienen algún recuerdo, Sendas, intentó alimentar y dar educación a niños que no tenían ninguna opción en la sociedad. A principio de la década del setenta María Eugenia encarnó el fervor popular de la ANAPO, un partido político cuyo sol era el general Pinilla y que estuvo a punto de llegar a ganar la presidencia de 1970 hasta que ocurrió el único fraude probado en una elección presidencial en Colombia, cuando, después de un apagón, los resultados viraran dramáticamente a favor del candidato conservador Misael Pastrana.  La Capitana, como fue recordada, intentó educar a dos de sus hijos, Iván y Samuel Moreno, para que fueran la nueva luz de la política colombiana. Todo eso se extinguió. Ahora ella vive en su vieja casa, rodeada de recuerdos.

Es común escuchar las supuestas bondades que trajo la dictadura. Colombia venía de un periodo muy sangriento. Entre 1946 y 1953 el partido conservador se mantuvo con una política de choque frente a los liberales en las provincias colombianas. Con cuerpos armados de extrema violencia como Los chulavitas, los conservadores lideraron varias masacres. Aunque nunca se pudo comprobar quien ordenó su asesinato, el hecho de que Jorge Eliecer Gaitán hubiera sido asesinado en plena carrera séptima de Bogotá agravó aún más un escenario que ya era insostenible. Los militares, en un acción injustificable, decidieron traicionar al gobierno que juraron defender y el 13 de junio de 1953 depusieron al entonces presidente Laureano Gómez. Para hacer este golpe se contó con el apoyo del sector conservador no laureanista que estaba liderado por Gilberto Alzate Avendaño.

Uno de los primeros logros de Rojas fue poder pactar un acuerdo de paz con las incipientes guerrillas liberales que surgían de diferentes puntos del país como una forma de respuesta a la violencia impuesta por los conservadores. También se logró durante su gobierno el voto femenino, se trajo la televisión al país, y se mejoró en infraestructura vial. Pero, como en toda dictadura, el culto a la personalidad fue uno de los problemas que empezó a minar este gobierno.

La verdad es que el general era poco dado al diálogo y a los cuestionamientos. Lo que sucedió el 8 de junio de 1954 fue una prueba de esto. Ese día cuatro policías que ingresaron a la universidad nacional abrieron fuego contra el estudiante de medicina Uriel Gutiérrez Restrepo. Esto generó que al otro día cerca de diez mil estudiantes de las universidades Nacional, Javeriana, Externado, Rosario, Los Andes, Libre, la Gran Colombia, la América, y hasta estudiantes de bachillerato de colegios de Bogotá, salieran a protestar por este hecho de violencia. El ejército salió a la calle y mató a 10 estudiantes dejando además a 39 personas heridas.

La dictadura afirmó que todo se trató de un complot por parte de una unión entre conservadores y comunistas para desacreditar a Rojas. Esto fue negado por Gilberto Vieira, el secretario general del partido comunista. El puño de hierro apretó aún más a la universidad. El rector fue obligado a renunciar y en su lugar fue puesto -para indignación de los estudiantes- al coronel José Manuel Agudelo. La Nacional fue cerrada y fueron detenidos 500 estudiantes.

A partir de allí empezarían una serie de protestas nacionales de estudiantes. Es que algunos testigos de la masacre de la Nacional afirmaban que los soldados, muchos de ellos pertenecientes a batallones que habían peleado en Corea, abrieron fuego indiscriminadamente. La FEC, Federación de Estudiantes Colombianos, que había sido fundada en 1953, tuvo más fuerza con estos hechos.

Después vendrían otros desmanes del ejército, la masacre de Villarica y, sobre todo, lo que sucedió en la Plaza de Toros de Bogotá en 1956 cuando fue abucheada la hija del dictador y este ordenó con violencia reprimir el rechazo, fueron determinantes para que regresara una democracia a medias, una democracia donde dos partidos se dividieron el poder durante décadas en lo que se conoce como el frente nacional y en donde precisamente la paz soñada no ha prevalecido. Regresaron las guerrillas, apareció el narcotráfico y la corrupción campea. Pero la dictadura de Rojas Pinilla y su culto a la personalidad inevitablemente se le salieron de las manos. Con esa verdad la nostalgia no puede hacer nada.

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