Por primera vez la izquierda es bancada de gobierno

Por: León Valencia, para @infobae


Por primera vez la izquierda ha pasado de ser una minoría opositora a ser la bancada del gobierno. Esa es la gran novedad en la instalación del nuevo Congreso de la República, este 20 de Julio. En los tiempos del Frente Nacional, hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo pasado, la izquierda simplemente no tenía representación parlamentaria, porque así lo habían decidido las élites del país.

Tanto que en 1986, hace 36 años, fue un alborozo la conquista de tres senadores y cuatro representantes a la Cámara por parte del recién formado partido de la Unión Patriótica, creado merced a los acuerdos de paz suscritos entre el gobierno de Belisario Betancur y las FARC en la Uribe, departamento del Meta, en 1984.

Cinco años después, en 1991, también como producto de otros acuerdos de paz, llegó al Congreso un grupo de parlamentarios de la AD M-19 para ampliar un poquitico la presencia de la izquierda en el parlamento.

Así fue, poco a poco, parlamentario a parlamentario, como creció la izquierda, de manera además trágica, porque muchos líderes políticos de esta corriente eran asesinados una vez conquistaban un escaño en el Congreso. Especialmente notorio fue el sacrificio de Manuel Cepeda Vargas, padre de Iván Cepeda, actual senador del Pacto Histórico, asesinado en 1994. Fue el hecho atroz que cerró el ciclo de homicidios de grandes personalidades de la Unión Patriótica.

El Polo Democrático, el Partido Alianza Verde, la Colombia Humana y la representación de los indígenas, llegaron en 2018 con una bancada significativa para cambiar la tendencia. Ahí estaban Gustavo Petro, Jorge Enrique Robledo y Angélica Lozano, en compañía de parlamentarios de la vieja guardia y de líderes muy nuevos y frescos de una izquierda que lucía renovada y con nuevos bríos.

Hicieron debates memorables para defender los acuerdos de paz y frenar en seco los intentos de Duque y el Centro Democrático para acabar con entidades emblemáticas como la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y la Comisión de la Verdad, forjadas en las últimas negociaciones con las FARC para acometer la transición política del país.

Ese Congreso vivo, que bien parecía el órgano de una democracia parlamentaria, murió el día en que llegó la pandemia generada por el Covid-19. El gobierno de Iván Duque y la mayoría parlamentaria que habían conformado, utilizando a ciencia y paciencia la dulce mermelada de puestos y contratos, cerró el Capitolio y condenó al parlamento a unas deslucidas sesiones virtuales.

Duque ocupó entonces todo el escenario político a través de intervenciones televisivas con las cuales aspiraba a relanzar su decaída imagen. Nada logró. Su desprestigio cedió por momentos, en algunos puntos, no obstante mantuvo la tendencia decadente con la que llega al final de su gobierno. Pero el daño que le hizo a la institución parlamentaria, que empezaba a recuperar su fuero y su imagen, fue inmenso.

Ese es el primer reto del nuevo Congreso, volver al sendero de la primera legislatura de 2018. Ahora con otra dimensión. Para discutir con altura, para debatir con elegancia y con urgencia, con tranquila independencia, sin trucos ni jugaditas de baja calaña, las reformas que ha anunciado el Pacto Histórico. La derecha decadente y precaria necesita una lección de decencia, un aguacero de argumentos veraces, documentados, una operación de limpieza para salvarlos de su miseria intelectual.

Roy Barreras, el nuevo presidente del Congreso señalado por Gustavo Petro, se tendría que crecer en esta responsabilidad, para estar a la altura del reto. No es fácil, tiene sobre sus hombros muchos cuestionamientos y desconfianzas. Pero en muchas ocasiones el cargo hace el milagro y en este caso lo puede hacer, porque Roy es un hombre inteligente y audaz, como lo reconocen incluso sus más severos contradictores.

La prueba inicial es dramática. Adelantar una gran reforma fiscal que grave con justicia a los más ricos y favorezca a los más pobres en un país donde las élites tienen una resistencia visceral a pagar impuestos y las clases medias se resisten también con el argumento a la vez cierto y conveniente del escandaloso robo de los recursos públicos en sofisticadas tramas de corrupción.

Ahí tienen, señores y señoras del Pacto Histórico.

¡La historia camina sobre sus hombros!