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Narrar la verdad a las víctimas

Por: Germán Valencia Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia


Luego de casi tres años de trabajo en torno a la búsqueda de elementos que contribuyan al esclarecimiento de lo ocurrido en el largo conflicto armado interno, el país se prepara para recibir el o los informes de la Comisión de la Verdad.


En pocos meses llegarán a nuestras manos una serie de materiales que ofrecerán una explicación amplia del conflicto armado. Allí se narrarán los horrores vividos por millones de víctimas. Su objetivo será ayudarnos a entender por qué ocurrió esta tragedia en Colombia y por qué nuestra sociedad –en especial, niños, niñas, adolescentes, indígenas, grupos étnicos y campesinos– padeció, con tanta fuerza, los horrores de la violencia.


Este es un informe muy esperado y deberá ser también muy esperanzador. Los más de nueve millones de víctimas que ha dejado la guerra requieren conocer la verdad. Quieren que se les cuente la historia, que se les diga qué fue lo que hicieron –o no hicieron– para que se les tratara de esta manera tan brutal.


Las víctimas esperan recibir un informe que les garantice el derecho que tienen a conocer lo acontecido en el marco del conflicto armado, y de esa manera seguir avanzando en pasar la página de la violencia. Esperan recibir la verdad sobre lo que les pasó, con el objetivo de mejorar la convivencia en los territorios y sentar las bases para que una tragedia humanitaria como la que ocurrió no se vuelva a repetir; y, además, para avanzar hacia la edificación de un ambiente propicio para la paz y el buen vivir.


En este contexto es donde aparece un gran reto para la sociedad: ¿cómo hacer que estos informes lleguen a las víctimas, a quienes es prioritario narrarles la verdad? Sabiendo que buena parte de esta población es la peor situada en la escala social, con niveles de educación bajos, que no cuentan con facilidad para el acceso a la información y cuyo tiempo para reuniones o desplazamientos es escaso.


Pensemos, por ejemplo, en las y los habitantes de municipios como los que integran el Urabá antioqueño –territorios que han sufrido todas las guerras–. Allí las tasas de analfabetismo están alrededor del 15 por ciento, los servicios de telecomunicación son mínimos y los niveles de pobreza no dan tiempo sino para trabajar.


Es en este tipo de población que debemos poner la mirada, apelar a la creatividad, a la pedagogía y a la insistencia para que estas personas se sientan reconocidas. Nuestra responsabilidad es con las víctimas, ellas tienen el derecho a ser incluidas, tenidas en cuenta y verse reflejadas en las historias de dolor y sufrimiento que se narran en Colombia.


De allí que el reto que tenemos el conjunto de la sociedad civil es pensar en formas creativas de comunicar, de llevar la verdad y hacerla escuchar a las comunidades. Que los pueblos víctimas del conflicto se vean incluidos en los relatos de la violencia. Es necesario buscar en todos los escenarios elementos que contribuyan a la sanación de las heridas.


El objetivo no es remover viejas heridas, ni mantenerlas vivas, sangrantes, intentando alimentar el odio. El propósito es recordar lo vivido para no repetirlo, para dejar contado el pasado y construir con decisión otro porvenir. Construir narraciones con las que se sientan a gusto, porque reflejan su pasado, sus dolores, sus peripecias.


En conclusión, ahora que la Comisión de la Verdad se acerca a la entrega de su informe, como sociedad debemos explorar formas de contar esa verdad, buscar las mejores maneras de hacer llegar estas verdades a las víctimas; pensar, desde los múltiples espacios, cómo contar esa verdad histórica del conflicto, sobretodo, a la población que sufrió la guerra y con quienes tenemos el deber contarla.