La cometa y el estanque

Por: Miguel Ángel Rubio Ospina, Coordinador

Línea Jóvenes en Riesgo y Participación Juvenil

Escuelas de Liderazgo


Informe experiencial de una visita a un resguardo indígena Emberá Chami en Flor del Monte, Belén de Umbría, Risaralda

“Los hijos de los zapatistas, dueños de nada como no sea su dignidad, pasan su día jugando a que son soldados que recuperan las tierras que les quitó el gobierno, juegan a que siembran la milpa, a que van por leña, a que se enferman y nadie los cura, a que tienen hambre y, en lugar de comida, se llenan la boca de canciones»

Carta del Subcomante Marcos EZLN, a Eduardo Galeano escritor uruguayo.


A la vera de la casa de ladrillo y teja de barro, un pequeño niño trata de volar una cometa con un pájaro amarillo pintado en todo el centro de la tela, sobresalían de este, especialmente, unos inmensos ojos negros. El niño, contra toda la imposibilidad de una ausencia de viento leve que siquiera consolara la impotencia de la cometa y la ansiedad del niño de elevarla, corría en círculos halando de su hilo, mientras miraba, al mismo tiempo, cómo esta, levemente, agónica, intentaba conjurar el poco aire y el siempre exacerbado calor de este sitio. Esa es la primera imagen que a los ojos me ofrece mi segunda visita al resguardo indígena Flor del Monte, en Belén de Umbría, Risaralda.

Foto: Miguel Ángel Rubio


Al aguzar mi oído, escucho un idioma ajeno al mío, tan inmerso en lenguas occidentales, inglés, francés, alemán; parecía una discusión tribal, encabezada por una mujer mayor de la comunidad que, en su lengua, discutía un asunto, al parecer doméstico. El resto de la asamblea escuchaba atentamente la perorata de aquella indígena de unos 50 años, con silencio y respeto casi sacramental.


El gobernador toma la palabra para interrumpir la asamblea y denota especialmente nuestra llegada. Entonces, la comunidad, en un acto ejemplarizante, asume el silencio que ante un extraño se debe asumir, un silencio mediado por el respeto primero, por la incertidumbre después.


Sigo en mi oficio, tomar fotos, retratar momentos, gentes, rostros, expresiones, lugares, casas, incluso ideas de vida, en uno de los actos más relajantes y de mayor aprendizaje en mis rutinas, la fotografía. No soy un ojo experto aún, pero en algunos momentos las mismas situaciones inspiran el ánimo de un obturador.


Oigo a lo lejos al gobernador presentando a la comunidad, habla de asuntos muy precisos. Su tiempo como parcelación indígena, sus expectativas, sus necesidades, sus potencialidades. Con el respeto del caso, presenta a su equipo de gobierno, todo un gabinete muy bien escogido, consistente en tres ejes fundamentales. Un gobernador, quien orienta la asamblea, pero antes escucha; un vice gobernador, quien respetuosamente sabe su función y si no le es pedida la palabra no interviene; una secretaria, una mujer con poder, manejo de información y capacidad de expresión sorprendente —me quedó en la cabeza la imagen de ella abrazando un computador portátil de última tecnología, me pregunté, lo hago todavía: ¿aculturización o apertura cultural a sobrevivir desde nuestros presupuestos sociales?—.Y el Jaibaná, hombre de profundos conocimientos medicinales y espirituales, también hace parte del gobierno de la comunidad y es el jefe de algo que para ellos es muy importante: la guardia indígena.


La decisión fue callar y escuchar, observar, caminar, preguntar muy puntualmente a gente que no estaba del todo en la asamblea. En algún momento, mis ojos se detuvieron en una balaca tejida con chaquiras, arte tradicional emberá, que cubría la cabeza de Jairo Marcelo. Primero le pedí autorización de dejarme tomar la foto a la balaca, después le pregunté por su uso y significado: “esto lo llevamos todos los miembros de la guardia”, me dijo con orgullo.


Un jolgorio de niños me dirigió a la escuela. Allí, en un salón precario, una guerrera de la docencia enseñaba los números a un grupo de niños. Observé el salón con cierto interés, un pequeño tablero mostraba los números escritos, no numéricamente, sino alfabéticamente, hasta el noventa y ocho. Letra a letra plasmados los números. Tomé unas fotos, y me dirigí a la puerta del salón de clases, saludé y los niños al unísono respondieron al “buenos días”.


La joven profesora es una mujer enamorada de su oficio. Sin formación docente, solo bachiller, ha tomado la decisión de vida de enseñar en un lugar apartado de su hogar y su familia. Mestiza con orígenes emberá, su piel blanca, sus ojos verdes tristes, su silente y risueña figura. Entro al salón, encuentro libros, manuales educativos sobre la escuela nueva y descubro que la nueva escuela de hoy no es la teoría, sino la vocación de esa mujer que contra todos los pronósticos educa desde el amor y el creer.


Allí hay mucho por hacer, quizá, pero más por aprender. Me llama la atención especialmente el hecho de la fragmentación cultural desde lo lingüístico, sobre todo en los niños, quienes poco o precariamente conocen algo de su lengua natal, son silentes y juguetones, silentes porque hace parte de su educación, juguetones porque el área geográfica lo permite.


Salgo de la escuela, camino un rato con la brigada de trabajo y descubro un juego cuasi suicida, tres niños montados en lo que puede llamarse una mesa de cemento, juegan a sumergir su cabeza en un estanque plástico de agua potable (quizá la única de toda la parcelación) compitiendo a probar quién aguanta más la respiración con la cabeza sumergida. Deseé sumergir la mía, el calor golpeaba fuerte. Al salir, reían inocentemente con el agua en sus rostros y su cabello.

Fotos: Miguel Ángel Rubio


La cometa representa la necesidad de cambio y quizá de esperanza de una comunidad golpeada por la difícil historia de nuestro país. El estanque, no es más que la certidumbre en la risa de la inocencia, la inteligencia y el juego en serio de nuestros niños.


Esta pequeña crónica para decir que en este nuevo gobierno los hermanos de nuestras naciones ancestrales tienen mandatos importantes, una mujer, Leonor Zabaleta Torres, arhuaca como embajadora ante la ONU, un cargo de importancia capital, porque nos representa ante el resto del mundo; también está María Patricia Tobón Yagarí en la Unidad de Víctimas, venida nada menos que de la Comisión de la Verdad; y por último Giovanny Yule, al frente de la Unidad de Restitución de Tierras.


Hermanos indígenas que, como la cometa del niño emberá del relato, han volado alto, sostenidos por el hilo ancestral de su comunidad y empujados por el viento de la esperanza de supervivencia y permanencia de sus comunidades.


La representación política indígena en la historia de nuestro país ha sido sufrida y minoritaria, se recuerda a ese gran constitucionalista Lorenzo Muelas, o a Jesús Piñacué, también tenemos a Ati Quigua en los años recientes.


Ese pequeño niño de la cometa, siempre y cuando mantenga el hilo con su ancestralidad, podrá volar lejos. Nosotros lo veremos volar y es nuestra responsabilidad que ese vuelo no sea interrumpido por la pobreza, el olvido, la violencia o el racismo.