Llegó la hora del cambio

Por: Guillermo Segovia Mora

Abogado y politólogo


“Nos van a robar las elecciones”, se afirma en la sesión plenaria del Senado de la República del 11 de mayo de 2022, en medio del debate por la destitución exprés del alcalde de Medellín, Daniel Quintero a manos de la Procuradora General de la Nación, en una actuación que, a pesar de los esfuerzos por revestirla de legalidad, refleja la parcialidad de una funcionaria oportunamente promovida por el gobierno en la estrategia de copamiento de los poderes y controles del Estado para impedir el triunfo electoral de la oposición. Más significativo aún, la posible victoria por primera vez en la historia de una coalición popular que asumirá el manejo del Estado, truncada en un golpe contra Melo, con los hachazos contra Uribe Uribe, con los balazos a Gaitán, con el fraude contra la Anapo, con los sicarios contra Galán, Pardo Leal, Jaramillo y Carlos Pizarro y, tal vez, a punta de compra de votos y alianzas criminales, hace cuatro años contra Gustavo Petro, para implantar el peor gobierno de la historia.


Pero la queja no proviene precisamente de la fuerza en desventaja, la minoritaria en el Congreso, la que no tiene participación en el Gobierno, la inexistente, al menos a título de adscripción política —que no de coincidencias éticas e ideológicas progresistas— en las cortes, la ausente en los organismos de control regidos por amigos del gobierno gracias al mercadeo puestero, la que hace oír una voz solitaria en el Consejo Nacional Electoral controlada por la coalición que apoya a Duque. No. La queja proviene de una senadora del partido de gobierno, la inconmovible, mezquina e impúdica María Fernanda Cabal, que advierte, en medio de suspensos histriónicos, que Gustavo Petro les va a robar las elecciones en contubernio con las instituciones que ellos controlan y la empresa que también manejó los procesos electorales que llevaron dos veces al poder al hoy debilitado, imputado y repudiado Álvaro Uribe Vélez y el plebiscito que deshonró la paz.


Advertido de la coartada del uribismo, evidente a leguas, de criminalizar su persona y su campaña como estrategia fascista ente la imposibilidad de detener su cada vez más inevitable triunfo, pero consecuente con su postura de siempre —implacable en la denuncia, pero generoso para extender la mano—, el hoy senador Petro, en la misma sesión, en una expresión de ética política, reverencia ante la paz y respeto por la Constitución y la democracia, le propone un pacto a la oposición uribista: “Si ganan los aplaudimos; si ganamos, respeten la democracia”. Le reclamaban, a través de sus tertulianos y columnistas, que respondiera si aceptaba una derrota. En el Capitolio Nacional, monumento de la democracia colombiana, les acaba de proponer un pacto histórico: la acepto pero a cambio respetan el triunfo popular. Desde luego, de poco servirá. O son ellos o no es nadie. A menos que otra cosa decidan los poderes reales, hastiados de los mayordomos incapaces.


Contra Petro se han empleado todas las formas de lucha, para no hablar sino desde que se avino a la institucionalidad. Cuando era congresista y desnudó la corrupción en el gobierno de Pastrana con el Banco del Pacífico, intentaron sobornarlo. En el gobierno de Uribe, frente a sus demoledoras denuncias sobre narco-paramilitarismo y complicidad del gobierno, lo siguieron, amenazaron y exiliaron. En el de Santos, a pesar de que tuvo la grandeza de dejar atrás diferencias para unirse por la paz, lo traicionaron dos veces: una cuando le prometieron respaldarlo frente a la destitución arbitraria del procurador Ordóñez y le nombraron remplazo. La otra, cuando, no obstante un compromiso público, le “faltonearon” el acuerdo para realizar el metro subterráneo de Bogotá para complacer el orgullo de Peñalosa y, supuestamente, restarle alas a este “levantado”, sometiendo a la ciudad al tormento de una movilidad colonial y al hazmerreír del mundo. Ahora, previendo la catástrofe, muchos están a su lado y les da la bienvenida, hay que avanzar en un frente amplio por la paz.


