Y no pudieron hacerla trizas

Por: Guillermo Segovia Analista de conflictos armados y de sus perspectivas de superación – Asesor de Pares  


“La paz frágil”, dijo el presidente de Colombia ante la Asamblea de Naciones Unidas para referirse con sorna a los acuerdos que trajeron de vuelta a la institucionalidad descaecida del país a las FARC-EP. La misma paz con la que el Gobierno y sus representantes sacan pecho para recibir los elogios y apoyos que le ha deparado el mundo a Colombia por ese pacto histórico de civilidad y de cuyo estado actual –recortes y fragilidad– es absoluto responsable.


El vociferante ministro de Defensa siguió la pauta al afirmar que ahora no hay una sino tres FARC: la que tiene representación en el Congreso, la que se hartó de los incumplimientos y, erróneamente, volvió a las armas, y la que nunca creyó en ese cuento. Calló que a la primera, leal a los acuerdos, la están masacrando y el Gobierno no ha sido capaz de impedirlo.


Se sumaron al coro el ministro del Interior, que tuvo la osadía de lesa antidemocracia de salir a retar al candidato favorito a las presidenciales restregándole su pasado guerrillero, y el embajador en los Estados Unidos que, como funcionario del Gobierno firmante de la paz, asintió a favor de las conversaciones y ahora las repudia.


Las reacciones amargadas y guerreristas del Gobierno uribista, del partido en el Gobierno –el Centro Democrático y sus aliados– y de Uribe –desde su trinchera campestre y ecuestre– obedecen a una razón de fondo: el proceso de paz facilitó las condiciones para que un gobierno alternativo dirija los destinos de la nación.