Los honorables senadores

Por: Guillermo Linero Montes. Columnista Pares.


El senador Iván Cepeda, ha propuesto un proyecto de ley para eliminar el título de honorables, que se auto conceden los senadores de la república; pues el mentado honor, si acaso ha existido alguna vez, hoy aparece completamente extinguido. En su lugar, el senador propone el rótulo de ciudadanos y ciudadanas.


De primera mano, antes de calificarlo de absurdo –como lo harían quienes piensan en la necesidad de acentuar las jerarquías de poder con diferencias solemnes- o antes de calificarlo de baladí –como lo harían quienes ven con malestar la falta de legislación sobre temas urgentes, referidos no a la equidad de trato, sino a la equidad económica- hay que reconocer que dicho proyecto de ley busca una enmienda a lo que, en la esencia de una limpia democracia, constituye una aberración.


Sin duda es una perfecta anomalía que no haya correspondencia, por ejemplo, entre la conducta de quienes ostentan el título de honorables y las exigencias históricas para merecer la honorabilidad. Porque la razón de ser y el origen del título de honorable, tradicionalmente había sido el reconocimiento público a una persona por sus logros tangibles en pro de su comunidad –logros ya cometidos y acumulados a lo largo de su vida y trayectoria civil- y, especialmente, por sus conocimientos y por su acreditada experiencia en asuntos de la moral, de la ética y, desde luego, del comportamiento cívico.


Pero, bueno, primero debemos respondernos qué entendemos por honorables y a quiénes podemos nombrar así. En efecto, siendo fieles al orden de las acepciones gramaticales, la palabra honorable refiere estrictamente la calidad de honrado, y de la honradez deriva el merecimiento de un trato social respetuoso.