Relatos de migrantes: Los barrios y el baile del semáforo

Por: Francisco Daza Vargas. Investigador Pares.


Entre migrantes venezolanos la vida en los barrios de invasión Sagrado Corazón y Villa Cotes, ubicados en Teorama y Convención (Norte de Santander), se construyen ladrillo a ladrillo. La polisombra, las tejas de zinc y la madera componen este paisaje improvisado que sobre terrenos irregulares conforman la vecindad de sus habitantes. Si bien los materiales mencionados son el común denominador de cada casa, las familias personalizan las fachadas de sus hogares con objetos que les permite dar una individualidad a los mismos; aún son visibles las luces navideñas y los adornos en algunas de ellas.


Al ingresar a estos barrios de invasión es visible la complejidad que hay en su interior, redes eléctricas compartidas, tanques de agua comunitarios y casas que funcionan como tiendas de abarrotes para toda la comunidad hacen posible que la vida en estos espacios sea un poco más llevadera.




En municipios como Teorama (Norte de Santander) los barrios construidos por los migrantes venezolanos se caracterizan por la resistencia y adaptación de la población venezolana a las oportunidades que le ofrece el contexto en el que se radican. Foto: Francisco Daza.

En otros municipios de Norte de Santander como Ocaña, la precarización laboral lleva a los migrantes venezolanos a ser recursivos en la manera de obtener ingresos económicos. En el parque principal de este municipio, nos encontramos con un grupo de esta población venezolana que a diario presenta coreografías a los transeúntes que pasan por este espacio.


Los actores armados entran al ruedo


En el marco de la migración de venezolanos y venezolanas hacia territorio colombiano el accionar de estructuras armadas ilegales en la región del Catatumbo, ha condicionado la movilidad de esta población en el departamento de Norte de Santander. En municipios como Teorama y Convención, con presencia histórica del ELN y el EPL, el ingreso de migrantes de nacionalidad venezolana está determinado por las directrices de estos grupos.


Esta población migrante que se encuentra asentada en las cabeceras municipales y zonas rurales de ambos municipios está compuesta por un número importante de retornados que años atrás había salido hacia territorio venezolano. Familias mixtas, en las que sus integrantes tienen nacionalidad colombiana y venezolana han improvisado sus viviendas en zonas de invasión hasta consolidar verdaderos barrios en estos espacios.


La subsistencia de esta población está determinada, en gran medida, por la vinculación de sus miembros en actividades ilegales que son propias de la región; en la figura del raspachín de hoja de coca o en el hurto de hidrocarburos, actividades identificadas también en municipios como Tibú, encuentran la manera de obtener ingresos.


Precarización laboral


En otros municipios de Norte de Santander como Ocaña, la precarización laboral lleva a los migrantes venezolanos a ser recursivos en la manera de obtener ingresos económicos. En el parque principal de este municipio, nos encontramos con un grupo de esta población venezolana que a diario presenta coreografías a los transeúntes que pasan por este espacio.


Algunos de sus integrantes vienen de Aragua, Maracay, a unas 14 horas en bus hasta la frontera colombo venezolana, los miembros de este grupo que llegaron primero a Ocaña trabajaron para conseguir el pasaje de los demás integrantes que iban llegando a este municipio; la llegada a Ocaña la han hecho por Cúcuta y Aguachica, este último municipio haciendo parte del trayecto que, en territorio colombiano inician desde La Guajira.


El riesgo latente de la deportación ante la falta de documentación migratoria válida se suma a los brotes de xenofobia a los cuales se exponen debido a que “como unos han hecho cosas malas, entonces la mayoría paga por todos, lo que hace que tengamos cuidado todos los días. Nosotros no queremos problemas porque no le estamos haciendo daño a nadie” comenta un integrante del grupo.



Las coreografías que realizan a diario en los semáforos han sido bien recibidas por la población ocañera lo cual se ha convertido en una fuente de ingresos estable para cumplir con el propósito de reencontrarse con sus familiares, ya sea que viajen a Colombia o desplazándose hacia Venezuela sin llegar con las manos vacías. Foto: Francisco Daza.

La vulnerabilidad que llevan a cuestas por no contar con los permisos migratorios para estar en Colombia y la dificultad para tener un trabajo bien remunerado los expone a que sean inducidos a participar en economías ilegales o como trabajadores y trabajadoras sexuales, siendo esta última práctica recurrente en otros municipios del Catatumbo como Convención.


En este sentido las limitaciones en el acceso a atención en salud debido a la irregularidad migratoria, también conduce a que tengan que automedicarse para solventar sus dolencias físicas.


Resistencia y adaptación, una condición del migrante


La estadía en Ocaña también supone desafíos en materia de vivienda: “estamos viviendo en la habitación de una casa 10 personas, entre ellas un niño de un año y medio, dormimos en el piso en colchonetas y eso desgasta, se nos hace difícil, no tenemos privacidad. Mi esposa está viviendo en Abrego porque acá en la casa somos muchos y ella está con el niño, es muy difícil pero allá está más cómoda” menciona uno de los migrantes mientras este grupo hace una pausa en su rutina de baile.


Las experiencias migratorias en estos municipios de Norte de Santander se caracterizan por la resistencia y adaptación de la población venezolana a las oportunidades que le ofrece el contexto en el que se radican. Asimismo, este asentamiento de venezolanos y venezolanas está atravesado por la dificultad para obtener ingresos regulares y tener acceso a un trabajo y vivienda digna.

Sin embargo, es visible como se aúnan esfuerzos colectivos ya sea para consolidar su presencia en Colombia o para reunirse con quienes los esperan en Venezuela.