La ruta de la cestería embera

Por: Erika Montaño Rojas

Proyecto: Escuela de Liderazgo Juvenil Pueblo Rico, Risaralda

Línea Jóvenes en Riesgo y Participación Juvenil


La nación emberá es uno de los grupos de origen más importantes de Colombia. Al sumar su población disgregada en el censo del 2018 hecho por el DANE, se ubican en el primer lugar. Calculando entre Emberás Catio, Emberás Chamí, Wounan, entre otros, suman en total unas 200.000 personas. Como nación comparten aspectos de identidad. También se encuentran fortaleciendo su Plan de Vida y Salvaguarda. Con sus saberes y haceres, y en general con lo que desarrollan como grupos de personas con cosmovisiones y cosmogonías profundas, buscan sostenerse en el tiempo y perdurar.


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La vereda La Palmita se encuentra ubicada en el municipio de Pueblo Rico, Risaralda, exactamente sobre la cordillera occidental colombiana. Para llegar allí hay que ascender por las montañas durante seis horas de camino. Mientras caminábamos, se podía escuchar el viento fuerte fusionado con el sonido de las aves y los colores del territorio, que hacían del recorrido un disfrute por la maravillosa inmensidad, el aire puro, la calma y la brisa.


Nos encontramos en el camino con la mirada segura y fuerte de Luz Idalba Ziagama Onogama, una niña de 10 años, con su hermana y un bebé, su sobrino, de siete meses, al que llevaba en su espalda. Se podía percibir la fuerza y seguridad con la que lo tomaba en sus brazos y lo cubría en el parú (manta en emberá) que portan las mujeres para llevar a sus hijos pegaditos al corazón. A simple vista pudimos ver cuánto amor y compromiso tiene Luz para su primo.


Foto: Santiago Ramírez Marín

Luz Idalba y su hermana nos cuentan que en la mañana de ese mismo día ya habían caminado 3 horas más, bajando al pueblo, de vuelta, hasta la vereda completarían 6 horas en total. El motivo de la salida de estas dos hermanas fue llevar a su sobrino a control de crecimiento y desarrollo, teniendo que pasar por caminos de trocha, cruzar arroyos y soportar la lluvia y el sol, condiciones a las que se ven expuestos los habitantes de la comunidad de Palmitas cuando quieren salir al pueblo.


Así tuvimos el primer acercamiento con una de las jóvenes y niñas de la comunidad La Palmita. Las hermanas nos animaron, puesto que si ellas, que llevaban a un bebé en su espalda, podían, ¿por qué tendríamos que quejarnos nosotros por la distancia? No era fácil controlar el agotamiento, no solo físico, sino también mental.


Caminamos durante cinco horas y media. “El paso del capunia (hombre blanco en lengua emberá) es mucho más lento, nosotros lo hacemos en tres horas”, nos dijeron en el camino. Nuestros equipajes, por fortuna, lo llevaron las mulas. Nosotros sólo debíamos caminar. Llegamos a la comunidad en medio del atardecer, el cielo empezaba a tornarse azul oscuro, el viento era cada vez más espeso y frío. La imagen: casitas humildes hechas en madera sobre estacas elevadas de la tierra. Los pobladores salían de ellas, atentos y curiosos mirando quiénes eran los “capunias” que llegaron de visita. Ellos produjeron un efecto en nosotrosde admiración por habitar territorios tan alejados de la zona urbana.


Foto: Santiago Ramírez Marín

Ahora el cansancio era menos, nuestros cuerpos ya se sentían relajados. No era para menos, habíamos cumplido con la meta de llegar al lugar de destino, este lugar asombroso, habitado por familias numerosas que viven en espacios reducidos, para ellos suficiente. Indígenas y capunias se ven por primera vez, se comparte el abrazo, el “pase usted”, “está en su casa”, “tómese esta agua de panela”, “allá es el lugar donde se hospedan esta noche”. Entrar a una casita y tener un espacio donde armar nuestras carpas fue la más bella y tranquila sensación, después de seis horas de camino.


Al día siguiente despertamos entre montañas alucinantes. El brillo del sol se escondía entre la niebla gris y blanca que viaja entre la cuenca, magnetizando corazones. Las aves cruzan y su cantar anuncia el nuevo día.


