Los tenis de la discordia

Por: Miguel ángel rubio

Línea Jóvenes en Riesgo y participación juvenil.


"De qué sirve que un niño sepa colocar Neptuno en el Universo si no sabe dónde poner su tristeza o su rabia"

José María Toro, educador y escritor español.

Mis años de experiencia como educador en Colombia, en los niveles de bachillerato, primaria y educación para adultos, y un paso de algunos años por programas de primera infancia, me han permitido comprender de algún modo los problemas esenciales de la educación en el país.

Uno de los primeros problemas que atañen al sistema educativo, tiene que ver con la obligatoriedad impuesta del uso de los uniformes, tanto en instituciones públicas como privadas. Uso la palabra impuesta, porque en términos legales, aunque el ministerio ha dado directrices a las secretarias de educación respecto al uso del uniforme dispone entre tanto lo siguiente, cito artículo.


“Sólo se podrá exigir un uniforme para el uso de diario y otro para las actividades de educación física, recreación y deporte. El que el estudiante no cuente con las condiciones económicas para portar el uniforme para el uso diario o el uniforme para las actividades de educación física, no será causal para negar el cupo o la asistencia del estudiante al establecimiento educativo Directiva 07 de febrero 19 de 2010

Esto pues, para referirnos al caso de la estudiante de 5to grado de primaria, Salomé Vergara, a la que negaron acceso a su escuela Liceo Pedagógico Madrigal en Bogotá, por el sólo hecho de llevar tenis grises, contrarios a los que estipula el manual de convivencia del colegio, los cuales, según ellos deben ser de color blanco.


Este simple acto de discriminación pone de relieve un problema estructural de la educación colombiana, de la que se viene dando un debate sobre su calidad desde hace años, debate que se ha centrado, sobre todo, en el currículo y las metodologías de enseñanza, medida en resultados de las pruebas ICFES y ECAES, en distintas pruebas a nivel mundial como las pruebas Pisa, entre otras; todas evaluando los conocimientos prácticos en materias como matemáticas, ciencias, inglés, comprensión lectora, que solo buscan medir la calidad de la educación en términos de las competencias laborales y las necesidades del mercado.


Los resultados son los peores, una gran mayoría de los estudiantes no hacen operaciones de pensamiento crítico, no se atreven a argumentar sobre algún tema, los que lo hacen, lo hacen sin tener las competencias, y terminan diciendo cosas sin sentido. Hay un tedio generalizado por cultivar el intelecto, pero los índices de lectura y acceso al libro son bajos.


Sin embargo, todo esto es factible de mejorar ostensiblemente, pero se requiere una reforma al currículo escolar, eliminación de materias que ya no tienen sentido, como, religión, por ejemplo. Se debe hacer énfasis en las habilidades personales del estudiante, considerar los contextos geográficos, económicos, políticos culturales, etc.


Esfuerzos y experiencias exitosas al respecto existen, y cada día mis colegas docentes se juegan el coco por pensarse mejores formas de enseñar un currículo que no responde a los tiempos actuales, y que los tomadores de decisiones por desconocimiento, desinterés y conveniencia se niegan a reformar.


Pero el debate sobre la calidad de la educación, no puede solo centrarse en el currículo académico, en qué materias dar y cuáles no, en qué metodologías de enseñanza aplicar y cuáles modelos adoptar, la calidad pasa también por un cambio en el chip de los directivos, docentes y burócratas que la dirigen, un cambio que tiene que ver con las emociones, los sentires, las particularidades de los jóvenes, su forma de ser y vivir, sus apuestas culturales y urbanas, sus carencias económicas, sus posibilidades.


Obligar el uso de un uniforme, impedir tatuajes o uñas pintadas, cabello tinturado, aretes en los niños y piercings, violan el principio fundamental constitucional del libre desarrollo de la personalidad, desconoce los contextos en los que se desarrollan los estudiantes, propician exclusiones sociales por motivos de creencias, raza o cultura, y retrasan el desarrollo de una sociedad que debería vivir en términos de tolerancia y aceptación de las diferencias.


El mundo de hoy exige, además de excelentes académicos en distintas áreas del conocimiento, personas con habilidades sociales muy bien construidas, que les permitan interactuar con sus pares en diferentes ámbitos. Personas que sepan tramitar sus diferencias, que gestionen de forma adecuada conflictos y contradicciones, que puedan apostar a ser felices o cercanamente felices, que puedan sentirse libres consigo mismos, y puedan propiciar libertad en los demás, que se reconozcan el otro, en sí mismos y en colectivo.


Negar el acceso al aula, a una estudiante como Salomé Vergara, por unos tenis, solo significa que el sistema se quedó anclado en el siglo XIX, en que se sigue educando en la represión, en el autoritarismo, en la uniformidad no solo del vestir, sino del pensar, del sentir y del ser, la homogenización de una sociedad, que solo se realiza en la heterogeneidad y en la diversidad.


La calidad, no pasa sólo y entonces, por la enseñanza de las matemáticas, el lenguaje y la ciencia, pasa también por el hecho de dejar ser, dejar sentir, de construir emocionalmente seres que sepan amar, que sepan relacionarse, que sepan ser y acontecer, que tengan habilidades sociales y comunicativas, que sean buenas personas no el sentido cristiano del término, sino buenas personas felices y plenas; y unos tenis blancos, negros, rojos o grises, no debería ser un criterio para determinar si un estudiante es bueno o malo, pero ese mismo criterio si determina lo retrogrado y quedado que está nuestro sistema educativo.