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El hambre: una poderosa máquina de guerra

Por: Guillermo Linero Montes

Escritor, pintor, escultor y abogado de la Universidad Sergio Arboleda.


En el contexto de la invasión de Rusia a Ucrania, invasión militar con bombas, cañones y misiles; y con respecto a la respuesta que le dieron los Estados Unidos y la Unión Europea a Rusia, imponiéndole duras sanciones económicas, puede advertirse, no sin asombro, cómo las dos amenazas más serias que ha tenido desde sus inicios la humanidad son la guerra y el hambre.


A la primera, la incita la maldad -de la cual aun no se precisa si es connatural a los animales o si es una anomalía de los racionales- y a la segunda, la provocan por parejo los seres humanos y los eventos de la naturaleza. Por ello, las investigaciones acerca de las civilizaciones del pasado, concuerdan en culpar de sus desapariciones a desastres naturales, a guerras y hambrunas.


De la guerra, la comunidad de entendidos ha dicho que fue el primer comportamiento de la especie. Heráclito, ya en su lejano tiempo, daba por cierto que la contrariedad y la discordia eran el origen de todas las cosas del mundo. En contraste, la sociedad y la llamada civilización (el progreso) surgieron y se desarrollaron, precisamente, para atenuar tales enfrentamientos y para empeñarse, mejor, en la búsqueda del bienestar colectivo. Con todo, y he ahí el dilema, la guerra aparece en la línea del tiempo como una constante irremediable y, semejante a como nos ocurre con los fenómenos del cambio climático de la Tierra, pareciera que los humanos poco o nada pudiéramos hacer para evitarla.


En el presente, al tiempo que la humanidad se ufana del alto grado de evolución de su conciencia, los Estados han validado la práctica de la guerra; y aunque sea contrario al sentido común –dispuesto siempre a la protección de la especie- el Derecho Internacional regula la lucha armada entre Estados, basado en el principio de que las guerras son justas cuando provienen de una causa justa y necesaria. Para Marx y Engels, esta “causa justa y necesaria” era indefectiblemente una sola: la política de las clases explotadoras.


Por su parte, al hambre, que igual a las guerras es recurrente en la línea del tiempo, ningún derecho puede validarla, porque –esta es una suerte de tautología- no hay “causa justa” para legitimar la injusticia. En algunos casos y épocas, las hambrunas han ocurrido como efecto de los llamados “cambios climáticos”. Ahora mismo, en nuestro presente y en la isla más grande de África: “un grupo de habitantes de Tsihombbe y aledaños en Madagascar, se reúnen alrededor de agujeros cavados para acceder al agua. Cientos de miles de vidas están en peligro en este país africano, el único lugar del mundo en este momento donde las condiciones de hambruna están provocadas solo por el clima y no por los conflictos”[1].


En otros casos, pero, la mayoría de veces, el hambre ha sido por causa de la conducta de los humanos. A Colombia, por ejemplo, la Corte Interamericana de Derechos Humanos tuvo que decretarle el 11 de diciembre de 2015 “medidas cautelares mediante la Resolución número 60, que conmina al Estado colombiano a preservar la vida y la integridad, de niños y adolescentes en los municipios de Riohacha, Uribia, Manaure y Maicao, amenazados por el flagelo del hambre y la desnutrición”[2].


De hecho, entre las causas más comunes que dan origen a la escasez de alimentos, la falta de agua es la más frecuente, y no hay que dar muchas vueltas para comprobar que los seres humanos son responsables de estas ausencias. En nuestro país, por ejemplo, reinan la deforestación, la minería ilegal y la ganadería extensiva, que, entre otras malas costumbres conducentes al desaprovechamiento de la agricultura, erosionan los suelos y contaminan las fuentes hídricas. De igual modo, el desplazamiento forzado de campesinos que trabajan el campo precisamente en aprovechamiento de la agricultura, lo primero que vulnera es la producción de alimentos y en ocasiones con mayor capacidad de daño que las armas convencionales usadas en los conflictos y las guerras que lo originan.


Así las cosas, cabe preguntarse qué será peor: ¿morir por causa de las guerras –muy rápidamente bajo bombas o misiles- o morir lentamente por falta de alimentos? Lo cierto es que a lo largo de la Historia ambas calamidades se han ensañado contra la humanidad, y al hambre se le ha sumado en las estrategias y tácticas militares como una poderosa máquina de guerra. De hecho, la historia está llena de conflictos donde, hambre y guerra, se conjugan en perfecta simbiosis.