En la actual campaña, contra Petro se ha intentado todo. El presidente, irrespetando su investidura constitucional, se convirtió en su contradictor en apoyo de Uribe, su jefe, y de Federico Gutiérrez, el nuevo ungido por el patrón del Ubérrimo. Si Petro propone revisar el régimen pensional, Duque aplaude que las administradoras jueguen ruleta rusa a su favor con la plata de los que no tendremos pensión y aplaude que metan nuestro dinero en bonos del Estado y vías para ganar a dos carriles. Si Petro plantea suspender el fracking y revisar la política de hidrocarburos para garantizar la transición hacia energías limpias, Duque manda a su capataz a alterar la composición directiva de Ecopetrol. Si Petro propone paz para todos, Duque atiza la guerra, su ministro de defensa habla de “blancos fijos”, su comandante del ejército dice que matar embarazadas y menores es rutina y ataca al candidato favorito en elecciones —su posible comandante en jefe— con beneplácito del ocupante de la Casa de Nariño. Si Petro dice que la educación es la salida y apoya a los jóvenes en sus protestas, Duque simula apoyo y por interpuesta Fiscalía los castiga.


Como tanta inmundicia no funciona, los socios oscuros del poder afilan los cuchillos y esperan el momento. No pudieron en Cúcuta hace cuatro años, fracasaron en el Chocó hace unos meses y por eso, al tiempo que aplauden, dicen que es fantasía que lo iban a volar en mil pedazos en Pereira, en acuerdo con los narcos, como hicieron el día que mataron a Galán, en los alrededores de Medellín. También desatan su podrida lengua viperina: que la heroína Francia Márquez, su fórmula a la vicepresidencia, es consueta del ELN, que se beneficia de subsidios como pobre que ha sido —no como miles de malparidos que se los roban sin necesitarlos y los gobiernos se los dan a cambio de votos—. Una cantante llena de odio por el fracaso de su amor a las charreteras no la pasa porque no le llega a los tobillos. Y no faltará otro video espurio como el de las bolsas para afectar su integridad.

Pero Petro, imparable. Llevan un año anunciándole que llegó al techo estadístico, y el hombre sigue rompiendo. Entonces, los montajes. Que las labores humanitarias de su hermano son compra de votos de unos corruptos y narcos condenados echados al olvido. La credibilidad de los protagonistas mandó al diablo los infundios. Que Piedad Córdoba hizo o deshizo, allá ella, pero muchos liberados del secuestro le deben haberlos sacado de esa infamia de las FARC. Que en España hay un venezolano que lo quiere enlodar: se sabe de dónde viene y para dónde va. Que Gustavo Bolívar replicó una alegoría de entierro para significar la derrota de Gutiérrez y eso es criminal, entonces que condenen el Carnaval de Barranquilla. Que Isabel Zuleta dijo en una reunión que habían “quemado” a Fajardo, cuál es el pecado, ella como líder lleva media vida denunciando las tropelías y detrimentos de HidroItuango.


¿De dónde vendrá la bala?, me preguntaban el otro día en el Tercer Canal repitiendo la preocupación de los cercanos a Petro. Ojalá no llegue. Que esa mano negra, esa triple A, esa Tradición, Familia y Propiedad, esas Autodefensas Unidas de Colombia, esos uribeños, esas Águilas Negras, entiendan el mensaje profundo, humanista, espiritual de Gustavo Petro. Llegó la hora de un Pacto Histórico para sacar a Colombia del tremedal en el que la metieron los que se lucran de esta situación. Las épocas del privilegio a látigo y bala son vergüenza, el reto hoy es reconstruir y sacar adelante este país entre todos con justicia, equidad y dignidad. En medio de conmovedores llantos, en Ocaña y Soacha, las madres de cientos de muchachos asesinados en los “falsos positivos”, a la vez que reclamaron verdad real, abrazaron a sus verdugos en un mensaje retador y trascendental de perdón. A pesar de la cizaña y cobardía de Uribe, que lloriquea por su “buen nombre” mientras sus subalternos reconocían sus crímenes, una enseñanza de que el país puede sobreponerse a ese pasado infame. Voto por usted, Gustavo Petro. Confío que honrará el voto de su pueblo. Cambiemos esta historia.


 

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