Las «realidades brutales» de Buenaventura

Foto: Manuela Botero

Por: Manuela Botero, oficina Pacífico – Pares


Corría el mes de febrero del año 2014 cuando el país entero volvió los ojos a una región olvidada: Buenaventura. Las noticias eran aterradoras y un diario titulaba “Realidades Brutales”. Lastimosamente, solo se hablaba de los escenarios atroces asociados a la inseguridad, el contrabando, la droga y la muerte, que por años han construido la reputación del olvidado “Distrito Especial”. Sin embargo, nadie vuelve los ojos a la Buenaventura con otras realidades brutales, como lo es su gente, que lleva en esa misma sangre la melodía y la inspiración, la cadencia y la valiente tradición que traspasa regiones, pero que es olvidada y víctima, que no tiene una vida digna. 

El puerto de Buenaventura mueve gran parte de la economía de Colombia, es uno de los más importantes del continente americano por su conexión con el mercado asiático, y, hasta el año 2017, recibía cerca de un 52% de la carga que ingresa al país. Pero los dineros entran, salen y sus gentes solo pueden mirar de lejos cómo pasa la bonanza y la riqueza, pero desde su pobreza económica y la práctica de actividades ancestrales, se encuentra abundancia de cultura y gastronomía exquisita basada en los frutos del mar, uno de los factores claves para el sostenimiento de familias numerosas.

Este Distrito Especial no solo es cuna de mega proyectos asociados al avance económico y la inequidad social, pues la corrupción azota con mayor fuerza a esta parte olvidada de Colombia. Desde el año 2007, más de cuatro alcaldes han sido investigados por  malversación de fondos. Además, un alcalde fue asesinado y otro exiliado por amenazas de muerte. Por si fuera poco, el actual alcalde, Éliecer Arboleda Torres, estuvo envuelto en escándalos por presuntas irregularidades en el erario destinado para el Hospital Luis Ablanque de la Plata, el único público en el municipio.

Por el momento, en Buenaventura la violencia y la desigualdad continuan. Desde el 2015, el desplazamiento forzado ha venido en aumento, reportándose cerca de 74.000 víctimas de este fenómeno. La mayoría, mujeres entre los 20 y 30 años. En este municipio a diario es negado el mínimo vital de agua a sus pobladores. En promedio, solamente 6 horas al día circula el agua con normalidad en los hogares. Los ciudadanos mueren por la poca contingencia en la recolección de basuras y el desarrollo de enfermedades que esto causa.

Es evidente que Buenaventura parece estar condenada al olvido. Sin embargo, y según Jairo*, oriundo de Medellín pero considerado persona afro, Buenaventura tiene la capacidad de romper cadenas y “mostrar la cara amable a la problemática”. Para él, el municipio es cuna de lugares asombrosos golpeados por la pobreza, como la Reserva Natural San Cipriano o las playas de la Punta San Pedro, donde Jairo tiene la labor de resguardar la memoria histórica que por años ha construido junto a los ancestros.

Es por esto, que Jairo y cientos de porteños decidieron que mencionar Buenaventura también es hablar de los ciudadanos que han luchado por tener un municipio sano y alegre, de personas que crecieron frente a los bellos ojos de este puerto del mar, vendado, atado. Es hablar de la unión de gente que no destruye y mata, por el contrario, que trabaja por una mejor ciudad cada día al son de los tambores y la marimba. Es hablar de la familia Aramburo, de los Cuenú, de los Angulo, que juntos salieron a las calles y en una sola voz replicaron “El pueblo no se rinde, Carajo”.