Los piratas, cuando acosaban a las ciudades del Caribe colonial (en nuestro caso la amurallada Cartagena) veían más eficaz sitiar que usar los cañones, porque sitiar garantizaba una muerte lenta por inanición o, antes de que esta ocurriera, conducía a la completa rendición del enemigo. En nuestros días, si bien no están debidamente prohibidas las murallas en el Derecho Internacional -que define las responsabilidades legales de los Estados en sus relaciones entre ellos, y el trato a los individuos dentro de las fronteras-, tampoco puede impedírsele a ninguna población la consecución de alimentos ni el tráfico de estos.


A partir de la segunda mitad del siglo XX, si bien son más las murallas derribadas y menos los pueblos cercados por ajenos, la humanidad, cuya imaginación es más poderosa que el hambre y las guerras juntas, ha creado -para revivir los asedios y acorralamientos en su capacidad de daño- los llamados “bloqueos económicos” o las llamadas “sanciones comerciales”.


Dichos bloqueos económicos impiden, sin necesidad de sitiar pero con igual eficacia, que los pueblos asediados no puedan sacar a la venta sus productos, ni que sus aliados económicos puedan comprárselos. En tal suerte, los bloqueos económicos constituyen una poderosa arma que, paradójicamente, no es calificada como tal por el Derecho Internacional, ni por el imaginario colectivo que ve, en este tipo de prácticas, un acto de paciencia diplomática, cuando no una pudorosa cobardía.


Tal percepción, alimentada por el efecto emocional que produce la ausencia de armas convencionales y reconocibles, impide advertir de primera mano de qué manera se acorrala, se aísla, se desnutre y se le da muerte a la población civil del país sobre el cual recaen los bloqueos económicos y las sanciones comerciales. De tal suerte, cuando un Estado utiliza las armas aparece ante los ojos del mundo inocente como un Estado agresor, por cuanto las armas tienen una tradición de uso ligada a la muerte del contrario, a las invasiones y al ejercicio del poder impuesto. Mientras que frente a los bloqueos económicos, que implican el agostamiento de las dinámicas económicas de un país y en consecuencia la caída de su producción alimentaria, ven en ello apenas un acto de presión diplomática y no una estrategia sofisticada del combate, cuya máquina de guerra es el hambre.


No en vano Estados Unidos, en los últimos 50 años, al tiempo que ha ejercido la guerra convencional, con cañones y misiles, también han privilegiado el bloqueo económico (la máquina de guerra del hambre) para hacerle frente a oponentes cuya confrontación armada sería muy compleja. Bastante efecto han tenido los bloqueos contra Corea del Norte, Cuba, Venezuela, Irán y, entre otros, contra Nicaragua. En fin, como lo escribió Jeffrey Sachs -Director del Centro de Desarrollo Sostenible en la Universidad de Columbia-: “El objetivo de Estados Unidos es dejar a tales países casi totalmente aislados del comercio internacional; esto genera escasez de alimentos, medicinas, energía y piezas de repuesto para infraestructuras básicas, entre ellas las redes de suministro de agua y electricidad”[3].


De manera que, igual como matan las bombas y los misiles, los bloqueos económicos producen bajas –como se procura que no ocurra con las llamadas armas inteligentes- en las poblaciones civiles; porque a quienes atacan directamente con estrategias de hambre –y eso lo saben bien los causantes de los bloqueos- no es a los gobernantes ni a sus ejércitos, sino a las poblaciones vulnerables.


*Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido su autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.


 

[1] Belén Hernández: El sur de Madagascar… la zona cero de la hambruna por el cambio climático”. En: El País, Planeta Futuro. Madrid, 07 de enero de 2022. [2] Observatorio Nacional de Salud. “Hambre y desnutrición en la Guajira”. En: Boletín Técnico interactivo No. 8. Bogotá, septiembre de 2016. [3] Jeffrey Sachs. “Los bloqueos de Estados Unidos y el Derecho internacional”. En: El País. O6 de julio de 2019. https://elpais.com/economia/2019/07/03/actualidad.