• Web

Eutanasia, gais, aborto, marihuana



Yo tan viejo que estoy y me dan dolores que me desesperan, que no sé qué hacer. Esto no es digno… No aguanto, ni quiero más cosas, no quiero más torturas”. Fue hace algunos meses, es la voz de Ovidio González, quien reclamaba el derecho a la eutanasia. La logró. Fue una victoria de un anciano en la lucidez de sus últimos días frente a un médico que bajo la dictadura de sus convicciones quería vulnerar la libertad y el derecho de un ser atormentado y valeroso.

He recordado estas palabras muchas veces. Vinieron a mi memoria cuando la Corte Constitucional dio vía libre a la adopción por parte de parejas gais; cuando Alejandro Gaviria, ministro de Salud, dijo que era partidario de autorizar el aborto en todas las condiciones; cuando salió la noticia de la legalización del uso medicinal de la marihuana, se suspendieron las fumigaciones con glifosato y se hicieron cambios en la política antidrogas; vienen a mi memoria cada vez que se habla de abrir la democracia para que pasen por su aro grupos marginados por la fuerza o por la costumbre de la competencia política.

Estos anuncios son de la misma estirpe de aquellas palabras. Hablan de la libertad, del individuo, de las minorías. Han irrumpido con la fuerza de un vendaval en la vida colombiana. Están sacudiendo a la sociedad. En medio de nuestra guerra y nuestra torpe lejanía de la modernidad olvidamos que la democracia tiene su fundamento en una hermosa paradoja: asegura para las mayorías la preeminencia y el gobierno, pero consagra, a la vez, para el individuo y para las minorías el respeto, la tolerancia y el goce de sus derechos. No hay democracia si el gobierno, aún con la legitimidad que le da recibir la votación copiosa de la población, sojuzga al individuo o constriñe y excluye a las minorías.

Es un momento virtuoso de la vida colombiana y encarna una reacción frente a la primera década del siglo. Al empezar el milenio una sagaz corriente política, apuntalada en el miedo de una nación agredida y desconcertada, consiguió capturar a la opinión pública y establecer unas cómodas mayorías electorales y prevalida de este poder se propuso esculpir la impronta del conservadurismo y la intolerancia en el rostro adolorido de la sociedad colombiana. Logró bastante.

Pero ahora esa marca se deshace poco a poco. La contracorriente no tiene unidad ni signo. Son manifestaciones ciudadanas como la protagonizada por Ovidio González y su familia. O reclamos y demandas como las impulsadas, con una persistencia admirable, por los homosexuales en la lucha por su matrimonio y por la posibilidad de adoptar. O un simple gesto como el de las ministras Gina Parody y Cecilia Álvarez quienes hicieron pública su relación de pareja. O decisiones y declaraciones de funcionarios y de altos tribunales en temas tan sensibles como los cultivos de uso ilícito y el tráfico de drogas o la impresionante recurrencia al aborto ilegal con su secuela de muertes. O la apuesta por la paz en medio de agudas controversias.