Los buenos días de mujeres, niños y hombres que pasaban frente a la casita dirigiéndose a la cocina. Al calor del fogón doña Ana Rita, líder de la comunidad y cocinera con sus manos, más que alimentar el cuerpo, trasformaba los alimentos en platos llenos de sabores: encuentros de ingredientes con sabor de abuela, de casa, de hogar, sabores que nos trasladan al calor del hogar. Allí, bajo el fogón, es donde se abrazan el niño, el joven, el anciano, y el capunia. La unidad de los emberá vuelve y se refleja y esta vez en un rico plato de comida.


Foto: Santiago Ramírez Marín

Todos se preparaban para la fiesta. Unión, alegría, parranda y viche. El día llegó, los preparativos estaban casi listos, las personas fueron llegando, mujeres, niños y hombres se trasladaron de distintos lugares aledaños con aproximadamente una o dos horas de camino para poder participar del evento. Celebrarían nuestra visita. Bailaremos y tomaremos viche esta noche, pero también el médico emberá hará sanación a niños y adultos enfermos, el ritual que presenciamos fue fantástico. El jaibaná empezó a invocar los espíritus de sus ancestros para que lo guiaran y apoyaran en el proceso. Velas, tabaco y sus cantos fueron los elementos que usó. Finalmente, la fiesta duró toda la noche, mujeres, niños y niñas no habían dormido, puesto que la celebración se extendió hasta las horas de la mañana del día siguiente.


Foto: Santiago Ramírez Marín

Luego de la noche, nuestro equipo de investigación tuvo que levantarse muy temprano para iniciar un recorrido con la mayora Flor Alba Wazorna Arce y Nicolás Wazorna hacia la planta de la que sacan el producto final para la cestería. Fue muy especial escuchar el relato de cómo y en qué tiempo de la luna se debe cortar. Es fascinante la manera en que se recupera la voz y la ancestralidad por medio de mujeres líderes, que tejen la vida a través de sus saberes, mujeres lideresas, emprendedoras. Si bien es cierto que el hombre emberá no permite mucha participación de la mujer en la política y toma de decisiones en la comunidad, varias mujeres de este territorio alzan su voz, son líderes empoderadas de sus saberes ancestrales: medicina, platos típicos, arte y música, son algunos de tantos artes que ellas portan.


Camino al bejuco (planta de la que sacan la materia prima de la cestería) encontramos un trapiche. Nicolás relata como él y su esposa Gloria lo construyeron. Generan empleabilidad a la comunidad. Sobre todo a mujeres, son cerca de 21 emberá que se ven beneficiados por la gestión de estos dos líderes que se han apoyado en instituciones para lograr participar en convocatorias. Ahora bien, no habría sido posible sin el amor y compromiso que estos dos líderes y esposos han depositado en la comunidad. Él relata que así mismo visualizan la cestería: “el proyecto a futuro es tener un lugar así, donde podamos realizar cestería emberá hecha por mujeres y jóvenes de la comunidad y poderla distribuir, generar empleo y recuperar esta práctica”, dice.


Con el bejuco preparado para tejer, todos se reúnen al calor del arte emberá practicado especialmente por las mujeres: la cestería. Allí estaba el tejer, el unir entre todos una red de amor, fuerza y conocimientos étnicos y territoriales. Mientras tejen cuentan historias, recogen saberes ancestrales, nos cuentan anécdotas basadas en conocimientos tradicionales. Este es su saber, hilar la vida misma entre cada trenzar, se sumergen en el ayer, el abuelo, la abuela. Es avivar un saber, una esencia, una identidad.


Foto: Santiago Ramírez Marín

La práctica de la cestería se ha venido perdiendo con los años, ya los jóvenes no quieren hacer parte de sus costumbres y prefieren hacer actividades más occidentales. Es por ello que recuperar estos saberes es fundamental, realizar trabajos audiovisuales, investigar, fotografiar estos eventos donde se construye memoria desde la participación activa de la comunidad. Las mujeres sabias eran las encargadas de moderar los talleres que se dictaron en esta actividad llamada La Ruta de la Cestería Emperá, con el fin de recuperar conocimientos para la comunidad.


Foto: Santiago Ramírez Marín

Este trabajo investigativo se hace a través de un estímulo que publicó la Gobernación de Risaralda con un enfoque étnico y territorial. Premio que fue otorgado al colectivo Wera Kirisia. Actualmente se encuentra un cortometraje en proceso de producción para ser estrenado próximamente.


Agradecemos a la comunidad de Palmitas en general por habernos permitido vivir esta experiencia y por hacer parte de este bello proyecto.