Un siglo del voto femenino en los Estados Unidos

Por: María Victoria Ramírez M. Columnista Pares.


«Oh but this whole country is full of lies

You’re all gonna die and die like flies

I don’t trust you any more

You keep on saying !Go slow!

You don’t have to live next to me

Just give me my equality

Everybody knows about Mississippi

Everybody knows about Alabama

Everybody knows about Mississippi Goddam.»

—–

«Este país está lleno de mentiras

Todos van a morir como moscas

Ya no les creo más

Se mantienen diciendo ¡ve despacio!

Tú no tienes que vivir a mi lado,

Sólo concédeme la igualdad.

Todo el mundo sabe de Mississippi

Todo el mundo sabe de Alabama

Todo el mundo sabe de Mississippi maldita sea.»

Fragmento de la canción Mississippi Goddam de Nina Simone.


Este año se cumplen cien años del derecho al voto de las mujeres en los Estados Unidos, en medio del debate electoral en ese país, de la pandemia y de las protestas contra el racismo y la brutalidad policial.


Resulta apropiado mencionar a la primera mujer que pronunció un discurso ante el Congreso de ese país. Me refiero a Anna Elizabeth Dickinson, que vivió entre 1842 y 1932, quien fuera escritora y conferencista, defensora de la abolición de la esclavitud y de los derechos de las mujeres.


Fue muy conocida por sus discursos públicos elocuentes y convincentes. Mark Twain, en una carta escrita en 1867 diría de ella: “Habla rápido, no usa notas, nunca duda una palabra, siempre dice la palabra correcta en el lugar correcto y tiene la más perfecta confianza en sí misma. De hecho, sus frases están muy bien tejidas y son felices. Su vitalidad, su energía, su mirada decidida, su tremenda seriedad, atraerían el respeto y la atención de una audiencia. Incluso si hablara en chino, también convencerían a un tercio de ellos, aunque usara argumentos que no resistieran análisis.”


La independencia de los Estados Unidos de Inglaterra no derivó en el reconocimiento automático del derecho a la igualdad de las mujeres, y tuvo que pasar más de un siglo entre la independencia y el reconocimiento de los derechos políticos de las mujeres estadounidenses, tal y como sucedió en Colombia y en casi todo el continente.


La lucha sufragista y la lucha contra la esclavitud estuvieron siempre muy cerca en los Estados Unidos, puesto que las distintas luchas por el reconocimiento de los derechos humanos son causas hermanas y porque las mujeres establecieron alianzas con los grupos abolicionistas para ir avanzando en sus conquistas.


Según Estela Báez-Villaseñor “Uno de los valores más importantes de la doctrina liberal es la igualdad, componente ideológico inalterable que ha sido interpretado y aplicado de distintas formas a lo largo del devenir histórico de Estados Unidos, y al cual se le ha invocado en la pugna de grupos específicos al insertarse dentro del marco de acción y protección del aparato institucional. Así ocurrió durante el siglo XIX con las demandas de un sector de las mujeres por el sufragio femenino, y de distintos elementos de la sociedad por la abolición de la esclavitud.”


Sin embargo, la colaboración entre sufragistas y abolicionistas se rompió cuando las demandas de las primeras fueron ignoradas en la decimoquinta enmienda anunciada durante la Reconstrucción.

Además, debido a que ese país es un Estado Federado, el avance en los derechos no fue homogéneo. Fue el Oeste del país el que sentó primero un precedente ene este sentido. Pero fue hasta comienzos del siglo XX cuando la participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial modificó irrevocablemente la posición de las mujeres.


Y ad portas de entrar a una década de profundas transformaciones, negarles el sufragio era incompatible con un discurso político que exaltaba la importancia de su contribución al bienestar nacional y a la sociedad en su conjunto.


Por tal motivo, la XIX enmienda que es el equivalente a una reforma constitucional en nuestro país, le otorgó el derecho a las mujeres a elegir. Esta enmienda se ratificó el 18 de agosto de 1920 y estipula que: “El derecho de los ciudadanos de los Estados Unidos a votar no les será denegado ni reducido por los Estados Unidos ni por ninguno de sus Estados Federados a causa de su sexo”.


Cuando una mujer avanza, todas avanzamos. Por ello, las luchas en Europa fueron la inspiración para que las mujeres norteamericanas presionaran primero por los derechos económicos y posteriormente por los derechos políticos.


Aún falta mucho por conquistar tanto allá como aquí en materia de derechos políticos de las mujeres. Aún falta para que una mujer llegue a ser presidente de los Estados Unidos y la paridad política es aún una utopía. Para la muestra un botón: Apenas el año pasado (2019), Nevada se convirtió en el primer estado en tener mujeres en la mayoría de los escaños legislativos estatales (32 de 63, o 50,8%).


Si bien las mujeres ocupan la mayoría de los escaños en general, son mayoría en una sola cámara, la Asamblea, donde ocupan 23 de los 42 escaños. El Senado de New Hampshire fue la primera cámara legislativa estatal en superar la paridad de género en 2009, aunque su proporción general en ambas cámaras aún se mantuvo por debajo del 50%.


Por otro lado, en agosto de 2020, la senadora estadounidense Kamala Harris fue seleccionada por el exvicepresidente Joe Biden como su compañera de fórmula en las elecciones presidenciales. Harris es la primera mujer de afroamericana en ser seleccionada como compañera de fórmula en una lista de partidos importantes. Harris se une a Geraldine Ferraro y Sarah Palin para convertirse en la tercera mujer en la historia elegida para la vicepresidencia, así como la cuarta mujer, con Hillary Clinton, en una candidatura presidencial de un partido importante.


A menudo discuto con amigos y colegas acerca del siguiente argumento: que las mujeres ocupen cargos públicos no garantiza que se preocupen o tomen acciones que beneficien a otras mujeres. Sin embargo, el hecho de que las mujeres no los ocupen es de por sí una inequidad que hay que combatir. Independiente de la filiación política de las mujeres que acceden al poder, es deseable que haya más mujeres en órganos de decisión. Es justo, es sano para la democracia es lo ética y políticamente correcto, e incluso si hablamos de cifras, somos al fin y al cabo más del 50% de la humanidad.


Este momento que vive la humanidad nos invita a la introspección y a la reflexión. Cuando reviso la historia de las mujeres sufragistas tanto en Estados Unidos como en Colombia, no puedo sino agradecer a aquellas pioneras que abrieron el camino para las mujeres de mi generación pudiésemos educarnos, participar en política y decidir sobre nuestros cuerpos.


Celebro con júbilo esta primera centuria del voto femenino en Estados Unidos, recordando la frase de Clara Campoamor: “Resolved lo que queráis, pero afrontando la responsabilidad de dar entrada a esa mitad de género humano en política para que sea cosa de dos.”