Sobre el lenguaje inclusivo

Por: Guillermo Linero Montes

Escritor, pintor, escultor y abogado de la Universidad Sergio Arboleda.


A propósito de la escogencia de Francia Márquez como candidata a la vicepresidencia del Pacto Histórico, algunos de sus oponentes, con obvias intenciones de deslucirla y sacarla de casillas –lo que penalmente tipifica un hostigamiento por razones étnicas y políticas- le han criticado el uso continuo y enfático del llamado “lenguaje inclusivo”; como si ello fuera señal de ignorancia.


No obstante, a quienes conocemos por nuestro oficio las mecánicas del idioma y de la lengua, y a quienes elogiamos la inteligencia de la laureada ambientalista, tal descarga de señalamientos nos resulta un exabrupto de ingenuos necios o un burdo aprovechamiento de malsanos políticos que -ante la firme opción de que ella forme junto a Gustavo Petro la llave de mando en el próximo periodo presidencial- temen a su inteligencia y por ende la visualizan focalizando a los corruptos -enemigos lógicos del cambio político sano- y promoviendo sus juzgamientos y condenas.


No en vano, el debate sobre el uso del “lenguaje inclusivo” tiene de corriente sus animadores en el tinglado político, pues tras dicho lenguaje existe una tensa lucha entre quienes detentan el poder –los dueños del lenguaje académico, los excluyentes- y aquellos a quienes se los imponen –los dueños del lenguaje de la tribu, los excluidos-. Es tan viejo y tan politizado este debate que incluso las Naciones Unidas –dada a advertir tarde todas las injusticias- ha publicado una serie de orientaciones para que sus empleados y funcionarios pongan en práctica unas estrategias conducentes al buen empleo del lenguaje inclusivo en cuanto a género.


De hecho, la postura lingüística de Francia Márquez, que ante la burla de ingenuos y malvados, dice que no aspira a ser Vicepresidente de Colombia, porque será Vicepresidenta, coincide con las sugerencias de las Naciones Unidas al recomendar, cuando se trata de dirigirnos o referirnos a las personas en relación a sus cargos, el uso del pronombre personal y los adjetivos propios de cada género: “Cuando se conoce la identidad de género de la persona y esa persona se identifica con el género femenino, conviene emplear la forma femenina del cargo. Ejemplos: jefa, presidenta, jueza, auditora,…”[1].


Y Francia Márquez coincide también con las Naciones Unidas cuando denomina “mayores” y “mayoras” a personas de ambos sexos, sabias y de acumulada experiencia. En efecto, el organismo internacional llama la atención sobre la licitud del “desdoblamiento” con esta llana explicación: “El desdoblamiento consiste en utilizar la versión femenina y masculina de la misma palabra. Como estrategia puede utilizarse cuando se quiere hacer visibles tanto a mujeres como a hombres”[2]. De la misma manera, frente a ciertos pronombres, sugieren las Naciones Unidas, que “ninguno” (por ser menos inclusivo) debe ser remplazado por “nadie” (que es más inclusivo) de ahí la lógica lingüística de Francia Márquez al hablar de “los nadie” y de “las nadie” que a la luz de la interpretación de las Naciones Unidas, paradójicamente, son algo más que “ninguno”.


Sea como fuere, el lenguaje está hecho a la medida de los hombres, debido a que históricamente estos han administrado las sociedades. De ahí nacería o se forjaría una de las causas, si no la más importante de que se hable del lenguaje inclusivo respecto al género femenino, porque, precisamente, con la “polis” nacería y comenzaría a desarrollarse la exclusión de las mujeres. Al ser los hombres los administradores de las armas y de los recursos económicos de la sociedad, fueron reglando todo a su imagen y semejanza, hasta masculinizar el lenguaje en todos los contextos, pero, especialmente, en aquellos que implicaran conocimiento, riqueza y poder.


