La masculinidad en el ámbito familiar

Por: María Victoria Ramírez


Navegando en internet buscando información sobre el tema de la masculinidad, me encontré con un artículo publicado por Mireya Ospina Botero de la Universidad Católica de Pereira, Colombia, publicado en 2007, titulado Representaciones sociales de masculinidad y su expresión en el ámbito familiar. Este estudio es muy especial porque es quizás el único en su modalidad en la región cafetera colombiana. El artículo está basado en una investigación que se llevó a cabo en esa universidad en 2004 sobre las representaciones sociales de masculinidad de hombres entre los 17 y 19 años. El objetivo principal del estudio fue “comprender los sentidos de la masculinidad y sus referentes identitarios”. El marco teórico para el análisis e interpretación de los resultados se resume en tres categorías: ‘representaciones sociales’, ‘socialización e identidad’, y ‘género y masculinidad’. Asimismo, la metodología de investigación adoptada fue la conformación de un grupo de discusión de 15 hombres de diferentes programas académicos de la universidad, que de manera voluntaria participaron en 12 talleres y cinco entrevistas a profundidad a personas que hicieron parte de tal grupo.

Es pertinente presentar la definición que el artículo adopta de ‘representación social’, la expuesta por Serge Moscovici en su libro Psicoanálisis, su imagen y su público: “conjunto de conceptos, declaraciones y explicaciones originadas en la vida cotidiana, en el curso de las comunicaciones interindividuales. Equivalen, en nuestra sociedad, a los sistemas de creencias de las sociedades tradicionales; puede incluso afirmarse que son la versión contemporánea del sentido común”.

De acuerdo con el marco de referencia adoptado por el artículo, hay consenso entre diversos autores que se han ocupado del género y han investigado el tema, en que existe un modelo “hegemónico” de la masculinidad, que está incorporado en la subjetividad de los hombres y que se constituye en parte de su identidad. Sin embargo, y a pesar de que existe un modelo hegemónico de masculinidad, plantea también el artículo que este concepto es variable según el tiempo y el lugar, citando a Rubio Jociles: “La virilidad no es estática ni atemporal, es histórica; no es la manifestación de una esencia interior, es construida socialmente; no sube a la conciencia desde nuestros componentes biológicos; es creada en la cultura. La virilidad significa cosas diferentes en diferentes épocas para diferentes personas”. Aquí me aparto del artículo para decir que, en similar sentido, ese concepto no permanente y no predeterminado por la biología puede equipararse a lo que Simone de Beauvoir dice en la primera línea del segundo sexo: “La mujer no nace, se hace”.

Dentro de los resultados que arroja la investigación de la psicóloga Ospina, se encuentra que las principales características en el núcleo central de la representación social de masculinidad en el grupo estudiado son: fuerza, fortaleza, liderazgo, responsabilidad, autoridad, dominio e inexpresividad emocional.

Menciona el artículo que es muy duro ser hombre. Es innegable, como lo menciona la investigación, que a los hombres se les han castrado facetas como la participación más activa en la crianza de los hijos, la expresión de sus emociones, entre otras. “Se entiende así que la adquisición de la masculinidad implica suprimir toda una gama de emociones, necesidades y posibilidades en el ámbito familiar, tales como: la receptividad, empatía, compasión, miedo y en general todas aquellas que se asumen como propias de lo femenino”, pero es claro que la mayoría de hombres no ha abogado por ese derecho.

En contraste, a la mujer tradicionalmente se le ha confinado a la esfera doméstica y ese rol está tan menospreciado que hoy vemos a hombres (muy pocos entre otras cosas) que lo han asumido por situaciones económicas adversas como falta de empleo, y no se les aplaude, sino que son blanco de burla y menosprecio. ¿Por qué? Porque se supone que ellos están “destinados” a reinar en los dominios donde se toman las decisiones, es decir, en las esferas del poder, de la guerra, en el manejo de la economía, mientras que las mujeres están “destinadas” a la protección y la crianza. La diferencia radica en que la mujer se ha ido despertando poco a poco y ha empezado a reclamar nuevos derechos desde hace décadas, mientras que no se ha visto hasta ahora un movimiento de los hombres reclamando por el derecho a realizar las labores domésticas, a criar los hijos, a llorar, etc. Las mujeres han incursionado poco a poco en escenarios masculinos y deberemos estar preparadas y saludar, y desear, que los hombres se apropien de territorios otrora femeninos.

