La fuerza de trabajo del presidente Petro

Por: Guillermo Linero Montes

Escritor, pintor, escultor y abogado de la Universidad Sergio Arboleda


Las críticas recibidas por el presidente electo Gustavo Petro durante su campaña como candidato, y todavía luego de su elección, están basadas en la conclusión de que no es posible garantizar la educación pública gratuita ni un bono de media pensión a los mayores que no la hayan adquirido. Y entre otras propuestas más ofrecidas por Petro, sus opositores tampoco consideran posible darles quinientos mil pesos mensuales a las madres cabeza de familia, sin las rentas de la explotación petrolera y sin subirles los impuestos a todos los colombianos.


Semejantes “promesas” –ellos no las consideran programas de gobierno– resultan a sus opositores una pura utopía populista; porque, de darse el desmonte de la explotación del carbón y del petróleo –teniendo en cuenta que la explotación petrolera es la mayor fuente de ingresos que tiene el país– no habría como financiarlas.


Llama la atención, sin embargo, que estos críticos descuenten la realidad de la economía y ni siquiera se pregunten cuál es el motor que la mueve, si esta ha existido mucho antes de que la explotación petrolera la moviera. Sin el petróleo se han fundado y consolidado vastos imperios.


Si el petróleo, como hoy se sabe, es dañino para la salud del planeta y de la humanidad, así nos provea de bonanzas efímeras, es sano e incuestionable dejarlo allí donde está, pues eso no implica la inmovilización de las personas que, entre los factores que dan existencia a la economía –según Marx la tecnología, los medios de producción, la experiencia y las aptitudes humanas– son el único factor imprescindible. Sin la fuerza de trabajo de las personas, que es una fuerza tan física como intelectual, no hubieran podido desarrollarse ni los motores ni las máquinas movidas por combustibles sólidos, líquidos o gaseosos.


De modo que las propuestas del presidente electo, siendo plausibles para quienes le apostamos a su programa por ennoblecedor, no lo son para quienes tienen su percepción anclada en los vicios del capitalismo salvaje, en el que la fuerza de trabajo –las personas– vale menos que las mercancías y el dinero. Aun así, en el mundo entero y en la historia de los modelos económicos de producción, se tiene a la fuerza de trabajo como el único factor imprescindible para la acción dinámica de las economías, simplemente porque ya no pasan faisanes por nuestra vera, porque ya no se desbordan los peces de las lagunas y porque no caen frutas sobre nuestras cabezas ni tampoco llueve maná.


En tal suerte, el presidente Petro –si el problema de la pobreza es la falta de bienes y servicios para la solución de las necesidades básicas– bien podría sustraer cualquiera de los factores del modelo económico capitalista, si al tiempo reactiva la fuerza de trabajo de las personas. Tendrá entonces que incentivarlas con oportunidades claras de participación en la producción económica y en sus utilidades, como no se ha hecho en los últimos 200 años de vida política nacional, en los que han reinado los privilegiados (casi siempre non sanctos) sobre la dignidad de los empleados (cuya fuerza de trabajo es mal remunerada); han reinado sobre la dignidad de los esclavos (cuya fuerza de trabajo es subestimada al pagarles con la sola vivienda y la alimentación o con sueldos que no superan el costo de estas dos necesidades) y, más injustamente, han reinado sobre la dignidad de los desempleados (contratados sólo eventualmente para prestar servicios de poca monta).


Pero ¿qué es exactamente la fuerza de trabajo?


La sola fuerza, en términos de lo que corresponde a los seres humanos, pues las cosas también la poseen, es la virtud que se tiene para producir efectos, como cuando usamos los músculos –la fuerza física– para empujar una piedra, o las palabras –la fuerza mental– para convencer a alguien de nuestras ideas. Cuando los efectos producidos por la fuerza están dirigidos a la producción de bienes económicos, sociales y culturales, entonces se les denomina trabajo.


De lo anterior nace el concepto de la fuerza de trabajo, que significa poner la fuerza –la física y la intelectual– al servicio de la consecución de bienes y servicios que satisfagan nuestras necesidades. Sin la fuerza de trabajo las sociedades, al no producir, más que sociedades serían hordas (gobernantes corruptos, traquetos y pobres desesperados).


Si consideramos la formación en economía política del presidente Petro, es fácil imaginar que su proyecto está fundado en el pensamiento de los fisiócratas para quienes el trabajo estaba ligado estrictamente a la actividad agrícola –de ahí también su propuesta de una reforma agraria– y ligado a la escuela marxista, que solo consideraba como trabajadores a quienes tuvieran habilidades manuales o intelectuales. Dos líneas de economía política distantes de las consentidas por los capitalistas extremos, cuya única preocupación es aumentar la masa de bienes.


Finalmente vale decir, o al menos así lo interpreto yo, que la propuesta del presidente Petro, pese a estar fundada en la dinamización de la producción económica del país a partir de la fuerza de trabajo, está muy lejana de ser esclavista –trabajar, trabajar y trabajar– pues no solo busca proveer a la gente de los bienes y servicios básicos, sino también, darles la oportunidad de vivir sabroso; pero, sobre todo, vivir sin angustias creadas por el mismo Estado.


 

* Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.