Hablar desde la ricatología

Por: Germán Valencia

Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia


El ministro de hacienda y crédito público, José Antonio Ocampo, le ha propuesto a la sociedad hablar de riqueza y de concentración del ingreso, un asunto impopular que no ha sido de gran interés ni entre los académicos, ni entre los políticos. De un tema en el que todas y todos callamos, al cual se le interroga poco y para el que solo se han presentado algunos modelos econométricos que la mayoría de la gente no entiende.


El ministro, a través de una reforma tributaria llamada para la Igualdad y la Justicia Social, nos está invitando a que abordemos el asunto desde la ricatología y no desde la pobretología. Es decir, que nos enfoquemos en estudiar las grandes riquezas que tiene el país y en lo mal distribuida que se encuentran. Que pongamos la mira en lo mucho que les sobra a unos cuantos –menos del 1% de la población– y lo poco que tiene la mayoría de habitantes de Colombia –alrededor del 40%–.


Esta es una propuesta de cambio de mentalidad y de la agenda pública, pues históricamente los académicos y hacedores de política se han enfocado en pensar la pobreza, la miseria y la escasez. De allí que las decisiones que toman las hacen con base en indicadores como la línea de pobreza, de marginalidad o de indigencia, los cuales cuantifican los límites bajo los que las personas y hogares no tienen los recursos para satisfacer los mínimos de calidad de vida.


Ahora la propuesta del Gobierno es mirar hacia arriba, a la punta de la pirámide social, donde se concentra la mayoría de la riqueza en una pequeña proporción de la población que la acumula y concentra casi toda. Nos propone que pongamos el ojo en esa privilegiada población y que pensemos en cómo hacer una reforma fiscal que beneficie a la mayoría.


Es por esto que propone una reforma tributaria que, precisamente, está centrada en los más ricos. En aquellas personas que reciben ingresos superiores a los 10 millones de pesos. A partir de este límite inferior de la riqueza, la gente adinerada debe comenzar a tributar.


Eso sí, los que ganan esa cifra no tienen que pagar más –pues esto es suficiente para una vida digna–, pero los que tienen unos ingresos monetarios por encima deben comenzar a tributar de forma proporcional, soportando la mayor carga los ricos extremos, los que ganan más de 500 salarios mínimos en el mes y que son menos del 0.03% de la población.


Esta sencilla y sensata propuesta –de fijar una línea base para medir la riqueza– tiene y tendrá para el país muchos efectos positivos. El primero es, por supuesto, un cambio en la mentalidad, no mirarnos a través del lente de la pobreza, que nos condena a permanecer allí, sino con el cristal de la riqueza, que nos pone metas: es momento de pensar en la abundancia y la forma de trabajar para llegar a esa deseada posición.


En este sentido, nos muestra que el país tiene un enorme cúmulo de riqueza, que bien aprovechado, como lo proponen los estudios sobre la línea de riqueza, puede servir para que con una pequeña proporción de dinero de los que más tienen se pueda acabar con la pobreza en un país. Que con un 10%, por ejemplo, de los excesos de ingresos de los más ricos, se puede sacar a toda una población de la línea de pobreza.


El segundo efecto es reconocer que el país es tremendamente desigual. En 2018 la OCDE reconoció que Colombia es la sociedad peor situada en términos de ascenso social en el continente. Pues, mientras que en otros países, como Argentina o Chile, se requiere de seis generaciones para alcanzar el ingreso promedio de su sociedad, en el nuestro son once.

Nuestro país es tan desigual que tan solo el 0,94 % del total de los ocupados ganan más de diez salarios mínimos –una cifra no muy alta, pero que resulta suficiente para comprar los bienes y servicios para una familia promedio–. Tan desigual que tan solo 188.651 personas, de los cerca de 20 millones de empleados que tiene el país, ganan más de esta cifra.


El tercer alcance está en proponer el fomento de valores como la solidaridad, el altruismo y el compromiso social como aporte al desarrollo colectivo. La propuesta de reforma le está diciendo a los más ricos lo afortunados que son, que cuentan con ingresos más que suficientes para comprar los bienes y servicios de su familia. Y que con un porcentaje bajo de sus excesos de riqueza, podrían ser suficientes para que mucha gente pobre cuente con ese mínimo para sobrevivir.


Lo que significa que nuestra sociedad cuenta con suficiente riqueza como para eliminar la pobreza, pero que requiere de una conciencia redistributiva para dar este importante paso. Que se requiere un acuerdo social en el que los más ricos se comprometan con tributar para eliminar la pobreza, que una parte de su exceso de riqueza se vaya financiar los bienes y servicios que requieren otras personas que hacen parte de la territorialidad.


Una propuesta que busca atender en primera instanciaa los 6,1 millones de personas que se encuentran en pobreza monetaria extrema –es decir, el 12,2% de la población–, según el DANE. Luego a los 19,6 millones que tienen pobreza monetaria –el 39,3%–. Y, por último, a los más de 20 millones de personas que corren el riesgo de volver a la condición de pobreza y que identificamos como clase media.


Finalmente, como se dijo, la invitación de Ocampo es a ponernos un horizonte para subsanar las desigualdades de ingreso tan marcadas que hay en el país. En trabajar para que en el país ese pequeño porcentaje de ricos cambie. ¡Qué bueno sería que los porcentajes poblacionales de riqueza y pobreza en el país se inviertan! Que la proporción de pobreza se redujera y que por debajo de esa línea de pobreza no estuviera nadie.


En conclusión, la propuesta del Gobierno es asumir una postura de botar menos tinta y papel en el tema de la pobreza y ponernos a trabajar para redistribuir la riqueza y producir más. A que pensemos en los niveles de desigualdad material que, como sociedad, soportamos. A que esas 200 mil personas que ganan más se comprometan, con una parte de sus sagrados ingresos, a caminar hacia el buen vivir o el vivir sabroso de la mayoría de la población.


En avanzar mentalmente, tal como lo hizo el economista indio, Amartya Sen, quien al inicio de su trabajo intelectual –tal como nos lo dice en su autobiografía Un lugar en el mundo–propuso formas de medir la pobreza que fueron aceptadas por organismos internacionales en la década de 1980, pero luego, con la sabiduría que le dio la vida, pudo pasar a proponer formas de impulsar el desarrollo de las capacidades humanas y así plantear escenarios en los que las personas puedan construir una vida digna.


 

*Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.