Por la fuerza de los cambios económicos y sociales, los géneros han ido incursionando en nuevos roles, es innegable. Veamos algunas cifras de la más reciente Encuesta de Demografía y Salud de Profamilia (ENDS), 2015. La tasa de fecundidad pasó de 2,5 a 1,8 entre 1987 y 2015. Alrededor del 50% de mujeres en edad fértil (13 a 49 años) trabaja y en lo que más se desempeñan es en ventas y servicios. Entre 2005 y 2015 se pasó de 31 % de los hogares con jefatura femenina a 36,4%, es decir, que en ellos la mujer, además del rol doméstico tradicional, está asumiendo el de proveedora, de este 36,7%, el 28,7% son mujeres urbanas y el 7,3% son mujeres rurales. De los nacimientos y embarazos al momento de la encuesta, el 49,5% fueron deseados

Más del 80% de las mujeres acceden a algún método de planificación familiar, cosa impensable hace 50 años y que muestra cierto grado de autonomía sobre su cuerpo y ejercicio del derecho a decidir el número de hijos. Esta cifra nos deja entre ver también que en Colombia, al igual que en el resto de países, la planificación familiar sigue siendo una responsabilidad de la mujer. Los hombres no han empezado a asumir que el control de la natalidad es una decisión que también les compete y que pueden tomarla en sus manos.

Pero hay otras cifras que siguen preocupando porque muestran el nivel de inequidad al que las mujeres se enfrentan cuando salen a trabajar fuera del hogar. Al 32,5% de las mujeres que han trabajado alguna vez le exigieron prueba de embarazo, al 2,2% le solicitaron prueba de esterilización, al 7,6% le pidieron prueba de SIDA y al 3,1% la despidieron cuando estaba embarazada.

La ENDS también muestra que: “Es mayor el porcentaje de hombres que de mujeres que aporta todos o más de la mitad de sus ingresos a los gastos del hogar. Aunque la división sexual del trabajo que ha asignado a los hombres el papel de proveedor se mantiene, el porcentaje mayor de las mujeres frente a los hombres que aportan la mitad de su salario a los gastos del hogar, no coincide con una mayor presencia de los hombres en el ámbito de lo doméstico y del cuidado, lo que evidencia la existencia de la doble jornada laboral femenina con las implicaciones que ello trae para la vida y la salud de las mujeres.”. Lo anterior agravado por el hecho de que las mujeres para trabajo igualmente calificado siguen percibiendo salarios inferiores en un 25% al de los hombres.

Según estas y otras cifras como las de violencia intrafamiliar, y en general las violencias basadas en género que no menciono, los efectos prácticos de las representaciones sociales de la masculinidad en Colombia tienen aún una gran carga del contenido tradicional, puesto que el prestigio viril reposa sobre bases económicas y sociales muy sólidas que no son inamovibles, pero que toma tiempo transformar.

El estudio hace también una reflexión llamando a los seres humanos de todas las edades y condiciones a cuestionar los referentes socioculturales de género, para avanzar en su propio desarrollo humano más integral y en el ejercicio de los diferentes roles al interior de la familia, que no las y los encasillen en mandatos preestablecidos. Considero que esa mirada haría de las nuevas familias lugares con mayor capacidad de adaptación y respuesta a situaciones adversas, pero igualmente un espacio más feliz.

En mi opinión, hoy hay en el mundo un contingente de mujeres y hombres cuestionándose los fundamentos de la masculinidad y de la feminidad. Entiendo que para cualquier ser humano es difícil despojarse de algunos privilegios, pero también siento que hay algo esperanzador en el hecho de que nos estemos preguntando por esas relaciones. Y es allí, en la intimidad, en lo cotidiano, en el ámbito familiar, en donde podemos empezar a hacer la diferencia. Y en eso somos tan responsables hombres como mujeres.