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El Talón de Aquiles del presidente

Por: Guillermo Linero Montes

Escritor, pintor, escultor y abogado de la Universidad Sergio Arboleda



En ocasión de las declaraciones del hermano del presidente acerca de una supuesta enfermedad de este, y a propósito de una columna que escribí y fue publicada en este portal el 01 de junio (Ver: Gustavo Petro: un presidente inmune al golpe blando), me preguntan, vía X, qué puedo decir como abogado acerca de su inmunidad frente al golpe blando, si su propia familia es causante de parte de esas noticias que la oposición y los golpistas transforman en noticias-misiles.


En calidad de abogado la respuesta es muy fácil: las conductas penales de los familiares o allegados al presidente no son de su incumbencia jurídica, pues los procesos penales en Colombia lo primero que deben establecer son las responsabilidades individuales. Esto no sólo es un principio fundamental de nuestro derecho penal, sino además constituye una norma de derecho internacional consuetudinario.


No obstante, la pregunta va más allá, pues en aquella nota aludo a la inmunidad del presidente por la fuerte razón de estar fundada en la voluntad popular, y bajo tal contexto el pueblo sólo podría deslegitimar al presidente de llegar a incumplir con lo prometido en campaña; pero no tuve en cuenta la ocurrencia de otros hechos que afectan igual ese contrato, como la corrupción y el engaño de los gobernantes.


Así las cosas, resultaría muy lógico que los colombianos desaprueben la campaña de Gustavo Petro, si esta hubiera sido provista de dineros ilegales, o que rechazaran el ocultamiento de una enfermedad si esta le impide garantizar como presidente el cumplimiento cabal de su programa. De hecho, la mente del señor Sharp, autor de De la Dictadura a la Democracia, el ensayo que aludió por primera vez al golpe blando, no descontó estas conductas y aconsejó que fueran empleadas para debilitar jurídica y sicológicamente al gobernante-objetivo, y hacerlo sin reparar en la calidad de los medios, sino en el fin que los justifica.


Por tal razón, la respuesta al amigo de X también es esta: cualquier cosa que se diga acerca del presidente en el contexto de una mentira –no importa si producida por un familiar, por un connacional o extranjero–, casa perfectamente con los fines del golpe blando; pero, si esos mismos familiares, connacionales o extranjeros, acusaran a Petro con verdades demostradas, igual estas casarían con los fines del golpe blando.


De hecho, la primera de las cinco etapas para concretar el mentado golpe, según su autor –el filósofo y político norteamericano Gene Sharp– requiere como estrategia previa el desprestigio del gobernante-objetivo. Lo que se consigue mediante la difusión de noticias negativas que lo desgasten política, jurídica y personalmente, no importando si tales noticias son verdaderas o falsas, pues lo que buscan no es hacer control del gobernante, sino tumbarlo a como dé lugar.


Tumbarlo por cuenta de una provocada renuncia, al no soportar la presión psicológica, o por cuenta de una decisión de justicia, acusándolo de fraude electoral o de lavado de activos. Esto último sin importarles si dicha acusación está basada en verdades o mentiras; pues, para dicho momento ya los medios de comunicación, los partícipes del golpe, habrían creado un ambiente de indignación popular con rumores y mentiras (el asperger de Petro, por ejemplo) o con verdades de poca monta (como los actos delictivos de su primogénito).


Pese a todo, en Colombia los golpistas –que no han ocultado sus cometidos ni sus identidades–, al no poder viabilizar ordenadamente lo establecido por Gene Sharp, están empastelando las primeras cuatro de sus cinco etapas, combinándolas con perversa desesperación. De tal suerte, en el curso de un año han dicho, entre otras cosas, que Laura Sanabria secuestró y torturó psicológicamente a su niñera tras haberla sometido a un polígrafo (lo cual calca la primera etapa del golpe blando, es decir, la promoción de intrigas y la divulgación de falsos rumores); han dicho sin sonrojarse, y hasta la FLIP se les ha sumado, que el presidente y sus ministros atacan a la prensa (lo cual calca la segunda etapa del golpe blando, es decir, el desarrollo de intensas campañas en aparente defensa de la libertad de prensa); han dicho por encima de los hechos reales que el presidente Petro, en contra de los taxistas y los trasportadores, le subió el precio a la gasolina (lo cual calca la tercera etapa del golpe blando, al aconsejar una lucha activa por las reivindicaciones políticas y sociales, y al sugerir la manipulación de la población para que emprenda manifestaciones y protestas); y han dicho burdamente que el presidente se encuentra enfermo y debe ser declarado impedido para gobernar (lo cual calca la cuarta etapa del golpe blando, que consiste en la realización de operaciones de guerra psicológica y en la desestabilización del Gobierno, creando un clima de ingobernabilidad).


De hecho, los golpes blandos se distinguen de los tradicionales golpes militares, pues estos –muy recurrentes hasta la última década del siglo XX– ignoraban las cuatro primeras etapas descritas por Sharp, pues no buscaban reducir los efectos negativos del derrocamiento –provocando la renuncia o la judicialización del gobernante– objetivo, sino que buscaban una acción militar violenta, acompañada del aplacamiento de la población con medidas represivas.


Ahora bien, en cuanto al presidente Petro y el cumplimiento de sus programas, todo el mundo sabe –especialmente los medios de comunicación golpistas– que van por buen camino y que las dificultades y los llamados “palos en la rueda” son subsanables. Nadie en su sano juicio espera que al presidente Gustavo Petro se le demuestre un delito y haya que judicializarlo por ello; pero, evidentemente, muy pocos meterían las manos en la candela por sus familiares y allegados que –si traemos a cuento la tragedia del héroe de La Guerra de Troya– son sin duda alguna su parte vulnerable y débil, su Talón de Aquiles.


*Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.


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