En cuanto al lenguaje excluyente, hay que decir que además de atentar contra las mujeres, también ha sido un medio para alentar las desigualdades sociales insertando acepciones lingüísticas que -en procura de legitimarlas- las denotan con frialdad: “la gente de bien” y “la gentuza”. El lenguaje excluyente ha sido útil para darles nombres discriminativos a quienes se les domina y esclaviza: “los indios”, “los negros” y “los empleados”. Igual le han usado para apartar del interés social a cuantos por afinidad se agrupan entorno a creencias, religiones o ideologías distintas a las de quienes detentan el poder: los “ateos”, los “camanduleros”, los “mamertos” y, por supuesto, “los vagos de la social bacanería”.


Al lenguaje excluyente le han sacado provecho los malos gobernantes para menoscabar los derechos políticos de sus críticos y de sus rivales (como desde la presidencia lo ha hecho Duque, al calificar de “criminales” a los jóvenes que protestan contra medidas económicas claramente injustas); y lo han usado para desestimar y seguir pisoteando los Derechos Humanos (como lo hiciera el ministro de defensa Diego Molano al calificar de “máquinas de guerra” a niños caídos en combate sin haber siquiera combatido).


Por su parte, el “lenguaje inclusivo” hace referencia a la estricta defensa de las mujeres y al reconocimiento lingüístico de su género; pero, ya no sólo pensando en que fue excluido en el pasado patriarcal, sino esta vez, y especialmente, en que debe incluírsele en el presente y hacia el futuro. El “lenguaje inclusivo” constituye una herramienta inigualable en el propósito de promover la igualdad de género, si tenemos en cuenta que el lenguaje y los sistemas lingüísticos son reflejo de los modos y maneras socioculturales.


De tal suerte, el “lenguaje inclusivo” busca devastar de la sociedad los estereotipos fieles al dominio de los hombres sobre las mujeres. Estereotipos como discriminar al sexo (las mujeres no deben ser soldados ni jugar al fútbol) discriminar a un género social (las sociedades están conformadas por ciudadanos y no por la ciudadanía) y hasta discriminar a la propia identidad de género (sólo todos y todas, nunca transgéneros ni todes).


Con todo, este debate no es nuevo, y está ligado al auge de los movimientos feministas que en la década de los años 70 levantaron la voz en defensa del género, pues cuando no era descontado (como decirle a quien resolvía un reto con valentía, elogiosamente “varón”) eran usados para agredir al hombre, como decirle “niña” al joven o al niño, que se rehusara a realizar tareas que exigen valentía.


Desde luego, el lenguaje inclusivo, en términos de acción política generalizada –ya no solo en manos de las feministas- y en términos de asimilación por parte de quienes detentan el poder, es en verdad muy reciente, como lo explica la investigadora chilena Adriana Bolívar: “Sabemos que el debate acerca del lenguaje inclusivo ha sido objeto de atención desde hace muchos años para destacar el sexismo, el androcentrismo y el dominio de una cultura patriarcal, pero se intensificó en el mundo hispano en julio de 2018, cuando la vicepresidenta del gobierno español, Carmen Calvo, solicitó formalmente en el congreso la adecuación de la Constitución de dicho país a un lenguaje “inclusivo, correcto y verdadero a la realidad de una democracia que transita entre hombres y mujeres”[3].


Esa discusión del lenguaje inclusivo se ha visto inundada de críticas, casi todas equivocadas. La mayoría de las veces porque aceptando el cambio, al poner en práctica el lenguaje inclusivo, las personas desprovistas de sentido común desbordan las fronteras de género, desconociendo que este ha de ser exclusivamente en defensa de las mujeres y no para subvertir el nombre de los animales, de las plantas y de las cosas. Es decir hay que reconocer la existencia de jueces y juezas, de presidentes y presidentas, de mayores y mayoras; pero nunca de tigres y tigras, de cedros y cedras, ni de pañuelos y pañuelas, porque esa confusión, tan elemental en su ocurrencia, raya inevitablemente con lo ridículo y lo burlesco.



[1] Naciones Unidas. Lenguaje Inclusivo en Cuanto al Género. En: https://www.un.org/es/gender-inclusive-language/ [2] Ibídem. [3] Adriana Bolívar. “El lenguaje inclusivo y los desacuerdo con la Academia” En: literaturalinguistica@ucsh.cl

 

*Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido su autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.