La noche de los cristales rotos y el supremacismo

Por: Guillermo Linero Montes. Columnista Pares.


Durante casi toda la historia de nuestra civilización, se ha impuesto la sumisión del débil ante el más fuerte. Al principio, esa diferencia de poder en las relaciones humanas primigenias, estuvo basada en la disparidad de fuerzas y estructuras corporales, desde luego en un contexto cavernícola. Dicha fuerza, legitimada por la “ley del más fuerte”, fue luego trasmutada al poder de las armas y desde entonces han sido muchos los David que han derrotado a muchos Goliat.


En consecuencia, la ley del más fuerte pasó a ser la ley del mejor armado. Tal es el inicio del desarrollo de la carrera armamentística, y el afán humano por la perfección de las armas; por la fabricación de instrumentos de ofensiva cada vez más letales que un garrote o que una piedra lanzada por una honda.


Dentro de esa perspectiva, podemos apreciar en ascenso evolutivo, cómo las catapultas fueron vencidas por cañones, las flechas por ballestas, los rifles por ametralladoras, y la aviación militar por los cohetes y las ojivas nucleares. Cada nueva arma ha sido superior a la anterior. Con todo, pese a este fenómeno, si algo no ha podido superarse es la efectividad bélica –sin necesidad de armas- de la naturaleza humana contra sí misma. Thomas Hobbes tenía razón, “el hombre es un lobo para el hombre”. En efecto, la historia ha demostrado que no hay ejércitos, ni armas, lo suficientemente poderosos para contener a una enardecida turba multa, o a un levantamiento popular.


La aglomeración humana no es únicamente la más letal de todas las armas; sino también es l