La juventud no quiere más Tittytainment

Por: Germán Valencia  Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia 


El mercado no quiere a la juventud: eso lo ha dejado claro en la actual crisis. Este grupo poblacional es el que sufre las mayores tasas de desempleo (23,9% en el primer trimestre del año). El caso de las mujeres jóvenes es más dramático aún: la cifra duplica el promedio nacional (31,3%).


En una columna que publiqué hace un mes sobre el paro nacional mostré cómo a los jóvenes “No se les contrata porque no dominan un oficio, porque carecen de experiencia laboral, porque no saben un segundo idioma o porque no tienen una educación técnica, tecnológica o universitaria”.

Las razones de este desinterés del mercado con la juventud se encuentran, entre otras cosas, en el aumento de los niveles de productividad y tecnificación de las empresas. Esto ha provocado que el mercado laboral se ajuste y restructure. Además, ha servido para que los pocos jóvenes que tienen trabajo tengan salarios bajos.


Ante este desaire, los y las jóvenes han salido a las calles, han querido mostrar su descontento. Dos meses de paro, marchas y protesta social, demandando trabajo y educación, evidencian el enfado que tienen con el sistema económico y político que les ha tocado vivir. Protestan contra los políticos y contra la economía para que se les tenga en cuenta.


El Gobierno, aunque lento, ha entendido que cada vez tiene un mayor número de jóvenes sin trabajo, sin posibilidades de acceso a la educación y sin seguridad social. Lo cual es problemático, sobre todo en momentos como este cuando se aproximan las próximas elecciones populares.

El precio que tienen que pagar las y los políticos es muy alto. Además de la impopularidad creciente y del desgobierno a causa de las marchas, tendrán que enfrentar en las próximas elecciones a este nuevo actor que sin duda lo castigará en las urnas.


La juventud reclama mayores y mejores oportunidades de trabajo y educación. Y el Gobierno –encargado de mantener el orden público– es consciente de que debe atender esta situación. ¿Cómo hacerlo? ¿Qué medidas tomar? ¿Cómo hacer que las y los jóvenes reduzcan su molestia y se olviden de esta difícil situación?


A mediados de la década de 1990, el nuevo Braintrust Global –reunido en el hotel Fairmont de San Francisco, Estados Unidos– dio la clave para atender a los ejércitos de personas desempleadas que requerían una respuesta. Les dijo a los gobernantes del mundo que la solución sería el Tittytainment.


Esta es una palabra inglesa que combina “entretenimiento” (entertainment) con “pechos” (tits), y que la usan las madres lactantes para atender de manera inmediata el llanto de sus hijos o hijas. De forma más gráfica significa: darle leche al bebe que llora como solución momentánea para que dejen de hacer ruido.


Esta recomendación, que fue dada a los más de 500 líderes políticos que asistieron al foro en 1995, ha sido tomada al pie de la letra en todo el mundo. Figuras como George Bush, George Schultz y Margaret Thatcher, al igual que los presidentes de grandes compañías como CNN y Ted Turnet, se han esforzado por seguir la recomendación de mantener “el buen humor de la frustrada población del mundo” (Martin y Schumann, 2000, p. 11).


En pocas palabras, el mercado le ha dejado el problema del desempleo de las juventudes a los políticos. Y les ha recomendado que la mejor estrategia para mantener la gobernabilidad se construye a partir de “una mezcla de entretenimiento aturdidor y alimentación suficiente” (Martin y Schumann, 2000, p. 11): ser calmados con el Tittytainment.


En Colombia, durante muchos años, la estrategia de mantener a las y los jóvenes pegados a una pantalla, viendo una y otra vez series de televisión, reality shows y películas, ha sido de mucha ayuda. Incluso, la llegada de la internet ha servido para fortalecer esta estrategia.


Sin embargo, los y las jóvenes han despertado: no quieren seguir frente a las pantallas viendo novelas y series en internet. Están usando las redes sociales para comunicarse y tomar conciencia de las dinámicas del sistema económico y político. No quieren ser golpeados ni por el mercado ni por el Estado.


Tampoco quieren estar al servicio de la guerra ni que les utilicen como armas de batalla. No quieren que se les involucre en esta confrontación inútil contra grupos armados. Una guerra que muy bien podría acabar, pero que el Estado insiste en mantener viva y nunca finalizar.

Las juventudes reclaman más educación, mayores oportunidades de empleo y más involucramiento en la construcción de lo social. Quieren que se les haga partícipes de la construcción de una nueva sociedad. Como ciudadanos y ciudadanas, quieren que la globalización sea “un éxito en beneficio de todos” (Martin y Schumann, 2000, p. 17).


Pero el Gobierno, en lugar de escucharles, de nuevo piensa en cómo mantenerles entretenidos: a quienes tengan la suerte de ser aceptados en instituciones públicas, les ofrece educación técnica y tecnológica gratuita por un año y medio.


Además, ofrece mayores oportunidades de enganche en el mercado laboral a través de un nuevo programa de generación de empleo juvenil. Este consiste en un plan de apoyo del 25% en su salario, por 12 meses, a las personas, entre 18 y 28 años, que estén desocupadas. Un apoyo que corresponde tan solo a la obligación que tiene como Estado de aportar al sistema de seguridad social de las y los jóvenes.


En definitiva, el Gobierno lo que busca es entretener a las personas jóvenes mientras les pasa su enfado. Busca ocuparlas de manera ocasional, provisional, transitoria o por un período. No está dispuesto a realizar reformas profundas y de largo plazo. Tan solo intenta hacerle frente al alboroto de las y los jóvenes mediante estrategias de entretenimiento que le permitan gobernabilidad y mantenimiento del orden.


Hay que recordarle que el camino es otro para resolver problemas sociales. Es necesario desarrollar y ejecutar estrategias serias para la inclusión económica, promover la creación de nuevas empresas y empleos, garantizar mayores y mejores oportunidades en acceso a la educación superior y formación para el trabajo de calidad. Hay que atender con políticas públicas de largo plazo, bien estructuradas y democráticas, una problemática social, política y económica que es mundial.


Referencias

  1. Martín, Hans-Peter y Harald Schumann (2000). La trampa de la globalización. Madrid, Taurus.