Antes del 7 de diciembre de 1941 en los Estados Unidos se veía con simpatía al fascismo en Europa. Les parecía que Hitler, quien había atacado en julio de ese año a la URSS, era un personaje respetable, que cumplía con una labor histórica: contener la ascensión de los comunistas. Henry Ford, uno de los empresarios norteamericanos más poderosos, era abiertamente nazi, así como Edgar Hoover, quien fue director del FBI durante 41 años y que se dedicó a espiar a eminentes artistas que vivían en Estados Unidos como a Chaplin, a quien nunca le perdonó su sátira El gran dictador, una de las películas más antifascistas de la historia y que fue censurada en su momento por burlarse tanto de Hitler como de Mussolini. Chaplin terminaría siendo expulsado de ese país.
¿Qué ocurrió el 7 de diciembre de 1941? Los japoneses, que hacían parte del eje junto con Italia y Alemania, atacaron Pearl Harbour y el gobierno de Roosevelt -un demócrata real- decide declararles la guerra a las potencias del eje, de paso a la misma Alemania. En cuatro años, Hitler pagó caro su error de tener una guerra en dos frentes, en el oriente con Stalin y en occidente con los aliados liderados por los Estados Unidos.
Cuando, en 1945, el periodista y escritor Vasili Grossman descubrió y le dio a conocer al mundo el horror de los campos de concentración, la indignación pública condenó a Hitler y su Tercer Reich, al menos de dientes para afuera. Por dentro, el antisemitismo constante, el racismo latente, no menoscabaron esas ideas supremacistas de los blancos en los Estados Unidos. Ideas que estaban ahí y que el advenimiento de Trump las volvió a poner de moda sin complejos, de manera descarada.
Trump gana su primera presidencia en 2016 y todas las máscaras caen. Se posesiona el 20 de enero de 2017 y, a los pocos meses, un nombre se hace muy popular en los Estados Unidos, se trata de George Lincoln Rockwell. Aunque murió en 1967 su popularidad en ese momento creció. Se hizo conocido en Estados Unidos porque intentó hacer, 17 años después de la muerte de Hitler, una marcha en Nueva York recordando su “legado”. Justo ese año e insuflados por el discurso claramente racista de Trump en lugares como Charlottesville Virginia o Arlington, supremacistas blancos recordaron a Rockwell.
Siempre sus partidarios lo vendieron como un hombre de la clase obrera, cuando en realidad era un almirante de la marina que odiaba todo lo que no fuera blanco. Es que, mientras a comienzos de la década de los sesenta Martin Luther King recorría Estados Unidos en su “Autobús para la libertad” Rockwell lo contraponía sacando el “autobús por el odio” en el que se oponía a que los negros tuvieran derechos civiles.
Rockwell tenía en un muro de su casa una bandera con la esvástica y aunque intentó acercarse a Richard Nixon este, ya como presidente, lo tildó de diabólico. Rockwell es uno de los nuevos “santos” de la raza que han surgido en este Estados Unidos nazi que empieza a florecer en el segundo mandato de Trump. Hay que recordar que el mismo día de su posesión, Elon Musk, en uno de sus extraños arrebatos, hizo el saludo nazi sin ningún aspaviento.
Pero más allá de decisiones como atacar directamente a los Antifa, grupos que aborrecen cualquier vestigio de supremacía blanca, de tildar de terrorista a todo aquel que contravenga con su ideología, si hay algunos aspectos en Trump que alertan sobre un parecido con regímenes totalitarios como los nazis. Identificamos cuatro mecanismos que señala Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo que aplica Trump a la perfección. Estos son:
- La creación de un movimiento de masas.
- El uso de propaganda para crear una realidad alternativa para el movimiento y mantener la fidelidad del movimiento a esa ficción.
- La concentración del poder en el líder y su manipulación de la ley para suprimir progresivamente las libertades y derechos individuales.
- El uso del terror y la represión para eliminar la oposición y someter a la mayoría de la población.
Más allá de los dichos de Petro, a quien no le tiembla la voz para llamar nazi a quien él quiera, es cierto que en Estados Unidos se está generando un ambiente para que los supremacistas salgan sin empacho del closet y digan abiertamente lo que son y lo que quieren. América volverá a ser grande solo si los blancos reestablecen el poder. Basta con escuchar a Trump para comprobar que esto es así.



