Las dificultades persistentes entre Bogotá y Caracas: un conflicto de no acabar

Por: Luis Eduardo Celis Analista de conflictos armados y de sus perspectivas de superación


Cuando parecía que asomaba una luz de distensión entre los Gobiernos de Iván Duque y Nicolás Maduro, con la apertura comercial de la frontera, rápidamente esa posibilidad se vio opacada por mutuas recriminaciones que han ido subiendo de tono, de lado y lado, hasta el punto de llegar a amenazarse con acudir a la Corte Penal Internacional. Tal es el estado de cosas entre los dos Gobiernos, y nada augura que el tono y la actitud cambien.


La frontera había permanecido cerrada desde hace dos años, cuando de manera torpe el Gobierno colombiano lideró la cruzada para derrocar al Gobierno de Maduro y apoyar, de forma decidida, al autoproclamado presidente Juan Guaidó. Se trató del mayor de los fracasos diplomáticos de los últimos tiempos.


Muchas voces han insistido a los dos Gobiernos que, más allá de las diferencias de proyectos políticos que cada uno agencia, se debe preservar la relación binacional debido a su vital importancia para la estabilidad, especialmente, de la zona fronteriza de ambos países. Hay millones de personas colombianas viviendo en Venezuela que han llegado a aquel país en varias olas migratorias: en los sesenta y los setenta, buscando oportunidades económicas (que las encontraron), y luego en los ochenta, los noventa y los dos mil, huyendo para salvar la vida, lo cual miles lograron en territorio venezolano; y ahora, en los últimos diez años, se dio un fenómeno migratorio de población venezolana que, ante el proceso de cambios políticos y económicos que se vivía en aquel país, se instaló en Colombia en busca de oportunidades.


Se calcula, fácilmente, de acuerdo a cifras de la ACNUR para 2018, que la población migrante venezolana está conformada por cerca de tres millones y medio de personas, de las cuales han permanecido en Colombia, aproximadamente, dos millones de personas. Oficialmente, en el país se encuentran registradas como migrantes, más o menos, un millón seiscientas mil personas. Se trata de cifras importantes que deberían tener como correlato una relación diplomática fluida y propositiva, y no la ausencia de canales de comunicación y una abierta hostilidad entre ambos Gobiernos.


Persistir en una relación diplomática basada en el respeto mutuo, ante las diferencias de cada Gobierno, es el ABC de la diplomacia internacional. Se tienen relaciones no porque se apoye uno u otro proyecto de Gobierno (eso puede ser, pero no es la base de una relación internacional y menos entre países vecinos); se tienen relaciones diplomáticas porque se comparte una vecindad y unos intereses comunes. Más si se tiene en cuenta que, en el caso de Colombia y Venezuela, hay connacionales en cada lado de la frontera, por lo cual se requiere el funcionamiento permanente de los consulados; existe, además, entre otras cosas, un territorio compartido que hoy se encuentra en manos de grupos irregulares de todos los pelambres que ponen en condición de vulnerabilidad, especialmente, a poblaciones migrantes. Además, entre los dos países hay posibilidades de complementariedad y apoyo mútuo. Por mencionar un solo ejemplo, Venezuela era nuestro segundo destino de exportaciones, y no hay que dar ese potencial de comercio como perdido. A su vez, una reactivación de las relaciones podría permitir que Colombia suministre parte de los alimentos que Venezuela requiere en la actualidad (en condiciones económicas y de seguridad de pago que es posible acordar).


El Gobierno Duque ha sido un desastre en muchos campos, y las relaciones internacionales no se salvan, siendo el tema Venezuela el de mayores repercusiones negativas. Vendrá un nuevo Gobierno a partir del próximo 7 de agosto, y ese Gobierno (que espero sea de un signo político diferente al actual) debe trabajar por restablecer unas relaciones diplomáticas, basadas en los intereses comunes y en un diálogo constructivo ante tantos desafíos compartidos.