Mataron la paz de Uribe



Salió a decir Uribe –después del acuerdo sobre el cese al fuego y a las hostilidades bilateral y definitivo, el plebiscito y la dejación de las armas, alcanzado en La Habana este 23 de junio– que su idea de paz estaba herida. No se dio cuenta de que estaba muerta. La mataron Santos y las Farc con sensatez, con realismo, con una paciencia digna de admirar.

Voy a resistir la tentación de explicar punto por punto los trascendentales acuerdos entre el gobierno y las Farc. Las partes ya lo están haciendo y quizás en esto se empeñarán muchos columnistas. Quiero hacer algo más lejano a los lectores y quizás más complicado. Intentaré mostrar por qué no fue posible la paz en el Caguán y por qué tampoco ha sido posible la paz de Uribe. Tal vez esta columna aplaque un poco la conciencia de Andrés Pastrana y alivie la ansiedad vertiginosa de Álvaro Uribe y sus seguidores más fervientes.

En La Habana he oído comentarios muy duros, muy desobligantes, muy tristes, sobre Pastrana. A la vez el expresidente no escatima esfuerzos para atacar las actuales negociaciones de paz y salió a confrontar el acuerdo logrado con una diatriba igual o más amarga que la de Uribe. Pero el error de Pastrana hace 16 años fue no haber comprendido a cabalidad las apreciaciones y pretensiones de las Farc. No le bastó la generosidad con que encaró el proceso.

En aquel entonces la guerrilla tenía la iniciativa y le había propinado 17 grandes derrotas consecutivas al Ejército, estaba convencida de que podía ganar la guerra; creía, además, que Pastrana les debía la Presidencia porque la inclinación manifiesta de Manuel Marulanda a favorecerlo como candidato había hecho la diferencia en una dramática segunda vuelta electoral.