Le llegó la hora al ELN

Por: León Valencia, para @infobae


Ahora sí, al Ejército de Liberación Nacional —ELN— le toca firmar la paz y venir a la vida civil. Las condiciones son inmejorables. El presidente Gustavo Petro ha definido que el primer eje de su gobierno será la paz integral y la reconciliación, y nombró a Álvaro Leyva ministro de relaciones exteriores con el expreso mandato de buscar en la comunidad internacional el mayor apoyo para culminar los acuerdos que hacen falta y darles alas a todas las tareas del postconflicto.

Incluso en su discurso de posesión, Petro nombró así sus otros dos ejes: paz social y paz ambiental, para subrayar la fuerza que tendrá la palabra “paz” a lo largo de su mandato.

Pero hay algo más profundo que debe empujar a la comandancia del ELN a tramitar con entera decisión y con premura un acuerdo de paz con el Gobierno Nacional. Estamos ante el cierre de un ciclo histórico. Estamos al final de sesenta años de guerra por la democratización y la inclusión política de las izquierdas. Con el triunfo de Petro desaparece el motivo más importante por el que las insurgencias de izquierdas se alzaron en armas: la exclusión política y social, y el criminal cerrojo de nuestra democracia.

Esta larga guerra, irregular, sucia, dolorosa, en la que se saltaron todas las barreras éticas, fue una confrontación por el poder y la democracia, por la tierra y el territorio, y por las rentas legales e ilegales. Las derechas, para despojarla de su carácter eminentemente político, la nombraron de muy diversas maneras: amenaza terrorista, narcoterrorismo, guerra contra la sociedad. El triunfo de alguien que estuvo en armas y firmó la paz, y su testaruda acción política a lo largo de treinta años, es la demostración palpable de que el ADN de la guerrilla era la democracia y la política.

Ni la grave inequidad social, ni la brutal concentración de la tierra, ni la enorme brecha entre las regiones y el centro, se resuelven con la sola llegada de Gustavo Petro y Francia Márquez al poder. Pero con su llegada se empieza a superar el crucial problema de la exclusión política y comienza una era de reformas que dependerá de la correlación de fuerzas, del apoyo ciudadano, de las alianzas políticas y, sobre todo, de un ambiente de paz en el que las derechas no tengan el pretexto de la seguridad para alzarse en contra de los cambios.

La comandancia del ELN debe comprender el gran riesgo que corren sus ideales si se marginan de la paz en este momento. Hacia adelante sólo queda el abismo de la disputa por rentas ilegales. La inclusión de las izquierdas y los movimientos sociales en el poder despoja a la violencia del carácter político. Es muy útil que el ELN examine las votaciones en las pasadas elecciones, las regiones que votaron el SÍ en el plebiscito por la paz, votaron copiosamente a favor de Petro y Francia Márquez.

El ELN debe hacer a un lado la idea de que el cambio que se ha producido es sólo una modificación del gobierno, no del régimen político. El régimen ha sufrido un remezón enorme. La profundización del cambio depende ahora de reformas certeras a la economía, al Congreso, a las Fuerzas Armadas y a los organismos electorales, y un nuevo acuerdo de paz es un virtuoso tirón al reformismo.

En estos días he dicho que la mejor manera de empezar el camino de un acuerdo entre el ELN y el gobierno Nacional es: perfeccionando el cese de hostilidades que se estaba acordando al final del gobierno de Juan Manuel Santos; habilitando la participación de Juan Carlos Cuéllar en el acuerdo nacional que ha convocado el presidente Gustavo Petro; y cumpliendo el protocolo de regreso a Colombia de la comisión negociadora de la guerrilla que se encuentra en la Habana.

No he oído nada acerca del nuevo Alto Comisionado de Paz. Un nombramiento de lujo para esta responsabilidad sería Francisco de Roux, quien ha culminado con éxito sus labores en la Comisión de la Verdad. Sería un nuevo servicio que le prestaría al país este sacerdote que ya ha escrito páginas gloriosas en esta patria tan necesitado de referentes éticos y de líderes espirituales.