Cuando todos creían que Simón Bolívar iba a fracasar en la vida

Simón Bolívar es uno de los personajes más importantes de la historia. Su gesta, la de liberar a cinco países de Latinoamérica, fue descomunal. Pero, al principio de su vida, Simón Bolívar era visto como otro niño rico cualquiera, problemático, disoluto, sin demasiado futuro. La familia Bolívar puede rastrearse desde el siglo XIII en España. Tenían capital, pero bastante les costó obtener un escudo de armas. Su papá se llamaba Juan Vicente y, como tantos herederos, estaba destinado a pasar una vida aburrida entre la opulencia. Cuando tenía 46 años, decidió casarse con doña Concepción Palacios y Blanco, que tenía quince años, una mujer que, aunque tenía instintos recios, no podía torcerle el cuello al ganso y debía cumplir su rol en la sociedad de finales del siglo XVIII.

Bolívar, de niño, fue criado por una de las esclavas que tenía a su servicio la familia, la negra Hipólita. Según uno de sus biógrafos más apasionados, Indalecio Liévano Aguirre, el desapego de la madre fue compensado por los mimos que le daba la esclava: “No hubo capricho ni solicitud que ella no estuviera pronta a satisfacer, ni antojo en que no le diera gusto. Y esta circunstancia no careció de importancia para la formación del alma del futuro Libertador”. Una de las cosas que separan a Bolívar de los grandes hombres, de los próceres convertidos en solemnes estatuas de bronce destinadas a ser cagadas por las palomas, son sus imperfecciones. Bolívar, a los nueve años, ya había perdido a sus dos papás. Quedó al cuidado de familiares y maestros que resaltaban el mal carácter del muchacho.

En varios archivos que sobrevivieron a la historia queda explícita la inconformidad de los profesores que tuvieron que padecer ese terremoto que era Bolívar de adolescente, cuando el término ni siquiera existía. Era de un carácter indomable. Se decía que, por su falta de atención, su continua nerviosidad, que le impedía estarse un momento quieto, y su carácter voluntarioso y reacio “a someterse cualquier método o disciplina, de aquel niño no podía esperarse nada bueno”, afirma Liévano Aguirre en su biografía.

Si no hubiera aparecido Simón Rodríguez, otra sería la persona que nos hubiera roto las cadenas con España, o acaso aún seguiríamos pegados a ellos. A finales del siglo XVIII, nadie tomaba en serio a Simón Carreño -ese era su nombre original- les parecía que su método, basado en el Emilio de Rousseau, no podía implementarse. Lo que afirmaba el filósofo francés sobre la educación era que: “El oficio que enseñarle quiero, es vivir. Convengo en que cuando salga de mis manos, no será ni magistrado, ni militar, ni clérigo; será, si, primero, hombre, todo cuanto debe ser un hombre, y sabrá serlo, si fuera necesario, tan bien como el más aventajado; en balde la fortuna le mudará de lugar, que siempre él encontrará el suyo”.

Los Palacios, los tíos de Bolívar, decidieron contratar a Simón Rodríguez para que fuera el tutor del futuro Libertador. La diosa fortuna esta vez le sonrió. Con él, Bolívar pudo encontrar la amplitud que necesitaba para desarrollar un intelecto avasallante, una fuerza de la naturaleza que supo arrodillar a un imperio. Aprendió lo que necesitó, en libertad, y, además, pudo desarrollar habilidades físicas como nadar. Como relata García Márquez en El general en su laberinto, saber nadar sería vital para que Bolívar salvara su vida en más de una ocasión.

A los 18 años viajaría a España, se casaría, vería cómo fue coronado Napoleón en Milán y tendría un encuentro que torcería su destino, vio en Londres a Alexander Von Humboldt y a Bonpland, su ayudante, quienes acababan de llegar de América en su expedición botánica. En la conversación, el científico alemán se lamentaba de que todo ese territorio fuera una colonia de España. Al ver a Bolívar y saber que era de Caracas fue altivo: “Es una lástima que aún no hayan nacido los hombres con el carácter necesario para liberar a ese continente de sus cadenas”. Bolívar acababa de perder a su primera esposa, tenía 22 años, la bolsa llena, y dilapidaba su fortuna en fiestas que no terminaban nunca.

El regaño soterrado de Humboldt, quien en ese momento era el científico más respetado del planeta, terminaría de moldear un carácter indómito como el del Libertador. Muchos años después, cuando Bolívar hizo su gesta, Humboldt confesó su error: “Jamás pensé que ese fiestero fuera a liberar nada”. Nadie sabe dónde se esconden los fenómenos de la historia.

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