Ellos lo vieron primero



La muerte de Nicanor Restrepo sacudió mi memoria. Había hablado con Gilberto Echeverri Mejía en el aeropuerto José María Córdova, en Rionegro, a principios de 1998, cuando aún era ministro de Defensa. Me había dicho que estaba muy preocupado con la actitud de un sector importante de las elites antioqueñas, que estaba poniendo los huevos en dos canastos y uno de ellos era el de la ilegalidad. Se refería al apoyo que le estaban dando en algunas regiones y en el propio Medellín a los paramilitares. Me dijo, también, que la salvación eran personas como Nicanor Restrepo que no daban su brazo a torcer.

El comentario me llegó al alma. Eran días de zozobra. Carlos Castaño había asesinado en Montería a dos compañeros partícipes del proceso de paz que nos había llevado a la vida civil. Otro de mis compañeros había desaparecido en Medellín y presumíamos que lo tenía secuestrado Castaño en su cuartel general en la zona de Urabá. Estaba buscando afanosamente comprender la situación y frenar la ola de agresiones. Me fui a hablar con Nicanor. Solo para entender, solo para darle sentido a lo que me había dicho Gilberto Echeverri.

Me recibió amablemente y por más de dos horas estuvimos conversando de la situación del país, de la paz que habíamos firmado y de la violencia que azotaba a Antioquia. Comprendí el alcance de las palabras de Echeverri. Para Nicanor Restrepo se estaba desarrollando un fenómeno igual o más peligroso que las guerrillas, pero sobre todo más poderoso que ellas. Salí aterrado de la reunión. Al poco tiempo, en compañía de garantes internacionales, una delegación de nuestro grupo de desmovilizados fue a hablar con Castaño para reclamar a la persona secuestrada y parar los asesinatos. Pero Lucho ya había muerto a manos de los paramilitares. Salí del país por cerca de año y medio con un enorme sentimiento de impotencia.

Cuando regresé ya estaban en curso las negociaciones con las Farc en el Caguán. Conocí los esfuerzos que hizo Nicanor Restrepo para que estas conversaciones terminar