Rafael Vergara Navarro: un eslabón brillante de la cadena de afectos vuelve a la ciénaga estelar

Por: Attila Lenti


“No ponerle freno a esta fluidez que hay de ti hacia fuera. Es la palabra que dice la verdad porque siente la verdad. Es sentir y pensar. Por eso se habla de sentipensante. Porque somos eso, una mezcla de razón y emoción, y en la medida en que tú eres eso, tu interlocutor lo va a captar también, y eso genera una forma de comunicación diferenciada, más creativa, más amable”

Rafael Vergara Navarro


“Falleció Rafael Vergara”, replican los noticieros. Rafa, el ambientalista defensor de los ecosistemas de la costa, abogado, exmiembro de la Dirección Nacional del M-19, director de documentales, poeta, fotógrafo, amante de la vida. Hombre caribe, abierto a la inmensidad del horizonte, hombre “sentipensante”, promotor del gran cambio social de Colombia. De su obra hay mucha información disponible, yo solo quiero compartir un par de palabras del Rafa que yo conocí.


Como estudiante de maestría en la Universidad de los Andes estaba preparando mi tesis y andaba de entrevista en entrevista en aquella época. El trabajo se trataba de los efectos de la caída del socialismo real para la izquierda colombiana, y en mi proceso alcancé a entrevistar a líderes importantes de esa fuerza política de diversos orígenes y pensamientos, golpeada y traumada por la violencia política de las décadas anteriores. El proceso fue marcado por la generosidad y el cariño: un amigo me organizó un montón de entrevistas y para las restantes iba volando de mano en mano entre personajes de cuentos.


Mi ingreso oficial al mundo de la “cadena de afectos” comenzó el 10 de noviembre de 2008 cuando pisé la puerta de un apartamento bogotano donde me esperaba Myriam Rodríguez, figura emblemática de la primera generación del M-19, una mujer multifacética que irradia energía vital y un humor indestructible. Por su recomendación, a los cinco días ya estaba en Cartagena de Indias en las salas del Departamento Administrativo de Tránsito y Transporte de la ciudad, esperando a un tal Rafael Vergara, quien era el director. Su llegada fue teatral. Al entrar, con su voz penetrante de cantante de ópera lanzó un saludo poético y cariñoso a la gente que realizaba sus trámites: entre rimas divertidas les advirtió lo importante que era cuidarse en el tráfico. Pensé: “aquí deberían estar ahora todos los motociclistas locos con los que me topé alguna vez en Cartagena”.


En la entrevista tocamos todos los temas relevantes para mi investigación y Rafa naturalmente le agregaba sabor y anécdotas extraordinarias a cada asunto. Fue la típica charla libre que abrió infinita cantidad de puertas en la mente y que rápidamente desbordó los marcos de una entrevista “semiestructurada”. Habló de Bateman, de la pasión, y de lo que llamaba “realismo romántico”, un elemento fundamental en el movimiento para no perder contacto con el pueblo.


Rafa era un aficionado de Bolívar y un gran conocedor de su vida y legado, entonces su imaginario relacionado con la espada dominaba parte de la conversación. Asimismo, su admiración por el escritor uruguayo Eduardo Galeano, a quien conocía personalmente.


Cuando yo ya casi no viajaba a Cartagena mantuvimos contacto por teléfono y a ratos tuve la oportunidad de verlo en Bogotá. Mi recuerdo más vivo de él es sacando libros de la nada en medio de una charla entusiasta para agregar algún dato. Tenía problemas respiratorios desde que lo conocí. Un día en su apartamento en Cartagena, hace más de una década, lo noté cansado. Me dijo: “Sigamos conversando. A veces siento que si me duermo, ya no me despierto”. Fue conmovedor ver a un espíritu gigante encerrado en un cuerpo frágil.


Hablé con él la semana pasada después de varios años. La conversación se la debo a mi última columna en Pares. De repente me buscó una periodista de un medio español para preguntarme sobre la espada de Bolívar. Inmediatamente me acordé de Rafa y le dije: “Ven, mejor te presento al experto no. 1.”. Lo llamé para saludarlo y me dijo: “Attila, me estoy preparando para mi reunión con la Ministra de Ambiente”. Estallaba de entusiasmo. Me alegra que haya vivido estos momentos, la llegada del “primer gobierno ambientalista” de Colombia. Hizo mucho para que fuera así. Diría “descansa, Rafa”, pero descansar no era lo suyo.


Su fuerza vital le dio muchos años más de su presencia a la gente afortunada que lo conoció. Rafa tenía incontables amigos y amigas que podrían inundar la red con historias de él. No sé si la tristeza cabe cuando una persona como él se va, que vivió una vida tan completa, con tanta intensidad. Desde Bateman sabemos que hombres como él nunca mueren.


 

*Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.