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El sospechoso eterno

Por: Guillermo Linero

Escritor, pintor, escultor y abogado de la Universidad Sergio Arboleda.


El Derecho hace parte del sentido común; su única base cierta es lo que todos comprendemos como "el deber ser", independientemente de nuestra categoría social, racial o idiomática. El "deber ser" no en la perspectiva de Kant para quien consistía en «la necesidad de una acción por respeto a la ley», sino como lo que debemos hacer para sobrevivir. Bajo ese entendimiento, el Derecho es una herramienta sumamente efectiva, un arma poderosa para la subsistencia.

El "deber ser" lo entendemos todas las personas por estar atado a nuestra intuitiva naturaleza, dada a autoprotegernos. Aunque "autoprotegernos" es un propósito individualista de cuando, quizás, el hombre era un solitario caminante, que no lo creo (el sentido social, así lo comprendo yo, nació con el individuo; es una suerte de sentido de la percepción, más complejo que el olfato, el oído o la vista). Realmente, en calidad de ser social, esa fuerza nacida de un riesgo inminente y denominada “autoprotección” se pone al servicio de todas las personas: "mi protección y la protección de los otros".

Sin embargo, el Derecho se ha apartado del sentido común y de la lengua de la tribu−, igual que lo han hecho la mayoría de las ciencias, por la pura necesidad de la especialización, que es algo así como permitir la concentración en el asunto u objeto de nuestro estudio. De tal especialización se han desarrollado sistemas lingüísticos específicos en todas las áreas del conocimiento y, desde luego, el campo del Derecho no ha sido la excepción.

El Derecho, que surgió de la cotidianidad social, también se ha apartado lingüísticamente del modo de hablar y de entender propio de los individuos comunes y corrientes que son, precisamente, los dueños del sentido común; es decir, los dueños del Derecho, los que buscan autoprotegerse y protegernos. En este sentido, se escapa del entendimiento de las personas ajenas al Derecho que términos tan elementales como la palabra “imputado” a primera lectura una palabra técnica de difícil comprensión es realmente sinónimo de “sospechoso”.

Si le informamos a la gente acerca de que tal o cual sujeto es un sospechoso, inmediatamente comprendería lo que ello connota y hasta mediría de conocer el ambiente social del señalado lo que los abogados llaman el contexto de la imputación objetiva, si en efecto es sospechoso. Nadie duda, por ejemplo, que los miembros del Ejército, que la clase política, o que los miembros de las antiguas FARC-EP que se acogieron a la JEP, a la luz del contexto de la imputación objetiva no sean sospechosos de haber cometido delitos de lesa humanidad. De la misma manera, nadie puede decir que Uribe no es sospechoso de lo que se le acusa.

Dentro de la sospecha o mejor, dentro de la llamada imputación hay, sin embargo, unas reglas de juego científicamente desarrolladas en el tiempo que, frente a la realidad de unos hechos aparentemente demostrados, hacen débiles las percepciones individuales y colectivas. Me refiero a las codiciadas pruebas. Cuando hay pruebas, desde el simple sentido común, podría decirse que el imputado pasa de ser sospechoso a ser culpable o inocente; pero cuando no hay pruebas porque esa es una característica de la imputación entonces la sospecha tiene licencia de permanencia hasta cuando, en franca lid, en juicio legítimo, se termine precisando si el sujeto en cuestión es culpable o no. Es decir: mientras no ocurra el juicio, el imputado siempre será un sospechoso, hasta que en el imaginario social y en el de cada individuo se desvanezca esa idea porque ha desaparecido en ellos la sensación de riesgo o la necesidad de autoprotegerse.

De tal suerte, a quienes tenemos sentido común nos resulta irracional que al expresidente Álvaro Uribe, la Fiscalía y su propio equipo de defensa le nieguen la oportunidad de un juicio para que demuestre su inocencia si la tuviera, o para que la sociedad confirme que no han sido injustas sus graves sospechas si le declaran culpable.

No hay que vivirlo para imaginar la incomodidad producida por estar en la situación de imputado o de sospechoso sin que se nos haya realizado el juicio. De ahí que resulte extraño, repito, que la defensa del expresidente Uribe, en el caso que se le adelanta por fraude procesal y soborno, no defienda en juicio lo aparentemente defendible; porque mientras no sea así, para el imaginario social Uribe sería un sospechoso eterno.

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