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Una migrante

Por: María Victoria Ramírez


Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al colérico Poseidón,

seres tales jamás hallarás en tu camino,

si tu pensar es elevado, si selecta

es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al salvaje Poseidón encontrarás,

si no los llevas dentro de tu alma,

si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.

Que muchas sean las mañanas de verano

en que llegues -¡con qué placer y alegría!-

a puertos nunca vistos antes.

Detente en los emporios de Fenicia

y hazte con hermosas mercancías,

nácar y coral, ámbar y ébano

y toda suerte de perfumes sensuales,

cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias

a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya qué significan las Ítacas.

Ítaca, Konstantino Kavafis

Hay diversos motivos para decidir dejar el país de origen y trasladarse a tierra desconocida. Existen aquellos que lo hacen por curiosidad, atendiendo al deseo de exploración, algunas y algunos lo hacen por amor, y otros por necesidad, bien sea por razones políticas que los fuerzan a correr para salvar su vida o por falta de oportunidades laborales y económicas, de alguna manera quienes lo hacen también están corriendo por su vida y la de sus familias para garantizarles condiciones básicas: alimento, educación, salud, etc. Esos migrantes experimentan el desarraigo y una especie de desgarro interno porque dejan atrás todo lo que conocen: su casa, su ciudad, sus amigos, su familia, etc. Esa migración es dolorosa y se nota en aquellas personas que, incluso llevando décadas de estar por fuera de su país, viven suspendidas en una cuerda que no les permite echar raíces en el nuevo lugar, invierten mucho tiempo del día comunicándose con su país y su mente siempre está anclada en el momento del regreso, a veces, incluso, no logran aprender bien la lengua del país que los recibe, diría yo, en un mecanismo de bloqueo inconsciente o en una negación de su nueva situación.

Quienes lo hacen por curiosidad, para explorar otras culturas, incluso para ampliar sus horizontes profesionales, aprender una nueva lengua o simplemente cambiar de entorno tiene ventajas, aunque por supuesto no están exentos de la nostalgia por el origen.


Para escribir esta columna conversé con Bibiana, una mujer migrante de 45 años. Ella llegó a Estados Unidos a los 16 años de edad, luego de que sus padres se divorciaran, su papá se negara a darle educación superior, aunque contaba con los recursos, y le comprara el tiquete para que saliera sola a defenderse como pudiera en Estados Unidos. Llegó sin graduarse del bachillerato y terminó su secundaria en Nueva York. Su papá solo le dio un contacto de una amiga que la recibió y le ofreció dormir en el tapete ‘pelado’ de la sala de su apartamento en Nueva York, a donde llegó hace 29 años. A pesar de ser ‘expulsada’ por su padre de su país, Bibi, como le dicen, sintió el viaje como una liberación de la situación familiar con su madrastra que la sometió a ella y a sus dos hermanos a tratos humillantes. Se sintió libre a kilómetros de distancia de su país.


Bibiana nunca ha vivido en una ciudad distinta a Nueva York dentro de Estados Unidos. En el primer año de su estadía, cayó en manos de una red de blanqueo de activos. Andaba por las calles de Nueva York con enormes cantidades de dinero que entregaba, lista en mano, a personas que recibían un pago por enviar dólares a diversos países del mundo a través de agencias de envío de remesas o money transfer, como se les denomina en inglés. Luego de que la red sufriera la persecución de la policía y tuviera que escapar para no ser apresada, Bibiana probó otros trabajos menos riesgosos. Atendiendo eventos (catering), como mesera en restaurantes, cuidando niños, mascotas, etc. Finalmente, se dedicó a limpiar casas (housekeeping), lo que implica también hacer compras, realizar diligencias a sus clientes, en su mayoría mujeres mayores, apoyarlas en mudanzas e incluso ser simplemente compañía.


Con el que ella llama “el amor de su vida” tuvo una hija que hoy ya tiene 30 años, un venezolano que muy pronto se fue y la dejó como madre soltera, pero que cuando lo recuerda, le brillan los ojos. Ella dice que ambos eran muy jóvenes e inexpertos. Afirma: “mi hija es 90% mía porque yo la crie sola. A pesar de que en ocasiones estuvimos en la pobreza absoluta y en los lugares en que dormíamos nos pasaban los ratones por encima, yo nunca la abandoné, nunca me desprendí de ella, no se la entregué a nadie para que me ayudara a criarla”.


Hoy en día es ciudadana de los Estados Unidos, se casó para obtener el estatus, aunque confiesa que se enamoró de ese hombre, argentino para más señas, a quien terminó prácticamente manteniendo al igual que a sus dos hijos, pero del que se separó hace varios años por maltrato psicológico y abuso de drogas, y porque ese entorno puso en riesgo la vida de su hija. Entendió que finalmente ella había estado en esa relación durante 15 años intentando salvar a ese hombre, sin conseguirlo, y en cambio, se fue arrastrando poco al abismo que le dejó profundas secuelas.


Bibiana está en la Universidad estudiando Negocios Internacionales, porque una de sus clientas, una mujer adinerada y muy generosa, se ha convertido en el ángel guardián de ella y su hija, pero no ha dejado su trabajo de limpieza, al que va muy arreglada y entaconada, y será así hasta que termine los estudios porque, dada su experiencia, le pagan 35 dólares la hora. Hace terapia psicológica semanal que, según ella misma, le ha ayudado enormemente a empoderarse. Exhibe con orgullo los diplomas que ha conseguido del International Wine & Spirit Centre, donde ha realizado cursos de cata de vinos. Su sueño es dedicarse al negocio de los vinos y trasladarse a vivir a Los Ángeles. a donde va cada que puede a bañarse y a ver los hermosos atardeceres del Pacífico.


Bibiana es una mujer generosa como pocas, solidaria, alegre, cree en el amor, busca el amor, adora a Nueva York, con una cerveza en la mano me dice: “mírame, qué más puedo pedirle a la vida, vivo en una de las ciudades más caras del mundo, pocas personas pueden darse ese lujo”.

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